“El gran dominador”

Autor: Jairo Alarcón Rodas
La pasión de dominar es la más terrible de todas las enfermedades del espíritu humano.
Voltaire

El deseo de dominación ha estado presente en las actitudes humanas desde el inicio de su consolidación, el medio adverso fue propicio para ello y fue así, por ejemplo, como la necesidad de supervivencia determinó que el Homo sapiens terminara con la existencia del hombre de Neanderthal, su natural competidor y se irguiera como el gran dominador. La preeminencia de los más aptos pone en el escenario lo que Darwin identificó como la selección natural y, con ello, el persistente instinto de conservación en los humanos.

En la naturaleza, el más grande y poderoso subsiste a expensas de los demás, el pez grande se come al chico y así sucesivamente, el más fuerte se impone o aquel que mejor se adapta a las nuevas condiciones, teniendo como rivales directos por vencer a aquellos que compiten con ellos en la lucha por subsistir. Los seres humanos, sin embargo, al desarrollar su intelecto cambian las reglas del juego y el natural instinto de supervivencia, común a todos los seres vivos, se transforma en ellos en algo distinto, al menos se pretende que así sea.

Así, del estado natural surge, en la especie humana, la convivencia social basada en el establecimiento de normas para el bien común y, con ello, nuevas formas de solventar los problemas de subsistencia. Se estima que, dentro de la convivencia social, se imponga la justicia a través de la recta razón.

Dicho de otra forma, el dominio basado en la fuerza que rige en el estado de naturaleza es sustituido por el cumplimiento de normas y la aceptación racional de la armonía sobre la discordia, a partir de la convivencia social y la cultura. Marcuse decía, se alcanza un nivel más alto del proceso cultural cuando el trabajo humano organiza y da forma al mundo objetivo ya no solo aniquilando cosas, sino preservándolas como medios resistentes para la perpetuación de la vida. Y preservarla significa no convertirse en destructores.

Pero ¿qué pervierte el accionar humano para que este continúe con el afán de dominación y el sometimiento de otros miembros de su especie? El ascenso de lo humano, aunque tiene su origen en lo biológico, adquiere singular cariz especial a través de la razón y esta, al nutrirse de conocimiento, desarrolla la inteligencia, facultad esencial para poder resolver problemas. En tal sentido que, actuando racionalmente, la conducta humana no debería pretender dominar a sus semejantes sino, buscar conciliar.
El exacerbado sentimiento de propiedad, de acumulación de riqueza, de tener más allá de lo necesario, pervierte a las personas y, en algunos, se degenera en vicios psicopáticos en los que se hace necesaria la dominación de los demás, en donde el narcisismo, la impulsividad, el control y la manipulación, las mentiras afloran creando discordia dentro de la sociedad.

La disfunción racional hace que las personas no sientan empatía por sus semejantes y los vean nuevamente como una amenaza a sus egoístas intenciones, por lo que se les debe doblegar e incluso aniquilar. De ahí que, para algunos, el desprecio por la vida está latente, consecuentemente el medio ambiente, los animales, las personas no importan pues lo esencial es acumular bienes y capital para continuar dominado, ejercer el poder.
Extinción de animales, deterioro del ecosistema, genocidios, esclavitud, desprecio a la vida son las vergonzosas huellas que “el gran dominador” ha plasmado a lo largo de la historia y que lo dejan muy mal situado en cuanto a su ascenso en la escala de su evolución social. Al parecer, los seres humanos no han aprendido a convivir en un planeta vivo y las consecuencias pueden ser fatales, ya que lo están convertirlo en estéril, no apto para la vida.

La dominación de unos sobre otros, el dominio irracional de la naturaleza ha sido parte de la historia humana y continúa siendo. Fue así como en Estados Unidos, por ejemplo, a mediados del siglo XIX, entre 40 a 60 millones de bisontes vivían en grandes manadas en esos territorios y tras su caza indiscriminada, iniciada después de la guerra de Secesión, entre 1861 y 1865, propició la casi extinción de esos animales pues a finales del siglo XIX, en 1895, tan solo quedaron quinientas cabezas. La matanza de esos animales constituyó uno de los grandes crímenes a la fauna del planeta en el que tristemente los seres humanos estuvieron involucrados.

Y es que, al ser el bisonte el recurso natural más importante para los nativos de esa región, en ese tiempo, pues no solo les proporcionaba el sustento alimenticio, sino también la materia prima para vestirse y calzarse, los colonos estimaron que eliminando a los búfalos lograrían también eliminar a los nativos y ello les facilitaría el camino para apropiarse de sus tierras, ya que con «cada búfalo muerto era un indio menos» según esa lógica.

La irracionalidad de los colonos de Norteamérica, en su afán de dominación, puso en riesgo tanto la vida de las tribus de comanches, siux, entre otras, quienes al final fueron recluidos en reservaciones. Así como la existencia del búfalo americano, al menos 10 millones de habitantes originarios murieron durante la colonización de Estados Unidos y aproximadamente 56 millones fueron asesinados en la Conquista de América.

Y qué decir de las Cruzadas, de la Santa Inquisición, de los genocidios en África y Oceanía perpetrados por los colonizadores europeos, del perverso deseo de dominar al mundo de Adolfo Hitler y del Nacional Socialismo, de la obstinada ambición de dirigir y controlar el orden mundial, impuesto por el Departamento de Estado de los Estados Unidos. En todos esos casos el denominador común ha sido la dominación y el sometimiento de aquellos que se consideraban un obstáculo para los oscuros intereses personales o sectarios en contra de aquellos a los que no se les ve como pares.

Rasgos de psicopatía afloran en aquellos que pretenden dominar y han dominado en determinados momentos de la historia. En los que controlan, someten y abusan desde los espacios de poder que han logrado, pues su enfermedad no les permite comprender que, al asumir su calidad de seres humanos, la dominación ha dejado de ser una forma para lograr la subsistencia y, en su lugar, se impone la conciliación, la solidaridad, el poder hacer con fines al bien común y a la justicia.

Por lo que es responsabilidad de todos no permitirles a aquellos que han hecho de la política una vía directa a sus perversas intenciones lograr acceso al poder. El conocimiento libera de la ignorancia y, a la vez, permite un accionar más certero, sin embargo, no puede haber conocimiento sin ética y ética sin conocimiento, ambas se desvirtúan sin contar con la presencia de la otra. Y en palabras de Erich Fromm, debemos adquirir conocimiento para elegir el bien, pero ningún conocimiento nos ayudará si hemos perdido la capacidad de conmovernos con la desgracia de otro ser humano.


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