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Danilo Santos

Ambos entramos como haciendo una travesura, empujamos la puerta suavemente hasta que nos delató un “llamador de ángeles”, ya estábamos dentro y nos sobrecogió el silencio luego de vencer el sonido del volantín delator. Nos quedamos callados, casi inmóviles, nos miramos y encogimos los hombros. Cada uno a partir de ahí, voló por cuenta propia. Había tanto que ver, y unas ganas casi incontrolables de tocar. Estábamos dando vueltas en la entrada de aquella casa vuelta galería de arte, uno halaba de la camisa al otro para llamar la atención sobre cada carnaval de colores que hacia fiesta dentro de nosotros. Éramos dos niños en una dulcería. De pronto una voz nos habló desde lo alto; volteamos muy, pero muy despacio, como cuando te cachan en la movida.

Era Tomás, no alcanzamos a entender nada de lo que nos dijo, pero sonreía, así que se nos fue el susto. Bajó muy despacio mientras seguíamos avanzando, retrocediendo, subiendo, bajando: alucinando. Al fin llegó hasta donde estábamos y saludó a Alekos, le dijo tres o cuatro cosas, el pequeño volteó a verme y me preguntó sobre lo que le había dicho el anfitrión; no sé contesté, pero creo que te está regalando una postal de esas que están en el canasto. Mi hijo se abalanzó sobre las imágenes; eran seis grupos de litografías que Tomás amablemente nos había explicado sobre autores, las técnicas originales y demás. Alekos lo miraba e intentaba entender; al fin se decidió y señalo con su mano izquierda una, Tomás se la alcanzó y le dijo, es un regalo. Me derretí mientras aquel “curador”, sin saberlo, hacía su trabajo… curar.

Seguimos el viaje por aquella sinfonía de formas y colores, se notaba que una mano había dispuesto cosas simples con tal delicadeza que se habían tornado bellas, que había añejado, fusionado, y dejado al tiempo dar brillo a lo ordinario. Además, estaban los lienzos de varias artistas de varios pintores. El tiempo se fue muy rápido, no sabíamos qué hacer; si dar otra vuelta, simplemente sentarnos un rato. Jugar con lo que se pudiera, y claro, llevarnos algo.

Nos paramos frente a una pintura de “Francisco Guzmán” (creo), y fue lo mejor. Alekos se puso a explicar qué veía y simplemente se me anudó el cogote escuchando a aquel pequeño hablando del inframundo y cómo de la superficie debemos ir hasta la raíz del fuego para que los volcanes estén en paz y nuestro cielo se mantenga hermoso. Lo mejor, arranca y va a explicársela a Tomás mientras le pide le firme la postal que le había regalado, paró explicándosela a Sabine, su compañera. Sabine escuchó amablemente y abrió los ojos mientras la explicación del muchachito se ayudaba con las manos y hablaba de lo volcánica que es nuestra tierra pero que eso no significa que sea mala, sino que tiene mucha fuerza. Yo, me quedé parado afuera intentando contener lo pluvial de mi ñoñería. Regresó Tomás con la postal firmada, nos despedimos y ese día, nuevamente, fui feliz.

“Uno es lo que ama, no lo que le ama… Eso lo decidí hace mucho tiempo.” (El Ladrón de Orquídeas, Spike Jonze). Y yo, amo a ese muchacho y sus ojos limpios y su corazón abierto y su desfachatez que reparte felicidad por donde pasa.

Danilo Santos
dalekos.santos@gmail.com

Politólogo a contrapelo, aprendiz de las letras, la ternura y lo imposible. Chimalteco de nacimiento, barrioporteño de crianza. Desde hace veintiocho años se dedica a las causas indígenas, campesinas, populares y de defensa de los derechos humanos. Firme creyente de que otra Guatemala es posible.

Fuente La Hora


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