Un dios a la medida

Autor: Jairo Alarcón Rodas
Yo os conjuro, hermanos, permaneced fieles a la Tierra y no creáis en aquellos que os hablan de esperanzas supraterrenas. Son envenenadores, lo sepan o no. Son despreciadores de la vida, son moribundos y están, ellos también, envenenados, la tierra está cansada de ellos: ¡ojalá desaparezcan!
Friedrich Nietzsche

En lo referente a los temas de fe, la polémica surge visceralmente, quizás sea por las pasiones que desencadena, pero tal vez ocurra porque no es posible hablar racionalmente sobre ello. Fe y razón han sido antípodas de distinto origen. Una nace de la reflexión humana, la otra del conformismo. Mientras que lo racional se construye a partir del pensamiento lógico, desentrañando los secretos de la realidad y, por lo tanto, es dinámica, la fe acepta verdades absolutas a partir de una doctrina fija, consecuentemente irrefutable.
Nacidas de cunas distintas, la fe y la razón se han vinculado en muchos momentos históricos, no obstante, fue la fe la que antecedió a lo racional, de esa forma se construyó el pensamiento humano, de lo simple a lo complejo, de lo cosmogónico a lo cosmológico, de lo sensible a lo inteligible, de lo superficial a lo profundo. Sin embargo, el carácter inquieto del homo sapiens lo indujo a buscar respuestas diferentes a las propuestas por la fe.
De ahí surgió El milagro griego, el Renacimiento, La ilustración, como parte de la desobediencia humana a lo establecido, como una forma de subversión al sistema. Ya en el mito de la religión cristiana, en le Génesis, se habla de la desobediencia de Adán y Eva como causa de su perdición, no obstante que fue eso, su rebeldía, lo que los convirtió realmente en humanos, en seres éticos que pueden distinguir el bien del mal; fue lo que los hizo realmente humanos pues ser humano es hacerse humano, es una incesante autocreación a través del pensamiento crítico.
Seguir las ideas de otros es más sencillo que aventurarse a pensar y reflexionar sobre las cosas por uno mismo; por otra parte, el sentimiento de dominación ha estado presente a lo largo del transitar de la humanidad, dando lugar a las ideologías y no es de extrañar que, por ello, se impongan credos, pautas de conducta a seguir. Así, lo que surge a través de mitos, creencias, suposiciones o de dogmas, dada su naturaleza, no admite cuestionamiento y, como resultado, es impuesto como el pensamiento a seguir. La fe, decía Friedrich Nietzsche, es la manera más falsa de concebir la realidad y, a pesar de ello, se sigue practicando.
No obstante, el surgimiento de la filosofía en Grecia, en el siglo VI a.ne., es prueba de la inquietud humana de buscar respuestas más convincentes a las dudas que se les presentaban y no quedarse con las simples apreciaciones, suposiciones y creencias ancestrales. Similar situación ocurrió con la irrupción del movimiento social y cultural denominado El Renacimiento en medio de la oscuridad del medievo. En ese período, el pensamiento estaba encarcelado en los monasterios clericales y el basto caudal filosófico, desarrollado hasta esa fecha, fue sometido al servicio de la religión, se le consideró su “sirvienta”.
El legado de Sócrates, Platón, Aristóteles, Epicuro, Cicerón, entre otros importantes filósofos de la antigüedad, fue interpretado, ajustado y difundido de acuerdo con los cánones de los intereses de la religión católica de la Patrística y Escolástica, no sin justa razón Bertrand Russell denominó a la Edad Media, la época de las tinieblas. Miguel Servet, Giordano Bruno, Lucilio Vanini son algunos pensadores que fueron asesinados por defender sus ideas, a manos de la Iglesia.
Así, la religión se convirtió en instrumento de dominación pues se requería, para el efecto, de sujetos dóciles, sumisos, que aceptasen y acataran lo prescrito sin cuestionar ni reparar en el grado de veracidad de lo sustentado por la Iglesia católica. Lo mismo sucedió en las reformas de Martín Lutero y Juan Calvino, pues la discordia no consistía en el discurso empleado, en los dogmas de fe ni mucho menos en el adormecimiento de las conciencias a través del discurso empleado, sino simplemente el disgusto y desavenencia fueron del orden económico, era sustancialmente sobre quién saldría beneficiado con ello. Dominación ideológica que no es potestad del cristianismo, ya que ha sido empleado por otras religiones a lo largo de la historia.
Las inquietudes espirituales sustentadas en la presencia de deidades o en un mundo celestial más allá del terreno, aleja a las personas de la problemática existencial que los aqueja, del pensamiento crítico, olvidándose de lo humano que debería estar presente en su accionar. De ahí que, con ello, unos pocos se benefician de tal situación, aprovechándose de la ignorancia y del fomento de la fe en detrimento de la razón, en aquellos que, no siguiendo ni ejercitando el juicio crítico, observan planteamientos muchas veces descabellados, aderezados de engaño y elocuencia, sustentados en dogmas de fe.
Será que el sentido de la vida, de la existencia humana es obedecer para alcanzar la plenitud o, por el contrario, consiste en deliberar, cuestionar, sacar provecho dignamente de la oportunidad que esta ofrece, a través de la búsqueda incesante y honesta. Para muchos, seguir guiones preestablecidos que los conduzcan a alcanzar sueños, fantasías, quimeras que concepciones religiosas han elucubrado como premio a la obediencia, al fanatismo, es el sentido de la vida.
Sin embargo, de la nada adviene nada y tales creencias e inquietudes no nacen con los humanos, no son ideas innatas como Anselmo de Canterbury creyó, por el contrario, han sido inculcadas con el propósito de formar sujetos acríticos, de los cuales obtener provecho. Crear el pensamiento débil en las personas es lo que buscan aquellos que, embebidos de poder, ejercen el control sobre estas; Nietzsche decía, la necesidad de creer es una necesidad de los débiles. El hombre débil necesita depender y ello lo han comprendido y ejercitado los sectores dominantes de cada época, es por lo que multiplican la ignorancia.

Actualmente se habla sobre la libertad, es más, el sistema imperante presume de sustentarse sobre esos pilares, especulan sobre cuáles son sus límites, sobre lo pernicioso que es perderla, paradójicamente, no la relacionan con la religión, siendo ésta el instrumento predilecto de dominación y, por lo tanto, de la pérdida de libertad y de la voluntad de todo individuo. Pero, decía Walter Lippmann, no puede haber libertad para una comunidad que carece de los medios para detectar mentiras. Salir de la caverna de la ignorancia es sumamente difícil a menos que haya un auxilio del exterior.

Así, en países en donde la ignorancia campea y, de los cuales Guatemala forma parte, siendo uno de sus principales representantes, existir esclavizado por la fe constituye una gloria divina. De ahí, que ser prisionero y no darse cuenta es mucho más triste que ser consciente de estar en cautiverio y luchar para romper las cadenas que los oprimen. Con tales antecedentes, es claro que mercenarios de la fe puedan hacer lo que quieran con solo poseer un lenguaje elocuente y ofrecer la vida eterna o la salvación de las almas a través de la palabra. Pero, recordando las palabras de Feuerbach, la creencia de la vida celestial es la creencia en la inutilidad e insignificancia de esta vida, lo que hace un desperdicio el existir.

Y en un sistema en el que lo más importante es el capital, la oligarquía requiere tener tranquila su conciencia y, para ello, demanda una deidad que se ajuste a sus intereses, que sea compatible con sus valores y creencias y los mercenarios de la fe se la proporcionan. Otorgándoles un dios hecho a su medida, para el que la acumulación de riqueza, a expensas de la explotación de otros, no es mal al que haya que corregir. Ya que es suficiente el arrepentimiento, asistir a las iglesias, seguir la palabra divina y, sobre todo, el pago de ofrendas, para ser salvos. De ahí que sea a cambio de jugosas contribuciones que se puedan asegurar un lugar en el Paraíso.

En el momento actual y en tales condiciones, no es de extrañar que ser un “apóstol de la fe”, continúe siendo un negocio lucrativo ya que, para los feligreses, lo importante es el mensaje de salvación que esos personajes les brindan y no el beneficio que ellos reciben a cambio. Así se establece un vínculo perverso en el que aparentemente ambos ganan, aunque es claro que solo hay un perdedor.


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