De agresiones, violencia, guerras y tortura

Autor: Jairo Alarcón Rodas
La guerra no es la continuación de la política con diferentes medios, es la mayor masa de delitos perpetrados en la comunidad del hombre.
Alfred Adler

La miseria humana se muestra con mayor esplendor en las guerras, es ahí en donde las perversiones y las mórbidas pasiones se manifiestan y el asesinar a un semejante se convierte en una virtud, la cual se premia con medallas. La violencia ha convivido a la par de la historia humana, ha asistido a cada ruptura de cada proceso económico, social y cultural en la que se han aventurado estos.

Presumiendo de racionalidad, los humanos evidencian todo lo contrario cuando existen intereses personales de por medio, la agresividad, propia de su naturaleza, muestra su negatividad en contra de los miembros de su misma especie, convirtiéndose en agresores, envileciéndose, mostrando la maldad que se puede incubar cuando la agresividad y la frustración convergen, cuando se ha perdido la conciencia de especie.

En las guerras se aniquila a otro ser humano, muchas veces sin saber por qué, sin conciencia del porqué se lucha y, así, ejércitos de soldados se conforman con la finalidad de defender a la nación, pero, en realidad, se les programa para recibir órdenes de sus superiores, quienes a su vez las reciben de políticos que más que defender los intereses de la población, defienden los propios y los del sistema del cual forman parte.

Desde tiempos antiguos, la estrategia del conquistador para apropiarse de territorios y de la fuerza de trabajo gratuita, fue someter a través de la esclavitud, con el empleo de la fuerza, al conquistado. Así, a todo aquel que no fuera del país invasor, a los extranjeros, se les consideraba diferentes e inferiores y, a muchos de ellos, incluso salvajes, bárbaros, a los que estaba plenamente justificado imponerles el yugo, siendo la guerra el mejor medio para hacerlo.

Quebrantar la resistencia del adversario, disminuirlo, humillarlo, aniquilarlo, así como mostrar los bajos instintos en los que puede caer un ser humano cuando tiene libertad para matar, es lo que se manifiesta en la guerra. De ahí que los excesos también sean parte de tales conflictos, en donde la violencia, la tortura, la maledicencia se destacan como manifestaciones de dominación y sed de triunfo.

En la guerra no solo se trata de quebrantar la resistencia del opositor, de dominarlo y someterlo sino, también, se pretende infundir terror y para ello toda práctica oprobiosa es permitida. Así, las ideas más perversas se concretan con el afán de hacer daño, las cuales se han puesto en práctica en forma sistemática a lo largo de la historia, desde los orígenes de la civilización y quizás mucho antes de ello.

Desde el toro de Falaris y la crucifixión, pasando por los métodos de torturas más siniestras y sanguinarias empleadas en la edad Media, como la doncella de hierro, la toca, en la que se introducía en la boca un paño de lino hasta llegar a la garganta y luego se vertía agua para provocar una sensación de ahogo y desesperación, hasta La sierra que literalmente desmembraba al prisionero, torturar al enemigo sigue siendo la mejor forma de obtener información, de
demostrar el poder, para lo cual se han empleado “ingeniosas” formas de hacerlo.

En la Primera Guerra Mundial, en 1915, los alemanes fueron los primeros en utilizar agentes químicos como armas letales de destrucción masiva. Con ello, se inició a una forma nueva de plantear la guerra, aunque en el pasado ya se habían utilizado cadáveres de enfermos, para contaminar, enfermar, asolar y matar al enemigo. Fue así como el gas mostaza envenenó a miles de personas, alterando su sistema nervioso, neutralizándolos y dejando secuelas cancerígenas a la
posteridad.

Mientras tanto, la artillería, la infantería, los buques de guerra y los bombardeos indiscriminados hicieron lo propio, dejando un escenario de muerte y destrucción. Se estima que en la Primera Guerra Mundial murieron más de 13 millones de personas civiles, dejando una secuela de terror, miseria, orfandad e inseguridad en el viejo continente.

Hecho que se repitió en la Segunda Guerra Mundial en la que, tras la amenaza que representó para el mundo el nacional socialismo de Adolfo Hitler, gran parte de habitantes del planeta se vieron involucrados en una de las guerras más destructivas de este planeta. Millones de muertos, campos de exterminio, asesinatos en masa, experimentos genéticos, tortura, violaciones y el empleo de armas nucleares por parte de los Estados Unidos, en las ciudades de Hiroshima y
Nagasaki; un caudal de muerte de más de 300 mil vidas fue lo que representó las 2 bombas nucleares en Japón. Con tales acontecimientos, nuevamente se muestra la irracionalidad humana.

Emplear el intelecto para elaborar mecanismos de destrucción, de tortura, de exterminio para engendrar violencia e infundir miedo, es de lo más cruel que ha producido el ser humano. Ahora me he convertido en la muerte, el destructor de mundos dijo Robert Oppenheimer aludiendo al Bhagavad Gita, al ver la desgracia causada por la primera bomba nuclear empleada en Hiroshima, del cual él había sido su artífice y de lo que más tarde mostrara su arrepentimiento.

Las torturas empleadas por los estadounidenses en contra del pueblo vietnamita, durante la agresión estadounidense, admitido a través del testimonio del secretario de Estado de los Estados Unidos, John Kerry, es una muestra de lo que las milicias estadounidenses hicieron en el país asiático: mi testimonio cubre la demolición de aldeas y arrojar de un avión a sospechosos del Vietcong después de atarlos y amordazarlos… Incluye la quema de aldeas con civiles en ellas, el
corte de orejas y cabezas, la tortura de prisioneros… y el uso de artillería contra poblados indefensos, destrucción de propiedades y ganado vietnamita, el uso de agentes químicos.

Similares tácticas de contra insurgencia fueron empleadas en Guatemala durante el conflicto armado interno, en donde bestiales acciones se cometieron sobre la población civil de distintas regiones del país, por parte del ejército. Sucesos que están abundantemente documentados, en el que se detallan oprobiosos hechos en contra de guatemaltecos y que constituyen una afrenta a la humanidad. Muertes selectivas, torturas, masacres, tierra arrasada y genocidio representó para la población indígena, la represión emprendida por las dictaduras militares de turno, en defensa de los bienes y privilegios de la oligarquía.

La violencia, decía Isaac Asimov, es el último refugio de los incompetentes y quizás no sea así pues es el primero. Se espera que la especie que ha desarrollado su intelecto encuentre formas diferentes para resolver sus diferencias, en la que el diálogo y los consensos constituyan el medio pacífico para hacerlo. Pero mientras haya intereses espurios de por medio, mientras el sistema fortalezca el egoísmo, mientras continúen las asimetrías sociales y económicas, mientras no haya identificación con la especie, con la vida, seguirá imperando la crueldad, la violencia y las guerras.

Resulta irónico y paradójico a la vez, decir que si se quiere la paz hay que prepararse para la guerra, lo que significa que para que reine la armonía se debe estar preparado para destruir a todo aquel que se le considere una amenaza, o al menos disuadirlo. Sin embargo, estar preparados para la guerra significa estar dispuestos a matar al oponente y a emplear las tácticas de destrucción que eso lleva consigo y en cuestiones de guerra no hay ética de por medio, solo hay impunidad para el vencedor.

No obstante, también hay guerras justas, aquellas que surgen como resultado de la opresión, de los vejámenes y crueles acciones que ejerce el conquistador. En la que el afán de los ejércitos invasores es aniquilar y esclavizar a los conquistados. En este caso, la paz se altera por la sed de expansionismo y enriquecimiento ilícito de un país o imperio sobre otro, tal amenaza hace necesario defender a la población de los ataques abusivos motivados por la codicia y que irónicamente hacen del crimen, de la usurpación y el robo descarado, una virtud que suelen conmemorar.

Lo terrible de la guerra es que ultrajar, torturar, asesinar es permisible y se justifica como signo de nacionalismo, de patriotismo, de valentía y de honor. Es una singular y trágica forma de honrar a la patria, en donde matar es más que una posibilidad. Pero, como dijo el poeta y dramaturgo Bertolt Brecht, en su poema titulado General: General, el hombre es muy útil. Puede volar y puede matar. Pero tiene un defecto: puede pensar. Ahí está el detalle, el ser humano puede pensar y cambiar con su razonamiento un estado permanente de guerra por la paz.


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