Por qué prevalecen los intereses personales

Autor: Jairo Alarcón Rodas
El 13 de mayo de 1964, Catherine Susan Genovese (a quien llamaban ‘Kitty’), mujer italoestadounidense de 28 años, fue asesinada a puñaladas en una oscura calle de los suburbios neoyorquinos, ante la mirada de 38 testigos que, desde sus ventanas, atónitos e indiferentes, contemplaron dos ataques distintos y sucesivos de su matador. El caso de Kitty Genovese fue enarbolado en su época como paradigma de los efectos deshumanizadores de la vida urbana: dureza e insensibilidad, displicencia y apatía, indiferencia y distanciamiento ante una tragedia cercana que sólo originaba curiosidad y expectación sin mayor involucramiento.

Las sociedades que se sustentan a partir de valores esencialmente económicos reproducen individuos egoístas, para quienes los demás carecen de importancia, pasan por alto que, como bien lo dijo Marx, el capital no es una fuerza personal; es una fuerza social y, así, reducen a las personas a objetos explotables con el fin exclusivo de obtener ganancias. Claramente, Karl Marx señaló que las condiciones materiales de vida determinan la forma de pensar de las personas y, desde luego, construyen sus valores. Valores ajenos a la solidaridad, a la compenetración de lo humano por lo humano, al estar en el mundo entre humanos.

Así, en el capitalismo, en donde la generación de riqueza es lo principal y el individualismo egocentrista prevalece, alejando la mirada de aquellos que la acumulan, sobre la presencia de los otros, los que la producen mas no la tienen, los intereses particulares se fortalecen y la indiferencia se hace presente socavando los ideales de la sociedad pues construyen un escenario de insensibilidad y anomia.

El sistema tiene brazos ideológicos que lo mantiene vigente y es así como, a través de la religión, la educación, de los medios de comunicación, proceden a alienar a la población para su beneficio. Chomsky dice con relación a ello, el propósito de los medios masivos no es tanto informar y reportar lo que sucede, sino más bien darle forma a la opinión pública, de acuerdo con la agenda del poder corporativo dominante, otro tanto hace los modelos educativos.

Por eso se habla del capitalismo salvaje, que deshumaniza al humano reduciéndolo a cosa, a simple medio para determinados fines. Pero ¿será que el egoísmo forma parte de la naturaleza humana y, en consecuencia, no es posible erradicarlo sino tan solo atenuarlo? La clave de todo está en la racionalidad que poseen y los distingue, que los convierte en seres que pueden perfeccionarse, pero, curiosamente, también rebajarse.

De ahí que se aprende lo que se va a ser. La racionalidad imprime un sello particular a las emociones, las orienta, las potencializa, las controla, las afina. Lo racional, elevado a lo razonable, como diría John Rawls, deja por un lado la instrumentalización de la razón para acogerse a la racionalidad normada. Racionalidad en donde cobra esencial importancia el otro desde la convivencia con los demás.

En un sistema en el que los valores se fabrican para el consumo y los excesos, la consolidación de aquellos que impulsan el interés por los otros es irrelevante, se invisibiliza. La ideología, y con ella la alienación, constituye el mecanismo por el cual el sistema se nutre y fortalece. Siendo la reificación del mundo y sus habitantes lo que se impone dentro del capitalismo, es decir, la tendencia a ver a los seres humanos como «cosas»; procediendo a la deshumanización de lo humano.

Y así, como lo señala Axel Honneth, el concepto de reificación designa un proceso cognitivo por medio del cual algo que en sí no posee propiedades de cosa -por ejemplo, algo humano- es considerado como cosa. La cosificación dentro del capitalismo no solo deshumaniza sino “también” convierte a las personas en depredadoras de su misma especie con el afán de mantener sus privilegios.

Emmanuel Levinas plantea que, entre el uno que soy yo y el otro del cual respondo, se abre una diferencia sin fondo que es también la no-in-diferencia de la responsabilidad, significancia de la significación, irreductible a cualquier sistema. No-in-diferencia que es la proximidad misma del prójimo, por la cual solo se perfila un fondo de comunidad entre el uno y el otro, la unidad de género humano, debida a la fraternidad de los hombres. Ese encuentro con el otro parte de un despertar de la conciencia, de un reconocimiento de lo propio y de lo ajeno.

Activar la conciencia es convertirse en sujeto y objeto de conocimiento al mismo tiempo y, en este proceso, no solo se asimila sino, también, se da uno cuenta que lo está haciendo, del impacto que pueden causar sus acciones, de ahí que sea ese percatarse lo que imprime el carácter ético a las acciones humanas. Ser consciente no es solo tener conocimiento de lo que resultará ser el propio accionar, sino hacerlo debidamente, con responsabilidad, de acuerdo con el contexto.

En un sistema en donde la competitividad, en función del lucro, es lo más importante, la idea de que el egoísmo es la base del bienestar general está presente. Y, así, mientras no me afecte directamente algo no me importa lo que suceda a mi alrededor, con ello se patentiza la indiferencia hacia los otros, el desinterés por el dolor y el bienestar ajeno, ya que lo primordial es el bienestar propio. Será, como lo afirma Bauman, que la individualización ha llegado para quedarse.
Al aceptar que el egoísmo, como lo afirma Ayn Rand, sostiene que el hombre es un fin en sí mismo y que, por lo tanto, las acciones que realiza deben beneficiarlo exclusivamente a él, eximiéndolo de cualquier culpa moral que se le quiera endilgar, se pretende despojar su trayectoria histórica en la que ineludiblemente está ligada a la de los otros y de la cual también es responsable.

La individualidad es característica de la modernidad en la que la tarea de las personas es, en palabras de Zygmunt Bauman, autoconstituir su vida individual y tejer redes de vínculos con otros individuos autoconstituidos, así como ocuparse del mantenimiento de esas redes, lo cual significa que, aun para estos, los demás son importantes. El peligro lo constituye el que el individualismo egocentrista representa una herramienta para el capitalismo en su desenfrenado interés por dividir a la población y abusar de ella. Siendo así, puede darse un tipo de individualidad egoísta y el otro social, este último que contemple a la sociedad y el otro que se sirva de esta.

No es de extrañar que, en centros educativos, universidades, en dónde el énfasis del proceso de enseñanza-aprendizaje está en el poder hacer y, por consiguiente, recae en las destrezas y las habilidades prácticas, el contexto social es invisibilizado intencionalmente, ya que lo importante es el cúmulo de técnicas y competencias que puedan adquirir el estudiante destinadas al servicio del sistema.

Con ello, en el imaginario de las personas, lo valioso lo constituye el tener, acumular, transitar en los excesos, sin importar el cómo se logran pues, dentro de ese escenario, el estatus y el prestigio lo determina el poder adquisitivo que puedan alcanzar. Sin embargo, en el capitalismo, resulta ser una ficción ya que los únicos ganadores, los privilegiados son una pequeña camarilla. Fincar las expectativas de vida en la acumulación de la riqueza constituye un desperdicio en las aspiraciones humanas.

Georg Lukács señalaba que, si no hay cosas, ¿qué cosa, pues, «refleja» el pensamiento? El pensamiento se nutre de objetos y así, de la misma forma, si no hay seres humanos, si no existieran más humanos, opuestos a la mismidad, qué grado de humanidad podría tener un individuo. Lo humano se hace entre humanos, discerniendo lo que estos son, he ahí su importancia.


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