Invadir la esfera privada

Autor: Jairo Alarcón Rodas
Si el Gran Espíritu hubiese deseado que yo fuera un hombre blanco lo hubiera hecho. Él puso en vuestro corazón deseos y propósitos, y en el mío puso otros diferentes. No es necesario que las águilas se comporten como cuervos.
Toro Sentado

A pesar de que los humanos son miembros de una misma especie, sus especificidades se ven distinguiblemente marcadas, lo que hace que su accionar sea sumamente complejo al construir un atavismo cultural diferente. Lo que no solamente se patentiza a través de la diversidad de grupos étnicos existentes sino, también, por las peculiaridades individuales, intenciones, gustos, apetencias que los hacen ser como son, que los distinguen de los demás y les provee de una singular identidad.

¿Cómo es que una misma especie tiene tantas diferencias? Al ser los humanos una pluralidad de individuos que construyen sus vidas, que interpretan su entorno a partir de su intelecto y su funcionalidad de acuerdo con su circunstancia, la lectura que efectúan de la realidad la hacen de forma distinta. El mecanismo cognitivo, en este caso, a pesar de ser similar, depende del grado de su desarrollo y, desde luego, del contexto en el que se circunscriba cada persona que alimenta con objetos y experiencias el pensamiento.

El ritual de la muerte, por ejemplo, es un suceso que tiene notas especiales que caracteriza a cada cultura, por extrañas que parezcan. Así, en la cultura masageta del lejano Irán, como en la cultura Yanomami de la selva amazónica, entre Venezuela y Brasil, es costumbre que cuando un ser querido se muere se lo coman, pues ello les da fortaleza ante la fatal pérdida. Otros ritos sobre la muerte estiman conveniente despedazar al fallecido para que las aves de carroña completen el ciclo de vida, ya que la muerte, para ellos, es una continuación de la vida.

Por otra parte, el enterramiento de los muertos, que consiste en colocar el cadáver del difunto en una tumba construida con tal propósito, excavada en el suelo, difundida en muchas regiones del mundo, tiene raíces en el paleolítico superior pues el cromañón ya enterraba a sus muertos al igual que el homo sapiens. Sin embargo, se estima que el neandertal ya lo hacía como un ritual sobre la muerte.

Así, la tradición cultural de Mesopotamia consiste en que las tumbas se excavaban en el suelo con la idea de que el alma de la persona enterrada pueda llegar más fácilmente a la otra vida, que se consideraba que existía bajo la tierra. Un mismo fenómeno común a la especie humana, a los seres vivos, es interpretado de forma distinta, dada la tradición cultural que sustenta cada etnia, sobre lo que representa para ellos la muerte.

Rasgos culturales distinguen a los grupos humanos, de ahí que vestimentas, tatuajes, comportamientos, los caracterizan, diferencian e identifican y se reflejan por medio de tradiciones, formas peculiares de proceder, creando una diversidad de matices humanos. No obstante, lo esencialmente de estos se mantiene, siendo lo que varía, la forma de hacer efectivos sus deseos, costumbres y creencias que pudiera constituir lo accidental. Es más, y en palabras de Charles Taylor, el que yo descubra mi propia identidad no significa que la haya elaborado en el aislamiento, sino que la he negociado por medio del diálogo, en parte abierto, en parte interno con los demás. Lo que significa que lo que se es, se debe en parte a la relación que se tiene con los demás.

¿Hasta qué punto los rasgos culturales pueden constituir lo esencial en la especie humana? Para dar respuesta a tal interrogante es necesario caracterizarlos, determinando qué es lo esencial y lo accidental en estos, pues el respeto a lo humano tiene preminencia sobre las especificidades particulares que puedan surgir dentro de estos.

Cómo entonces articular a las sociedades que, a través de ritos, costumbres, tradiciones, conforman grupos cerrados, celosos de su comportamiento y proceder y que, por lo tanto, no están dispuestos a abrirse a otras culturas, a diferentes formas de interpretar la realidad, originando con ello peligrosas respuestas etnocéntricas, racistas, xenofóbicas. Con relación a eso, Richard Sennett dice, las costumbres y los intercambios rituales con los extraños se perciben, en el mejor de los casos, como formales y fríos y, en el peor de los casos como falsos. Así, todo lo que es extraño se vuelve amenazante y repulsivo.

El mundo es cada vez más cercano y dependiente, lo que obliga a establecer vínculos entre las naciones, los Estados, los países, las culturas, bajo el criterio del respeto a las normas mínimas de convivencia pacífica. Tal mundialización no puede lograrse si no es a partir del respeto a leyes que regulen el comportamiento humano. Fue así como surgió La Carta de las Naciones Unidas, vigente desde el 26 de junio de 1945, constituyéndose como el marco legal del accionar que regula las relaciones entre las naciones civilizadas en el mundo.

Así, existe una esfera pública y otra privada en la que se acogen y actúan los seres humanos. En donde, la primera corresponde a la serie de normativas a las que debe sujetarse cada individuo para no entrar en conflicto con los demás, que cobra vida a partir del Pacto Social que tácitamente suscriben los seres humanos, depositando parte de su soberanía en función de la convivencia social y, la otra, que corresponde a lo propio, a los intereses e inquietudes de cada individuo, que constituye su sello personal.

¿Cuándo terminan los límites de la esfera privada y comienzan los de la pública dentro de una sociedad? ¿En qué momento restringe la imposición de normas públicas, la libertad en la esfera privada? El ejercicio ideal del funcionamiento de una sociedad lo establece el hecho de que los fines de la primera coincidan con los de la segunda y viceversa, en función del bienestar común y el individual. Lo que no significa que los deseos pertinentes a la esfera privada perturben o corrompan los de la pública ni que las restricciones de ésta avasallen la creatividad genuina, expresión honesta y deseos productivos del individuo.

Por otra parte, existe un sentimiento de pertenencia en la especie humana en la que, a pesar de su identidad personal, cada sujeto se siente y quiere formar parte de un grupo, con el que coincide y persigue los mismos o similares intereses. De ahí que, en una cultura determinada, sus miembros participan de rasgos comunes que se manifiestan en costumbres y tradiciones, formas latentes o manifiestas de comportamiento, visibles u ocultas.

Cómo lograr, por lo tanto, que en una sociedad en donde confluyen distintos grupos culturales, en el que existen personas que, siguiendo sus particulares rasgos identitarios y se comportan de forma diferente, puedan convivir sin entrar en discordia, de manera constructiva. Cabe señalar que los problemas comienzan cuando se pretende imponer criterios personales, trasgredir la esfera privada del otro, por lo que para vivir en armonía se deben respetar determinadas reglas del juego que no solo delimite el campo de la esfera privada y pública sino también las cohesione.

Las migraciones conducen a que sociedades de orígenes diversos convivan en espacios comunes, dentro de un territorio, de ahí que, personas que interpretan, que siguen patrones distintos deban aprender a comportarse de acuerdo con las reglas, normas, leyes del territorio en donde fincan su residencia e intereses.

Así, las costumbres de los migrantes, su comportamiento, lo que ha marcado su existencia en sus países de origen, no necesariamente concuerda con los valores culturales que se siguen en el país al que han emigrado, lo que ocasiona más de algún problema de convivencia. Como consecuencia, los nativos del país que reciben migrantes muchas veces ven a estos como invasores, no solo porque consideran que son una amenaza a sus espacios laborales, sino también culturales.

Dice el dicho popular, de ahí que a donde fueres, has lo que vieres. De modo que al país que uno visita o pretende residir se deben cumplir sus leyes, pero qué sucede con las costumbres, tradiciones: si estas afectan la integridad y dignidad de los demás, no debería de aceptarse; ya que, como lo afirma Tzvetan Todorov, renunciar a la intolerancia no significa tolerarlo todo.

Sin embargo, lo que se es, que constituye la serie de valores, conocimientos, rasgos culturales, inquietudes y aspiraciones, muchos de estos adquiridos a través de la endoculturación y que se manifiestan a partir de las costumbres, en más de una ocasión causan desagrado a los habitantes del país al que se ha emigrado lo que provoca el rechazo, por parte de estos, cuando ven que su esfera privada se ve amenazada.

Es pertinente aclarar que lo público son espacios de responsabilidad social, en donde se sustentan intereses comunes y lo privado es lo propio que atañe a cada individuo, por lo que lo social no debe irrumpir en lo privado y este mostrarse desenfrenadamente en lo público. Similar situación ocurre cuando las creencias y actitudes de un individuo pretenden ser impuestas a otro, trasgrediendo su esfera privada, invadiéndola. El imperativo categórico podría dar respuesta al señalar que no se debe actuar de forma tal que sea perjudicial para los demás. De ahí que, si mis costumbres causan agravio a otros, las debo dejar dentro de mi esfera privada.

La zona neutral, en donde se desenvuelven públicamente las personas, es el escenario en el que cada uno como individuo puede manifestar sus inquietudes particulares y, sobre todo, aquellas que son comunes para lograr acuerdos; en el caso de las democracias representativas, ese poder se delega en un delegado. En consecuencia, es en la esfera pública en donde convergen intereses comunes para beneficiar a la mayoría y no originar una anarquía que conduzca al caos.

¿Qué puede exigir cada individuo que desee convivir en sociedad? lo humanamente permisible, lo que no comprometa o ponga en peligro la estabilidad social. Y, por otra parte, cómo se llega a tal criterio: por la vía de los consensos argumentados racionalmente. Cómo se llegó al criterio de que cada ser humano tiene derecho a una vida digna; sin duda, fue la experiencia la que guio el camino, pero fue la razón la que concluyó que tal medida es, indubitablemente, conveniente para la preservación, resguardo y desarrollo de la especie.

En conclusión, la invasión de la esfera privada surge cuando no se tiene el conocimiento de lo que constituye el contrato social que se ha suscrito y se desconoce la política del respeto igualitario, así como la política de la diferencia, que consiste en el reconocimiento de la identidad individual o de grupo, pues como lo afirma Charles Taylor, al fin y al cabo, si la identidad es lo que nos preocupa, ¿qué es más legítimo que nuestra aspiración a nunca perderla? No obstante, esos rasgos distintivos tienen que ver con la colectividad, proceden de ahí.

La selectividad con la que se haya forjado la conducta de las personas, el nativismo o la amplitud de criterio con la que se cuente, así como el conocimiento de que, para el ser humano, existen muchos aspectos por descubrir, por explorar, por transitar y que esos pueden conducir al asombro, es lo que hace la diferencia entre la intransigencia y el reconocimiento igualitario de lo que accidentalmente es diferente en la especie humana.


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