Advertencia

bgfgEra apenas las 10 de la noche y mi amiga Karla me lo advirtió. Vos ya está ebria. Tranquilízate o vas a parar peor. Estaba más que ebria. Me puse mood, esa era la palabra exacta. Había bebido suficiente alcohol, como para embriagar a un elefante.

Karla me dejo en la mesa de aquella discoteca, mientras bailaba con un chavo que nos acompañaba.

Las luces estridentes y la música invitaban a bailar, pero no podía ni pararme.

De pronto un tipo se me acerco y me habló al oído. No supe cómo, pero rápidamente tenía su lengua metidas en mi boca y sus manos entre mis piernas. Sentí un buen beso, así que le seguí el ritmo.

Me tomo entre sus brazo y me levanto para bailar, al ver que mis amigos llegaba para ver qué pasaba.

Yo gritaba eufórica, contenta del tipo que metía sus manos en todas partes.

No te preocupes por mí, le dije a Karla. Tu sabes que me se cuidar bien, dije entre risas enseñando un preservativo que andaba entre mi falda.

Lo cierto es que el sexo casual no estaba entre mis planes. Pero la oportunidad se presentó. Y por qué no?. Sentí el deseo a flor de piel, con solo unos pasos de baile, rozar su pene en aquel pantalón ajustado y sentir de nuevo su lengua naufragar entres mis labios carnosos.

Me voy con él, le advertí a Karla. No te preocupes, dijo él, con cara de niño bueno.

Y fue una noche loca. Terminé con la caja de preservativos que llevaba e hice que pidiera más. Quería más, una noche sin final.

Pero poco a poco mi mente recobro la cordura.

Y me vi, entre sabanas sucias y un cuarto mal oliente con un perfecto desconocido, algo feo y con ganas de drogarse para continuar cogiendo.

Entonces pensé en platicar un poco, pero no había nada que platicar. Su lengua seguía buscando mi boca. Sus dedos seguían tocando mi vagina, como si no había sido suficiente. Su pene ya flácido, tocaba mis pechos queriendo encontrar una nueva oportunidad.

Vamos nena, chupa para que se pare, dijo en todo imperativo, mientras me pasaba en mi cara buscando la chispa para continuar.

Alguien me había ofrecido una cogida y ahí estaba, sin culpas ni remordimientos. Pero la adrenalina y el placer me habían abandonado. Y ya no quería más.

Lo siento, tengo que irme, dije. Salí medio desnuda del lugar para que en plena calle un taxista me ofreciera sus servicios. ¡Qué buena onda, pensé¡ Cuando llegue a casa le pago.

Pero entonces quiso cobrar en especie. Una mamada y te llevo a donde quieras, me advirtió.
Justo cuando no quedaba otro camino, Karla y su amigo llegaron por mí con lo mismo de siempre: te lo advertí.

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