Adiós para siempre

Tenía deseos de verle. Así que lo llamé, le dije directamente que nos juntáramos y quedamos de vernos el sábado por la noche.

Pasé los días restantes con mucha expectativa. A veces, por la noche, temblaba con mucha expectación por ese encuentro.

Llegue tarde por el tráfico, tan retrasada iba que pensé que lo había echado a perder. Lo llamé para decirle que me esperará, pero no respondió. Así que pensé que todo iba ser frustrante.

Igual subí las gradas eléctricas corriendo, él tenía un café y miraba el horizonte con el seño fruncido y la impaciencia reflejada en su cara.

Hola, dije. Hola contesto.

Hablamos un rato. Agarre sus manos y le dije: vamos al motel.

Se sonrió. Pidió la cuenta y me tomo el brazo. Nadie dijo nada en el trayecto.

Me desvistió despacio. Con ternura y pasión. Recorrió mi cuerpo como quién lo hace por primera vez. Se tomo su tiempo y lo deje sentir mi aroma.

Estoy bien caliente, le susurre al oído. El metía sus manos en todas partes hasta hacerme perder la compostura.

Se puso el condón, me dio vuelta y su pene cruzo con fuerza mi cuerpo. Mis gemidos fueron la mejor evidencia que gozaba todo lo que hacía.

Mi segundo orgasmo fue más sonoro. Mis pies se fundieron con su cadera y lo sentí tan profundo que mi alma fue abierta de nuevo a los viejos recuerdos.

Regresamos al centro comercial para sacar mi carro de ahí. Quería que se quedara conmigo esa noche, pero dijo no poder.

Me dio un beso en la mejilla y me dijo adiós, así de simple.

Yo regrese de inmediato y lo tome del cuello y le estampe un beso en la boca con tantos deseos como para despertar a cualquiera. Me quedé atrapada en aquel laberinto de besos, deseos y sentimientos.

El se separo y dijo que debía marcharse. Antes le dije que aún lo amaba. El solo volvió a decir adiós.

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