Bases teóricas para la interculturalidad

Autor: Jairo Alarcón Rodas.
Tercera Parte

Es la racionalidad, la emotividad y la convivencia en sociedad, es lo que caracteriza, a grandes rasgos, a los seres humanos. Con el potencial racional, con la emotividad estos homínidos procedieron a integrar grupos, conjuntar sociedades. Como consecuencia, no hay seres humanos que puedan sobrevivir solos, requieren del concurso de otros para acrecentar su horizonte cognitivo, sus sentimientos, inquietudes y aspiraciones.

Dichas interpretaciones no serían perjudiciales si no rebasaran los límites de la esfera privada. Es decir, cuando se pretende forzar a los demás a que acepten determinadas convicciones, criterios, sin convencerlos argumentativamente ni adaptarlos a esas formas de entender las cosas, llevarlos a la esfera privada, la cual pueda que no compartan, ni acepten.

Consecuentemente se comienza a complicar los consensos y a crear discordia entre las distintas culturas, grupos determinados, etc. De ahí que cada grupo piensa que tiene su verdad y la pretende imponer, sin observar que pueda que se tengan distintas perspectivas, puntos de vista, sobre un mismo objeto de conocimiento que no se excluyen mutuamente sino, por el contrario, se complementan en función de la perspectiva que se tenga del objeto, del interés y de la circunstancia en la que se encuentre el sujeto que lo perciba.

El conocimiento se convierte en factor liberador que diferencia las creencias valorativas de los juicios de razón. Viendo así al mundo, como un complejo escenario en donde las construcciones interpretativas humanas, a partir de creencias y saberes ancestrales, originan toda una diversidad de cosmovisiones, rasgos culturales, formas de comportamiento e idiosincrasia que enriquecen la visión que se tiene sobre las cosas, pero a la vez empobrece su precisión.

Por lo que se hace necesario de un constructo que pueda diferenciar la realidad de la fantasía. Y es que cada cultura le da una interpretación a su entorno existencial, que en cierta medida relativiza la visión del mundo, dificultando con ello el entendimiento entre los pueblos. Ese constructo es la ciencia, que es objeto de comprensión y análisis a partir de un enfoque racional argumentativo.

Desconocemos mucho de nuestro entorno, de la realidad misma y, de aquello que no sabemos, hablamos sin propiedad o bien lo apartamos de nuestro horizonte discursivo y accional. En palabras del poeta Antonio Machado: Todo lo que se ignora, se desprecia. Se desprecia porque no se alcanza a comprender e interpretar modos de comportamiento, cosmovisiones, juicios diferentes.

Al socializarse dentro de determinada cultura y no proporcionar las herramientas teóricas que permitan atisbar una realidad contextualmente diferente, la comprensión de ésta se hace muy difícil, consecuentemente la comunicación es improcedente y desde luego el accionar se hace incierto. Pero si el comprender no va acompañado de un reconocimiento pleno del otro como sujeto, entonces esa comprensión corre el riesgo de ser utilizada para fines de explotación.

Comprender otras circunstancias representa lo que es la alteridad, ponerse en el lugar del otro. Pero ¿qué sucede cuando esos modos de comportamiento vulneran la condición universal de seres humanos, cuando existen extremos donde la dignidad de las personas se ve afectada? En Somalia, por ejemplo, son numerosos los casos en donde, según tal interpretación islámica de sus autoridades religiosas, a las mujeres desde los 15 años, para evitarles el placer sexual, la promiscuidad, se les debe practicar la ablación del clítoris, que consiste en mutilar sus órganos sexuales, lo cual causa repercusiones negativas de orden psicológico y físico en esas mujeres.

¿Es permisible que ese tipo interpretaciones siga imperando? O quizás, sea necesario que, a través de argumentos racionales, se transformen esas interpretaciones religiosas y ritos culturales, que se traducen en comportamientos obcecados, sean desvirtuadas, a manera de que tales prácticas se consideren simplemente un pasaje histórico del arduo recorrido de la humanidad en su acenso a la civilización.

En la inmensa multiculturalidad del mundo, abundan los ejemplos donde principios universales referentes a la dignidad humana se ven mancillados y conculcados, ¿qué hacer al respecto? Los matices culturales le dan una rica tonalidad al planeta, pero estos rasgos peculiares no deben entorpecer el desarrollo que los hombres y las mujeres tienen que adquirir como especie.

Bien decía Hegel que, para hacer filosofía, para ir en búsqueda de la verdad, para conocer la realidad, se requiere de un espíritu libre de ataduras de ningún tipo. La verdad es una, decía Heráclito , y al serlo, los supuestos particulares se ven desvanecidos. No obstante, siendo una no es absoluta, pues continuamente se está desarrollando, ya que la realidad es dialéctica, cambia, se reinventa constantemente.

Los continuos cambios que tiene la naturaleza requieren que los conceptos que se viertan sobre ella sean modificados a razón de los descubrimientos y profundización que se tenga sobre los determinados aspectos que la conforman. Los conceptos fijos y absolutos interpretan realidades de forma petrificada, consecuentemente no la juzgan correctamente.

La realidad, transpuesta fielmente a la conciencia de los sujetos que la perciben, origina el conocimiento. Resultado de ello son los complejos contenidos de conciencia que son producto de construcciones humanas que atienden a criterios reales y objetivos, comunes para todos. Dichas edificaciones mentales se deberían realizar con base a criterios análogos ya que todos los seres humanos poseemos similares órganos perceptores e intelecto.

Siendo originalmente equivalente la percepción del horizonte real, los juicios que se hacen sobre las cosas no son iguales, dadas las motivaciones, el interés, la circunstancia y perspectiva en la que se encuentre el sujeto. De esa forma, la realidad se enriquece con los distintos puntos de vista que se hacen sobre ella. Desde luego, los juicios que de ella se emitan parten de criterios distintos, mismos que proporcionan una arista más de eso que, desde su complejidad, constituye la materia prima del conocimiento, del universo simbólico, de la posibilidad de la comunicación y entendimiento entre los seres humanos.

La realidad se manifiesta y no es que sea distinta para cada grupo cultural, por el contrario, es igual para todos, lo que es distinto es la circunstancia en la que se encuentra el sujeto que la percibe. De ahí que sean las circunstancias, el interés y los criterios personales, los que le dan un significado diferente a las cosas, en la conciencia de cada sujeto que las juzga.

No es la misma circunstancia la que viven los habitantes de la gélida región de Sáapmi (Laponia), que los que residen en las tórridas sabanas africanas, pero que no sean las mimas circunstancias no significa que la realidad sea distinta para ambos, la realidad sigue siendo la misma, se refleja igual para todos y debemos entender que la materia que la constituye tiene distintas formas de manifestarse.

Acostumbrados al hielo y a la nieve, los samis, lapones, ni se imaginan que en las sábanas africanas reside el okapi, una mezcla de jirafa y cebra, a ellos le es ajena la posibilidad de un animal de ese tipo. En igual forma para las tribus del África central, la nieve les es totalmente desconocida. Siendo dos caras de una misma realidad, permanecen al margen de determinado grupo cultural la una de la otra.

De hecho, son circunstancias y horizontes diferentes que dan lugar a modos de comportamiento distintos y a un lenguaje particular que corresponde a su entorno. De ahí que se pueda construir equívocamente o con certidumbre una interpretación del cosmos, no obstante que es la ciencia la que marca el paso para la configuración certera sobre éste.

Al construir la realidad erróneamente se corre el riesgo de imposibilitar su entendimiento entre las culturas, entre los pueblos, entre las personas. Ya que los aspectos ajenos a la realidad, lo que es agregado por los agentes perceptores que atienden a juicios emotivos, gustos, apetencias o errores personales sobre la interpretación de las cosas, no son entendibles para los demás.

Con la diversidad de lecturas sobre la realidad, al margen de criterios universales, se entreteje una urdirme de confusiones y equívocos que, en vez de acercarnos, nos alejan de un posible diálogo. Sin duda el aspecto emotivo no escapa a toda interpretación humana, es parte de lo que hace a los seres humanos ser lo que son.

La endoculturación y socialización, en el seno familiar, establecen los rasgos de la personalidad que fijan patrones de conducta, muchas veces insuperables a través de la educación formal innovadora. Es más, dadas las condiciones sociales de nuestros países, al sistema no le interesa formar agentes críticos. Les es conveniente tener sujetos pasivos, obedientes, que no problematicen el estado actual de las cosas y así convertirlos en una pieza más del engranaje consumista de este tipo de sociedades. La costumbre, el fanatismo y el acomodamiento se convierten en herramientas vitales para ese tipo de sociedades, donde lo importante es alienar a través de los aparatos ideológicos del sistema.

Sin duda el aspecto emotivo no escapa a toda interpretación humana, es parte de lo que nos hace ser lo que somos: seres humanos. De ahí que la emotividad imprime al conocimiento de la realidad un tamiz humano cuyo indicador, quizás más significativo, sea que magnifica la apreciación que se tiene sobre los objetos o es posible que también la oculte.

A partir de las emociones se aprecian mayores detalles sobre las cosas y objetos de conocimiento, pero también se corre el riesgo de ver en ellas no lo que son, sino lo que queremos ver. De esta forma la realidad adquiere un significado peculiar para las personas, se amplifica atendiendo a sus inquietudes particulares, gustos y apetencias, vivencias, emociones y entorno social. Las emociones orientadas por la racionalidad normativa constituyen lo que es la sabiduría.

La realidad es una, en sí misma, y esa unidad que para el filósofo Alfred Julius Ayer es el esqueleto común, de un cuerpo, de la humanidad, para Chomsky constituye la estructura base del lenguaje, esencial para el entendimiento entre las personas. Pero todo cuerpo cuenta también de carne que es lo múltiple, las diferentes interpretaciones que se hacen sobre la realidad. Así, se hace difícil entenderse sin antes tener presente que existe un horizonte común que permite la construcción de un diálogo continuo, que devele la verdad de las cosas. Diálogo que deje atrás las concepciones acientíficas y acríticas como mecanismo metodológico de entendimiento.

La ciencia ha escogido a la razón como instrumento y con ésta, el pensamiento lógico se hace presente. Lo cual no excluye que la racionalidad se reinvente, acreciente su horizonte de acción, amplíe sus dominios. Y a partir del ensayo y el error, del método experimental, yendo de lo simple a lo complejo, cimiente las bases que permita a los seres humanos colocarse en un sitial preponderante sobre la tierra. Ello implica un compromiso normativo que lleva consigo el respeto al medio ambiente, a la flora y fauna. En sí, a la vida en todas sus expresiones y a las relaciones sociales que se entretejen en el planeta.

El comprender y aceptar que existe una estructura común que subyace en la realidad para todos los humanos, abrirá las puertas al encuentro entre las culturas. De igual forma, entender que ésta constituye la esfera pública que posibilita el diálogo y el encuentro entre las personas y los pueblos. Sociedades e individuos que, siendo histórica y circunstancialmente diferentes, se hacen comunes por ser de la misma especie, constituirán un avance para la superación de nuestras diferencias que impiden el entendimiento y los consensos.

La educación que pretenda acercar en vez de distanciar tiene que proporcionar las herramientas que permitan el diálogo en vez del silencio, la criticidad en vez de la obediencia, la búsqueda en vez del conformismo, la apertura en vez de la intolerancia. Dentro de ese proceso de aprendizaje, que permita el surgimiento de actitudes reflexivas y críticas, tiene esencial importancia el contenido y la metodología a emplearse.


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