A ver qué pasa

Tengo 24 años y me fui a vivir con un tipo que tenía 52. Estaba divorciado, era desempleado y vivía de consultorías que a veces tenía y otras no. Además tenía dos hijas, la más grande casi de mi edad.

Encontré resistencia en su familia y en la mía, como siempre pasa en estos casos. Mi padre me advirtió, a su manera, que mejor solo tuviera sexo con él, no diera el paso de irme a vivir a su casa. Pero no puse atención a los consejos.

Había cerrado la carrera de sociología, y a él me lo recomendaron como asesor de tesis. Me cautivo la ocasión que lo encontré en una protesta social. Era un tipo de izquierda, radical, con un nivel vida y comportamiento de derecha.

La primera vez que me propuso tener relaciones, llevaba muchos prejuicios en mi mente y le dije que no. No sólo no era ético, sino también no me parecía bueno, si después iba ser mi asesor.

Pero después fui yo la que le propuse acostarnos. Los hombres maduros tienen que saber complacer a una mujer, pensé. Es mi oportunidad para tener una plena satisfacción.

El asunto fue que termino cautivándome por sus besos. Muy tiernos al principio, pasionales después y certeros cuando tenían que ser certeros.

El asunto es que con el tiempo encontró el justo exacto para descubrir mi cuerpo y comencé a experimentar tales sensaciones de placer que nunca nadie me las había provocado. Me acuerdo bien la primera vez que eso sucedió. Me había puesto bastante excitada, al besar mis pies y luego haber subido por todas mis piernas hasta detenerse en mi vagina. Luego me subió sobre el, y me sentó sobre sus piernas. Su pene me atrapo literalmente y comencé a moverme como poseída, hasta que alcance el orgasmo.

En fin, llevamos cuatro meses viviendo juntos. A ver qué pasa.

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