Mi prima y los vaqueros.

En Semana Santa, mi padres siempre nos llevaban a visitar a mis tios, en Reu. El pueblo es chiquito y bonito al mismo tiempo, cercano al Irtra y a la cabecera. La playa sin embargo si está a media hora, pero mis primos siempre nos llevaban a comer camarones con ajo, un plato exquisito en un changarrito frente a la playa.

De pronto, no volvimos más. Nunca supe la razón, pero mis tíos nos invitaban y mis padres decidían ir a otro lado por estas fechas.

En ese tiempo, estaba entrando a la adolescencia y todo lo del campo era novedoso. Ver a los vaqueros a caballo, bajar al rio y disfrutar el agua fresca, disfrutar de mis primos, todos unos hombres fortudos y muy machos y compartir con mi prima, la única hija de mis tios, era lo mejor del año.

Me acuerdo que la última vez que fuimos, mi prima me llevo a jugar al sótano de aquella enorme casa. Era como un granero, lleno de cosas, herramientas y enseres para el trabajo de campo.

Esa vez, mi prima me propuso jugar asumiendo roles. Y de pronto nos fuimos desnudando y expontáneamente comenzamos a tocarnos y besarnos. Me acuerdo que ella tomo la iniciativa y eso me hizo sentir bien, pero extraña.

Era la primera vez que sentía cosas en mi cuerpo. Las dos nos quedamos desnudas, tocándonos por un tiempo, tiradas en el piso, sintiendo el fresco del cemento, hasta que su madre nos llamo para la cena.

Nunca dijimos nada a nadie, prometiendo que volveríamos a jugar así, cada semana santa. Pero nunca más regresamos. Hasta esta semana santa, después de 6 años de ausencia. Mi tía había enfermado y mis padres decidieron visitar nuevamente aquella hacienda.

Dos de los hijos de mis tios se habían casado, uno ya tenía una hija. Mi prima era toda una señorita que iba a la Universidad, ya no la reconocí a simple vista. Había cambiado y estaba muy guapa, y a los vaqueros ya no los miraba tan guapos como antes.

Los primeros días nos costo recnocernos, cada quién tenía sus propios intereses, habíamos cambiado, crecimos y la confianza se había enfriado. Pero una tarde, mi prima me pregunto si quería ir a una fiesta. El miércoles santo, pregunte. Si, dijo entusiasmada, es en casa de una amiga, van a llegar unos patajos del pueblo.

Pero los patojos nunca llegaron. Era más bien una reunión de chicas. Eramos 6 en total, y aún cuando todas fueron muy cordiales conmigo, me sentía coibida. Pero mi prima insistió diciendo que con dos tragos y te pones en ambiente.

La fiesta resultó una reunión y pronto la reunión se tranformó en un proceso de iniciación que después se convirtió en orgía. Una orgía lésbica. Nunca antes había participado en una cosa así, pero intente ser abierta y me toco la más bonita. Y lo disfrute.

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