Amistades rockeras

miniserie-sesenteraDespués de los exámenes finales de mayo, salimos a celebrar lo bien que nos había ido con el grupo de amigos de la facultad. No sé por qué paramos en una fiesta de rockeros esa noche. Pero una cosa nos llevo a otra.

La música y el alcohol me provoco mucha excitación al ver a muchos “machos” vestidos de negro dando gritos de euforia a mí alrededor.

Entre toda la muchedumbre alcoholizada que gritaba por la banda que balbuceaba rolas de The Doors, encontré a Luis, con quién había estudiado la secundaria, y con quién había cultivado una buena amistad.

Había dejado la timidez a través de enrollarse con esas bandas urbanas que tienen una forma muy peculiar para vestirse y sentirse parte de un grupo de amigos. Ahí lo tenía con un chaleco de cuero negro, unos jeans ajustados y unas botas de albañil sin amarrar.

De inmediato me enganche a su rollo. Platicamos un poco de nuestras vidas pasadas y presentes. Era una oportunidad para darle continuidad. Fumamos un pitio de mariguana y nos alcoholizamos con el resto de amigos. .

Ante el alboroto del ambiente, me llevo a la parte de atrás, un patio convertido en bodega en dónde se apilaban cajas de cerveza, embases y basura del lugar. Después de besarme, metió su mano entre mi pantalón por la parte de atrás y me mantuvo a su lado de esa forma por un buen tiempo.

Todo estaba oscuro, solo se notaban los reflejos de la gente frente al escenario brincando con un fervor desconocido y el aroma a mariguana era cada vez más fuerte.

Novedad o no, me sentía cercada por aquella manada de perros borrachos que desean coger esa noche. O nos vamos de aquí, le dije, o terminaras sin mí.

Me llevo a su apartamento, ahí por la decima calle y segunda avenida.

Sus modos torpes en la cama fueron compensados por las sensaciones que me provocaba esa travesía. Era la primera vez que pasaba la noche fuera de casa. Además, me sentía liberada, al tomar la decisión, sabiendo a que al final terminaría cogiendo con esa persona a quién conocía de antes, pero no sabía realmente en que se había convertido.

Como dije, era torpe y sin tino para el sexo. Cada quién se desnudo por sí mismo. Me tumbo de espaldas, metió directamente sus dedos en mi vagina y después de sacarlos completamente húmedos, arrimo con fuerza su pene, sin más preámbulo que el puro deseo.

Fueron unas embestidas fuertes, pero nada que me provocara uno de esos orgasmos que uno espera cuando un hombre decide tomar el control de la relación.

Al otro día, quise más. Pero fue en vano. Nunca despertó. Y comprendí que debía marcharme, que una noche era más que suficiente.

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