Aportes para un debate incompleto

Andrés Cabanas

El debate creciente sobre la articulación/confluencia de diversas organizaciones de izquierda y progresistas, tanto partidarias como sociales, va más allá del proceso electoral -aunque es central en el mismo- y debe ir más allá de personas, dirigentes y siglas de organizaciones.

Intento reflexionar sobre lo que implica este debate, a partir de lo que no es.

No es una solución mágica, no garantiza triunfos per se. En politica, 1+1 no son siempre dos. Pero entiendo que la voluntad de quienes promueven abiertamente este debate (y de forma valiente, vista nuestra dificultad para la autocrítica) es alimentar la esperanza en momentos de desilusión y desengaño paralizantes (no irreversibles pero hoy objetivamente paralizantes). Aunque cueste verlo de esta manera, el proceso en sí (la voluntad de dialogar, la decisión de hablar) es tan importante como el resultado de los intentos de alianza.

No es, no debe ser, un debate limitado a partidos ni reducido a dirigentes. En el fondo, implica un cuestionamiento a ciertas élites de partidos y movimientos sociales formalmente de izquierda/emancipadores/progresistas. ¿Realmente representan el sentir de la población? ¿Escuchan a las comunidades, a los pueblos, a las mujeres, a la juventud, o las utilizan como discurso?

No es un debate sobre candidatos, fichas, nombres de organizaciones, líderes de las mismas, cuotas de poder, sino sobre el proyecto de transformación social y sobre todo sobre las formas con que acometemos este cambio: con verticalismo, imposiciones, liderazgos perpetuos, discursos cerrados e invariables, sujetos reconocibles e inmutables; o con apertura al disenso para construir consensos.

No es un debate exclusivamente electoral y político-partidario. La confluencia en el nivel partidario debería ser la consecuencia de fuertes procesos de coordinación y trabajo conjunto en comunidades, de acercamientos de organizaciones sociales y de población no organizada, a partir de las luchas cotidianas en los territorios. La alianza entre partidos no se está pensando con cimientos sólidos ni necesariamente incorporando voces y decisiones comunitarias.

No es un debate que pueda llegar a buen fin si desconoce a los movimientos comunitarios y territoriales que desde siempre defienden la vida, el agua, la soberanía, aunque no apoyen a nuestro partido. Si secundariza o ignora a los movimientos de mujeres y feministas que -entre otros aportes- abordan lo personal y lo íntimo como ámbitos claves de la acción política. Si recela de la capacidad y mayoría política de nuevas generaciones, las que tienen 18-20-25 años: no conocieron la guerra y nacieron cuando los Acuerdos de Paz empezaban a ser recuerdos, en el apogeo del extractivismo neoliberal pero también de la eclosión del buen vivir y los proyectos de poder y refundación de los Estados de los pueblos indígenas. Generaciones formadas políticamente (no es casual una mayoritaria presencia de mujeres) en la cresta de la ola ,del movimiento feminista internacional, a pesar del fascismo creciente y en síntesis con las tradiciones comunitarias y las circustancias generacionales.

No debe ser un debate con líneas rojas. Se muere, antes de empezar, si no se pueden mencionar las falencias de los dirigentes, y si cualquier crítica a los mismos es calificada de argumento del CACIF y su argumentador de reaccionario y agente del imperio. Sin crítica y autocrítica nos morimos: el debate, el proyecto electoral y el proyecto de refundación en general.

No es debate para la unidad de siglas y organizaciones, de las y los convencidos, de los de siempre, por mucho que nos creamos imprescindibles. ¿Y los desencantados, la población que «simplemente» vive y sobrevive el día a día, sin referentes de lucha y por supuesto sin apoyo estatal? Donde aparecen en las propuestas y respuestas las trabajadores de mercados, las y los pobladores de comunidades urbanas, transportistas, maestrxs dignxs, salubristas, pequeños campesinos olvidados por la historia, el Ministerio de Agricultura y la revolución.

No es un llamado a anular o minimizar las diferencias existentes: históricas, de implantación territorial, de tiempos, ritmos y formas de trabajo, de visiones (sobre el feminismo, las diversas expresiones sexuales, afectivas, identitarias, el papel de los pueblos indígenas, el buen vivir vs. el desarrollo con justicia social y otras). Precisamente parte de que no todas las organizaciones representan y defienden lo idéntico o los idénticos, pero la complementariedad de las diferencias nos hace más fuertes, enriquece los proyectos y genera fuerza creadora e innovadora. Esta es la dificultad del proceso: reconocer que necesitamos síntesis de diferencias y no verdades absolutas para transfomar el país.

En fin, no es debate para llenarse de razones y justificarse, para tener la razón, sino para asumir que no tenemos las certezas, que seguimos caminando pero la utopía se quedó atrás. Nos equivocamos, y qué, sí. Los caminos que transitamos se están cerrando y necesitamos, entre todas, abrir caminos nuevos.


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