La revolución se hace en la calle 

Marcelo Colussi
mmcolussi@gmail.com

Hoy día, tercera década del siglo XXI, hablar de revolución socialista parece cosa del pasado. En términos generales, esa idea ha ido desapareciendo del discurso contestatario; en la actualidad no se ve –o si la hay, está muy opacada– una propuesta transformadora profunda. Las izquierdas estamos (hay que decirlo en primera persona, asumiendo la autocrítica) bastante desconcertadas. No se ve claro cómo avanzar hacia un horizonte post-capitalista.

En realidad, tal como van las cosas hoy luego de la caída de los socialismos reales y del proceso de apertura en China, las fuerzas revolucionarias del mundo estamos algo desorientadas: lo que se tomaba como un referente ya no lo es y la vía socialista no está nada clara por dónde construirla.

La raíz misma del sistema capitalista no ha cambiado en sustancia: ha habido transformaciones en su estilo, en su mecánica, en las modalidades con que se mueve. Pero la explotación del trabajo asalariado, único creador de la riqueza social, la extracción de plusvalía por parte de quien detenta la propiedad de los medios de producción –en cualquiera de sus formas– sigue constituyendo la esencia misma de la explotación, lo que permite que haya grandes masas que viven de un precario sueldo y élites cada vez más superpoderosas. El sistema, convertido en una gran red de capitales globales que manejan el mundo con Estados Unidos conduciendo, aunque no puede solucionar los acuciantes problemas de la humanidad (hambre, enfermedades curables, ignorancia), se mantiene sólido.

Tan sólido, que la protesta social con un proyecto revolucionario que buscaba el socialismo como fue durante toda la primera mitad del siglo XX y un par de décadas posteriores, fue haciéndose más tenue, hasta ir desapareciendo. Las primeras revoluciones –Rusia, China, Cuba, Vietnam, Nicaragua– en mayor o menor medida fueron neutralizadas. El ideario socialista ha ido saliendo de circulación. Ello no significa, en absoluto, que las causas que originan los malestares sociales hayan desaparecido. Muestra, en todo caso, que el sistema se sabe reacomodar muy eficientemente, y mucho más que los planteos de izquierda, actúa con celeridad adaptándose a las circunstancias para evitar cualquier cambio estructural.

Como el sistema es poderoso, astuto y sabe lo que hace, se ha ido permitiendo pequeños cambios que no alteran sus bases. Así, han aparecido emancipaciones parciales, imprescindibles sin duda, pero que realizadas en un contexto no de integración de todas las luchas, pueden servir al mismo tiempo para fragmentar el campo popular. Nadie jamás podría negar la necesidad de trabajar contra el patriarcado, contra el racismo, contra la discriminación de la diversidad sexual, por un medioambiente sano; sucede, sin embargo, que todas esas luchas, desarrolladas por separado, corren el riesgo de autonomizarse, terminando así quitándole fuerza a un planteo más global que las incluya, y pida al mismo tiempo, la transformación de las inequidades económicas.

Como el sistema sabe lo que hace, le ha ido quitando audacia y protagonismo a la izquierda. Las dictaduras sangrientas que enlutaron Latinoamérica y África en años anteriores, más lo planes de capitalismo salvaje –eufemísticamente llamado neoliberalismo– fueron el golpe de gracia que terminó de desarticular el campo popular, haciendo retroceder grandes avances de la clase trabajadora y, en general, la organización. Con el fin del campo soviético caen paradigmas, muchos partidos comunistas se reconvierten a la socialdemocracia, movimientos guerrilleros se desmovilizan integrándose a la lucha electoral y aparecen como hongos tras la lluvia infinidad de ONG’s. De revolución socialista va quedando solo un recuerdo.

Entrado el siglo XXI los más avanzado que tenemos son gobiernos progresistas que, en el marco de la institucionalidad capitalista –que está hecha para que, más allá del cambio de figura gobernante, nada cambie en sustancia en el orden económico estructural– administran las sociedades con un talante social, no más. El sistema, sólido como decíamos, no permite cambios reales.

La despolitización que se vive y la ideología de derecha con su machacona repetición de que no hay nada más allá del capitalismo, han ido logrando “amansar” la protesta. Pero el malestar producto de las injusticias perdura. Por todos lados hay estallidos sociales, reacciones populares, descontento generalizado. Ahora bien: esas explosiones de furia no logran hacer colapsar el sistema a nivel de ningún Estado, pues faltan propuestas revolucionarias articuladas con proyectos políticos oportunamente conducidos. Si no hay proyecto revolucionario, no hay revolución.

¿Qué es necesario para que se dé una revolución socialista? Una propuesta política revolucionaria, comunista, con una dirección organizada que esté en condiciones de dirigir el descontento popular. Pero además –y esto es lo más importante– una marea popular que se desborde, un descontento generalizado de las grandes masas que ya no aguanten la situación de malestar y se movilicen. Ambas cosas faltan hoy.

La revolución se hace con gente en la calle. Las redes sociales, importantes en algún nivel para mantener viva una esperanza –cuando se las usa en ese sentido, y no solo como elemento distractor– pueden aportar. Pero no son la revolución. Y las urnas electorales tampoco son la revolución; pueden permitir ciertos cambios cosméticos, no más.

La revolución es un cataclismo social que cambia todo, que destruye el aparato estatal capitalista instaurando un nuevo mundo. Sin la gente organizada en la calle, no es posible. Gente organizada que pelea contra las injusticas. Dijo Lenin: “La revolución no se hace; se organiza”. A eso debe abocarse la izquierda.

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