Bases teóricas para la interculturalidad

Autor: Jairo Alarcón Rodas.
Segunda parte

Los hombres y las mujeres con sus órganos perceptores y su intelecto pueden comprender su entorno e ir más allá de su horizonte inmediato. Pero, además, poseen sentimientos y voluntad, no son máquinas robotizadas, sino seres complejos con innumerables potencialidades dentro de una realidad compleja. Esas cualidades humanas son las que en la sociedad se magnifican, enaltecen, distorsionan, limitan, pudiendo hacer de las personas sujetos constructivos o destructivos.

Consecuentemente, la racionalidad, la emotividad y la convivencia en sociedad es lo que caracteriza, a grandes rasgos, a los seres humanos. Con el potencial racional, con la emotividad, estos homínidos procedieron a integrar grupos, sociedades, para su pervivencia. De ahí que no hay seres humanos que puedan sobrevivir solos, requieren del concurso de otros para acrecentar su horizonte cognitivo, sus sentimientos, inquietudes y aspiraciones. Aristóteles decía que los humanos son animales políticos, lo cual significa que no pueden vivir al margen de las interacciones sociales e, indudablemente, estaba en lo correcto ya que lo humano tiene un origen y se consolida en sociedad.

Ya dentro de la colectividad, estos grupos edifican la cultura que, en su criterio extenso, es la interpretación y transformación que se hace sobre el entorno real, que se comparte socialmente. La auto sobrevaloración de un grupo cultural, en detrimento de los demás, crea discordia y, consecuentemente, el desprecio a lo ajeno, a lo diferente. Mientras más se aprende la propia cultura, más difícil se vuelve tenerle simpatía a la cultura ajena. Y con ello, al surgimiento de odios, discordia y luchas fratricidas entre los pueblos que, en su manifestación extrema, conduce a la xenofobia.

Las condiciones del mundo actual, con los avances tecnológicos alcanzados, especialmente en las comunicaciones, conllevan a una mayor cercanía entre los países e inmediatez y disponibilidad de la información, lo que facilitaría el establecimiento de mejores relaciones entre las naciones del mundo. Integración que, desde la particular circunstancia de cada región, podría mantener diálogos permanentes para solucionar problemas comunes y hacer de este planeta, no obstante, la diversidad cultural, el establecimiento de mejores relaciones a partir de mutuos acuerdos.

Sin embargo, los intereses particulares, la cosificación humana, la concentración de la riqueza de un sistema deshumanizado han propiciado el surgimiento de aspectos contraproducentes al interior de cada sociedad, que originan el caos social e, indudablemente, entorpecen la posibilidad de la armonía entre los pueblos y su desarrollo.

La realidad es una en sí misma y, a la vez, fuente inagotable de conocimiento; es decir, objetiva, subyace a la conciencia. Además, es material, dialéctica y compleja. Siendo, en su origen y manifestación, una e igual para todos. No obstante, es a partir de los juicios que se emitan sobre ella, de las opiniones y criterios que se emiten, lo que la hace múltiple. Sin embargo, esas elucidaciones pueden ser certeras o inciertas, atendiendo a la interpretación que de ella hagan los agentes perceptores de conocimiento y de aprendizaje.

El conocimiento conduce a la certeza; la opinión, en cambio, muchas veces a la especulación incierta y al error. En ambos casos, se procede, en primera instancia, de juicios elaborados a través de experiencias sensibles, del contacto directo con las cosas, con base a la realidad. De ahí que, partiendo de un mismo objeto de conocimiento, se puedan formular infinidad de interpretaciones sobre éste, muchas de estas alejadas de lo que son las cosas, pero otras, fieles al origen que les dio vida.

Al momento de interpretar la realidad, cuando se procede a descifrar el cosmos, muchas de esas interpretaciones surgen de juicios de opinión, cimentados sobre criterios de valor. Es decir, se juzga a las cosas a partir de lo que se cree de éstas, creencia que está en función de lo que se quiere ver sobre las mismas, de tradiciones, de concepciones religiosas, de suposiciones. En su libro, Estudios sobre el amor, José Ortega y Gasset pone un claro ejemplo de lo que diferencia la suposición de la certeza. Al hablar del amor, señala que es diferente amar que estar enamorado.

Estar enamorado es caer en un estado de atontamiento, donde trasladamos cualidades que queremos ver en el ser que profesamos ese sentimiento, por el contrario, amar es identificar valores que la persona posee y que apetecemos y coincidimos con ellos. En el primer caso, se disfraza la realidad con lo que queremos ver, en el segundo, se juzga la realidad tal cual es.

En tales juicios, se involucran aspectos emotivos, propios de la personalidad de los sujetos que los emiten y que, al transmitirse en sociedad e imponerse ya sea persuasiva o impositivamente, se convierten en parte del imaginario colectivo y, del accionar común, que da por resultado la idiosincrasia de los pueblos, engrosando con ello, lo que constituye la cultura. De ahí surgen los hábitos, las costumbres y las tradiciones que se constituyen en mecanismos para resolver problemas en la sociedad

Los seres humanos, al ser una mezcla de aspectos emotivos y racionales, oscilan entre lo que Aristóteles denominó la doxa y la episteme, la opinión incierta y el conocimiento verdadero, aunque la mayor parte de personas siguen patrones preestablecidos, no prestan atención al conocimiento. Consecuentemente, se opina sobre las cosas, pero muchas veces esos juicios que efectúan las personas no corresponden a lo hechos, a la realidad, dando lugar a la distorsión de la realidad, a las mentiras y a lo que en lógica se ha dado en llamar las falacias de entendimiento.

En la opinión incierta no hay posibilidad de entablar un diálogo certero que permita el desciframiento de la realidad y los acuerdos. Pues, cuando la opinión atiende a las emociones, se juzga las cosas valorativamente, subjetivamente. Con ello se atiende a esferas particulares e inentendibles desde la esfera racional. Sin embargo, el aspecto emocional, la voluntad. tiene mucho que ver en el desentrañamiento del cosmos, pero no como un factor de auto engaño, sino como un elemento impulsor a través de la pasión e interés que se tenga en el conocimiento de las cosas.

Muchas de las discrepancias sobre las cosas, sobre los hechos, tiene que ver con las opiniones esencialmente diferentes que dan vida a criterios diferentes y a modos de comportamiento distintos. Parte de ello se debe a que. se ve y se juzga la realidad a partir de la emotividad, juicios de valor que corresponden y dan vida a los hábitos socialmente compartidos, a las costumbres, tradiciones y dogmas de orden particular que se instalan dentro de un accionar común.

La racionalidad, al margen de las críticas que, desde la perspectiva de la filosofía posmoderna y seguidores de la realidad compleja, hasta el momento, ha demostrado que es la vía más confiable para develar los secretos del cosmos. Es más, todo diálogo requiere de la implementación de estructuras lógicas que permitan el entendimiento. Sin duda, no existe entre la comunicación de los seres humanos un exclusivo lenguaje emotivamente neutro, como lo pretendía Leibniz, ya que lo humano no escapa a lo emotivo.

No obstante, es lo racional lo que le imprime al sentimiento su carácter único, ambos cobran sentido con la presencia del otro. Es lo emotivo en lo racional lo que hace al ser humano. Si embargo, es importante aclarar que no se hace referencia a la racionalidad subjetiva e instrumental, sino a la objetiva, aquella que está sujeta a la norma.

Es decir, a partir de una convención universal que tome por base el pensamiento científico y la razón como instrumento esencial de éste, el accionar humano se hará más seguro. Con ello no se pretende disminuir o eliminar el aspecto emotivo que pervive en la conducta de todo ser humano. Por el contrario, lo racional y emotivo, conjuntamente a una conducta socialmente adquirida, es lo que hace a los seres humanos.


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