La universidad de San Carlos en el contexto social del país

Autor: Jairo Alarcón Rodas

«La educación no es la simple adquisición de conocimientos, ni coleccionar y correlacionar datos, sino ver el significado de la vida como un todo». Jiddu Krishnamurti

Cuál es el papel de la universidad de San Carlos de cara a la globalización capitalista y cuál debería ser. Sin duda la universidad está en crisis y tiene raíces en los años de represión sufridos en el pasado. En esos años, la represión gubernamental literalmente destruyó el andamiaje académico de esa casa de estudios. Al parecer, el pasado nos alcanza y debemos pagar las consecuencias de lo ocurrido en ese período. No obstante, no se puede justificar los errores que se continúan cometiendo a partir de lo sucedido, debemos buscar soluciones a tal crisis.

La universidad está inserta dentro de un contexto social, en consecuencia, lo que sucede en la sociedad influye en ésta. En el pasado reciente, la incidencia de la universidad fue notoria, sin embargo, en los últimos años, la participación de la universidad, dentro de la sociedad, ha sido irrelevante. Las universidades por lo regular son entidades en donde se genera el pensamiento, en donde se producen las ideas que contribuyen a solventar la problemática de los pueblos.

En Latinoamérica, las universidades estatales tienen históricamente un compromiso formal con los sectores más desprotegidos de la sociedad. Y la única universidad pública de Guatemala no es la excepción. Como corolario, la Universidad de San Carlos tiene por misión: elevar el nivel espiritual de los habitantes de la República, conservando, promoviendo y difundiendo la cultura y el saber científico. Contribuirá a la realización de la unión de Centro América y para tal fin procurará el intercambio de académicos, estudiantes y todo cuanto tienda a la vinculación espiritual de los pueblos del istmo. Ello se complementa con su visión: La Universidad de San Carlos de Guatemala es la institución de educación superior estatal, autónoma, con una cultura democrática, con enfoque multi e intercultural, vinculada y comprometida con el desarrollo científico, social y humanista, con una gestión actualizada, dinámica y efectiva y con recursos óptimamente utilizados para alcanzar sus fines y objetivos, formadora de profesionales con principios éticos y excelencia académica.

Sin embargo, los fines que en su momento caracterizaron a la USAC se han desvirtuado. De ahí que los espacios que otrora los ocupaban las ideas y la academia, ahora son usurpados por la politiquería y la corrupción. No existe democratización al interior de su gobierno, diez Facultades toman las decisiones de la universidad, dejando al margen a las Escuelas no facultativas y a los Centros Regionales. ¿Qué se puede esperar de una universidad que no se ha democratizado en el ejercicio de su gobierno, ¿qué se puede esperar de parte de ésta, ante las injusticias que se cometen en el país?
La universidad, más que identificada con la sociedad, se ha transformado en reproductora de un sistema decadente y oprobioso que ve a los seres humanos como mercancía, a los cuales se les puede comprar y vender. Lejos está aquel ideal pedagógico que presenta la educación como factor de cambio y transformación del individuo y de su sociedad.

Tras la caída de la Unión Soviética, el capitalismo expansionista de Estados Unidos se auto proclamó la ideología oficial en el mundo, de ahí que presenciamos el expansionismo globalizante del liberalismo económico y su brazo supraestructural: el egoísmo, la alienación consumista, la competitividad. En consecuencia, la sociedad guatemalteca está a merced de valores alienantes, difundidos y reforzados a través de los medios de comunicación. Sociedades en vías de desarrollo como la nuestra se ven sometidas a una dependencia económica que, unida al secuestro del Estado por parte de los sectores reaccionarios, de la oligarquía tradicional, conducen a nuestros países a una crisis mayor.

En sociedades como la de Guatemala, en donde las condiciones socia-económicas nos sitúan (según el informe Sobre Desarrollo Humano, 2020-2021, PNUD), en el puesto 127 en el índice de desarrollo humano; en el que la pobreza y marginación se evidencia con esos indicadores; en donde la riqueza se encuentra concentrada en un número limitado de personas y el Estado es solo un medio para garantizar que la situación imperante siga de la misma forma.

Es ilusorio pensar que a los defensores del sistema les interesa crear agentes críticos, despertar conciencias, que la academia se fortalezca; más bien, pretenden alienar a través de un proceso de masificación de la educación, de una reducción en su presupuesto, de reproducir sujetos no pensantes, continuando con los viejos esquemas educativos donde se imponen los criterios del guion preestablecido y se espera de los alumnos la obediencia.

Los indicadores son claros en la situación en la que se encuentra la educación en el país y la escasa o nula cobertura en los departamentos se ve reflejada con el nivel de analfabetismo, uno de los más alto de Latinoamérica. Ello revela una asimetría en cuanto oportunidades de empleo entre el área urbana y el área rural, en donde obreros y campesinos tienen que emigrar a la capital para poder subsistir. Así, la universidad tendría que ser la sede en la que se discutan los problemas más ingentes que aquejan al país, presentando sus causas y probables soluciones. Aspecto que la universidad de San Carlos paulatinamente ha estado perdiendo, el compromiso con la sociedad guatemalteca.

Con relación a eso, en su libro La contribución de la educación al cambio social (1994), Carlos Muñoz Izquierdo pone en duda la relación entre los fines sociales de ciertas universidades latinoamericanas y los valores culturales que ostentan los estudiantes al ingresar y finalizar sus estudios. En su investigación, este autor concluye que “muy probablemente, las experiencias que esos sujetos tuvieron en la universidad no fueron suficientes para que aprendieran a valorar los efectos sociales de los comportamientos a los que predisponen tales actitudes, ni para que cuestionaran la orientación axiológica de los mismos” (Muñoz, 1994, p.225). El autor indica que mucho del horizonte cultural, que se traduce en acciones y comportamiento de los estudiantes, está caracterizado por aspectos individualistas, pragmáticos y utilitarios, que son forjados ya sea en el seno familiar o por los medios de comunicación que responden al sistema capitalista y consumista, los cuales no son modificados por la universidad. Se podrá señalar que las universidades han fallado pues no han logrado converger los ideales en cuanto a su proyección social con los intereses de sus estudiantes a través de un método de enseñanza que prepare técnica y teóricamente con conciencia social.

Así, catedráticos inconsecuentes, mercenarios de la docencia, a los que no les interesa el contexto social del país, mucho menos la ineludible vinculación y compromiso de la universidad de San Carlos con el pueblo de Guatemala. Muchos de ellos han llegado a la docencia a través de pagos políticos o bien por compadrazgo, por servilismo, pues en las actuales condiciones de la universidad, y en sistemas perversos, tiene más valor la adulación, la compra de voluntades, el hacer lo que se les pida, la falta de criterio, que la capacidad e integridad; convirtiéndose con ello en instrumentos para el adormecimiento del verdadero proceso de enseñanza aprendizaje, que consiste en formar criterio con apego a la ética y a la responsabilidad social.

Si las universidades no pueden transformar las actitudes y conductas de los estudiantes con relación a los valores que poseen frente a la sociedad, ¿qué sucede con relación a los conocimientos y saberes que dentro de las aulas universitarias se generan y que los estudiantes deben asimilar? La respuesta no dista de ser diferente, al menos en las carreras con contenidos sociales humanísticos, por lo que se puede inferir que nuestras universidades no han cumplido con el papel que a partir de sus fines está encomendada a cumplir.

Cabría preguntar si los contenidos y métodos empleados en la enseñanza de esos conocimientos no es el que corresponde al cumplimiento de sus fines. La enseñanza tradicional, vertical, en donde los alumnos únicamente reciben información del maestro y se les convierte en sujetos pasivos, imposibilita que puedan hacerse de nuevos conocimientos, partiendo del aprendizaje autónomo, del aprender aprendiendo, de la dialogicidad, de la educación problematizadora.

Dado el hecho que los seres humanos poseen una naturaleza abierta, la posibilidad de transformar a los individuos es clara y factible, por lo que la dificultad consistiría en la forma de lograrlo y con qué instrumental educativo alcanzar tal objetivo. Según Vygotski “el comportamiento es el mecanismo más flexible, variado y complejo, que proporciona a las reacciones de adaptación su enorme diversidad y una sutileza sin precedentes. A él le debe precisamente el hombre el dominio de la naturaleza y las formas superiores de adaptación activa de esa naturaleza a sus propias necesidades, en contraposición a la adaptación pasiva de los animales al medio”. (Vygotski, 1991:153) Pero ¿qué es lo que mueve a las personas a modificar su comportamiento? Siguiendo el planteamiento de Vygotski y parafraseándolo: las circunstancias, el medio es lo que mueve, en primera instancia, a los seres humanos a modificar su comportamiento.

Todo educando busca ser educado con contenidos que le merezca un interés particular, pues al adquirir nuevos conocimientos, relacionados con determinada disciplina, se pueden incorporar con mayor facilidad al mercado laboral, cada vez más exigente en contratar mano de obra calificada. En consecuencia, en sociedades en vías de desarrollo e inclusive en las desarrolladas, al menos en primera instancia, la educación tiene un objetivo utilitario, sin embargo, el contexto social obliga a contemplar al otro.
Es por lo que las carreras técnicas, las contables, así como las de ciencias jurídicas, son las más apetecidas por los estudiantes al llegar a la universidad, caso contrario ocurre con las humanidades, con las carreras sociales. Por ello, el fortalecer el nivel académico, no sólo con respecto a los conocimientos técnicos sino también en cuanto a valores humanos, es tarea que los docentes de las universidades se deben trazar, sobre todo aquellas que se nutren con los impuestos del pueblo. Volver al humanismo, fortalecerlo, será quizás la tarea esencial de nuestras universidades, pero ello se logra dejando atrás la visión pragmática y utilitarista que demanda el capitalismo, salvaje, globalizante.

Con tales esquemas de interpretación de la realidad, muchos jóvenes ingresan a la universidad de San Carlos con el objetivo de graduarse, de aprender el instrumental práctico en una profesión que los incorpore al mercado laboral, con la finalidad de recibir mejores ofertas económicas.

En su gran mayoría, a los estudiantes no les interesa investigar sobre temas trascendentales como: qué es la realidad, cuál es el lugar que ocupan los seres humanos dentro de la misma, qué valores debe sustentar un individuo en sociedad y cómo accionar para convivir en forma armónica.

Más bien, simplemente quieren accionar dentro de un mundo diseñado pragmáticamente, en donde necesariamente existen ganadores y perdedores y los ganadores son los que están bien económicamente, contrario a los perdedores que sufren las consecuencias de la falta de oportunidad o según criterio del capitalismo emprendedor, por su ineptitud.

En el mundo de la seudoconcreción, afirma Kosik, los seres humanos actúan pragmáticamente, pueden accionar en éste, manipular objetos, pero jamás comprenderán lo que es y, por tanto, su transformación será más incierta y con mayor grado de error. ¿Cómo poder transformar a los estudiantes en agentes de cambio? ¿Cuáles deberán ser los recursos didáctico-pedagógicos que permitirán el surgimiento del pensamiento crítico como mecanismo de su transformación? ¿Cómo mostrarles que a partir de ser conocedores de una realidad que les atañe y que podrían transformar para su beneficio y el de los demás, lograrían mayores resultados para sus vidas? Nieves Blanco, en su texto Saber para vivir, nos indica que “el valor, por tanto, del conocimiento depende en gran medida de la red de relaciones en las que se le acoge”. (Blanco, 2006, p. 4). De esa forma se le estará otorgando al conocimiento su verdadero valor, el de liberar para transformar y, no sólo eso, también la función de establecer vínculos con otros saberes para que el accionar humano se haga más certero y ético.

Nuevamente. el saber tiene una finalidad, se conoce para actuar, para transformar la realidad y perpetuar lo sabido a partir de la educación. El conocimiento, por tanto, tiene un vínculo social ineludible, conocemos para actuar, para compartir, para socializar lo aprendido y al transmitir lo que conocemos requerimos de un método de enseñanza y aprendizaje, sea este sistemático o asistemático, que permita extender lo sabido. De ahí la importancia de la transitividad crítica que, para Paulo Freire, parte de una educación diagonal y activa, orientada hacia la responsabilidad social y política, se caracteriza por la profundidad en la interpretación de los problemas. (Freire, 1994, p. 55).

No obstante, la universidad continúa alejada de la realidad social del país, de lo esencial que constituye el ejercicio de una actitud crítica por parte de los estudiantes. De la importancia que tienen las humanidades en la formación de sus docentes y dicentes y con estas, lo primordial que constituye el accionar normativo de sus egresados. Normatividad que no está en relación con el derecho positivo, sino a partir de valores fundamentales e inalienables del ser humano, como el respeto a la vida y a la dignidad de cada persona.

Ante tales circunstancias, surgen ciertas interrogantes: ¿En dónde están los sectores revolucionarios, aquellos que tradicionalmente buscan el cambio? ¿En dónde están los dirigentes consecuentes y combativos, que están vivos de esa época? ¿Qué es de la izquierda universitaria? Citando palabras de José Saramago: la izquierda, cobardemente, sigue no pensando, no actuando, no arriesgando ni una pizca. Urge que la izquierda recobre los ideales que la sustentan, pero para ello tiene que actualizarse, no rehuir de los debates, proponer y actuar consecuentemente y desde luego participar.

Quizás el miedo que dejó el terror de los años de guerra, la asfixiante y galopante corrupción, la politización, el acomodamiento, nos hace estar sumidos en el letargo que hoy caracteriza a la Tricentenaria Universidad. Es el momento de despertar y volver a la academia con nuevos brillos. Es el momento de pensar y reinventar las ideas para el surgimiento de un nuevo modelo de pensamiento social, humano y digno, atendiendo el mandato de la dialéctica que dice: el pensamiento no muere se renueva.


telegram

Facebook Comments Box
Comparte, si te gusto