Amigas en todo

ania465Con Karla llegamos a las 6 al parque central, aún había gente frente al palacio y en sus alrededores. Nuestra idea era tomar unos tragos, bailar y después regresar a casa antes de media noche.

En la esquina de la séptima nos encontramos a unos tipos medios raros. No cayeron bien desde el principio. Y con ellos comenzó nuestro recorrido.

Entramos a tomar cerveza al bar tradicional de las cien puertas. Pero queríamos bailar. Así que salimos después de bajarnos un litro cada una.

Karla había empatado con Jordi. Un melenudo simpático, quién hacia las veces de líder del grupo de otros cuatro desadaptados que no hacían más que reír, mirar y tomar.

Yo puedo con ellos, le advertir a Karla en reiteradas ocasiones. Ella estaba embelesada con Jordi, bailando, trincando y tomando. Habían empatado de lo lindo. Yo no tenía muchas opciones.

Al final de la noche, ya en la calle, Jordi nos invitó a su apartamento. Tengo unas botellas de licor, hay música y podemos llevar tortillas con carne, por si nos da hambre.

Karla me voltea a ver con carita triste. Anda di que sí, me dice. Era obvio que quería acostarse con Jordi.

Karla insiste. No me dejes nena, en serio él me gusta mucho, pero no quiero ir sola a su casa. Lo acabo de conocer y van todos sus amigos. Acompáñame. Si no nos gusta nos vamos enseguida.

En serio, mi apartamento está sobre la octava, dice Jordi.

Antes de ir, pasamos comprando comida. Nos quedamos hablando con otros amigos, pasando el tiempo, mientras Jordi y Karla están más acaramelados.

El apartamento tiene una sola habitación, un baño diminuto y una sala, comedor cocina que da a una especie de terraza en un tercer nivel. Afuera hay uno sillón cómodo y se puede ver la ciudad de noche.

Ponen algo de música. Uno de los amigos de Jordi saca coca y lo esparce en la tapa de un DVD.

Ofrece a todo el que quiera.

Mientras otro sirve ron barato, quizás adulterado, con refresco de piña Tiky.

Karla se va con Jordi al cuarto. Yo me quedo en la sala con los cuatro mosqueteros. Algo incomoda, pero ya en confianza. El humo de la mariguana es penetrante. El ron me despierta y los cuatro a mí alrededor me ponen en alerta.

Tomo mi vaso con ron y me voy a la terraza. A lo lejos escucho los gemidos de Karla y me alegra saber que lo está disfrutando.

En eso Joaquín, el más loco de todos llega para ofrecerme más ron. Se queda para platicar, pero no dice mucho. Al cabo de un tiempo llega otro desadaptado y se sienta a mi lado.

Qué piernas tan blancas, me dice. Todos se ríen. No encuentro la gracia.

Uno de ellos me acaricia la espalda. Entonces reaccionó.

Tranquilo, le digo. No quiero.

Pero insiste. No tú tranquila nena. Si estamos disfrutando me dice. No haremos nada que no quieras, me responde el otro que termina poniendo sus manos sobre mis piernas.

Claro le advierto. Ahora tengo que ir al baño, les digo y me levanto.

Me siento en la tasa. Observo el baño con detenimiento. Es asqueroso. Su olor a orines está impregnado hasta en las toallas, pero aún así, prefiero estar ahí que afuera con esos depredadores.

Karla sigue gritando de placer. Llevan tres horas de sexo fuerte y creo que nunca terminará.

Tomo aire, me fumo un cigarro y pienso en salir.

De pronto escucho por el pasillo la risa de Karla, acompañado del sonido de sus pulseras.

Salgo de inmediato. Veo a Karla feliz, satisfecha. Bien cogida.

En la terraza los amigos están en otra dimensión.

En la calle, el sol asoma y la gente corre apresura para llegar a sus trabajos. Tengo ganas de irnos, me dice.

Ahora no quiero que me cuentes cómo estuvo. Dormiré en el taxi. Mañana ya veremos.

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