Doctor Strangelove en Estonia

Andy Robinson
La mordaz sátira nuclear de Stanley Kubrick, Doctor Strangelove –traducida por algún motivo al español como ¿Teléfono rojo? Volamos hacia Moscú–, se queda corta en comparación con lo que vi hace unos días en la conferencia Lennart Meri sobre el futuro de la OTAN, celebrada en Tallin, la capital de Estonia.

Participaban en el evento cientos de hombres blancos que bien podrían haber sido candidatos para un papel en la comedia negra de Kubrick –y unas cuantas mujeres blancas no menos cualificadas para ese mismo casting. Por ejemplo, la primera ministra de Estonia y “dama de hierro” en tiempos de guerra (New Statesman dixit), Kalla Kajo.

Todos se mostraban eufóricos tras la conversión de Finlandia y Suecia a la causa atlantista y todos defendían plantar cara a Rusia mediante la militarización de la frontera del Este europeo, desde los Balcanes al Ártico, sin preocuparse demasiado por el peligro de desatar un conflicto nuclear y, de paso, el fin de la humanidad.

Fue un desfile de personajes especializados en aquellos acrónimos de destrucción masiva de la jerga geoestratégica militar. Generales estadounidenses de cuatro estrellas y alegres acentos de Texas, altos cargos de la Administración de Biden empeñados en ser más papistas que el papa del Pentágono, expertos en “disuasión y negación” de los think tank de Washington y sus filiales en Riga o Varsovia. Sin olvidar a los presidentes y primeros ministros de los Estados bálticos, Estonia, Letonia y Lituania, enanos territoriales pero ya considerados gigantes morales por su resistencia ante Putin. Al igual que los ucranianos, son los europeos predilectos de los halcones de Washington, necesitados de víctimas para justificar la nueva búsqueda de la hegemonía perdida.

Pero el que más asustaba era el representante del junior partner británico. Tobías Ellwood, diputado por el municipio playero de Bournemouth, presidente del comité parlamentario de Asuntos Exteriores de la Cámara de los Comunes, oficial y caballero de las chaquetas verdes del ejército británico; habría podido ganar el Oscar para Kubrick.

Más que al flemático oficial británico interpretado por Peter Sellers en Doctor Strangelove, Ellwood recordaba al piloto texano de la fortaleza voladora B52 que, montado sobre una bomba atómica, como si fuera un caballo de rodeo, va gritando “¡¡¡Yahoo!!!” mientras cae hace la tierra.

Claro, con Boris Johnson en el número diez de Downing Street, el Reino Unido ha dejado de ser una influencia moderadora sobre los generales de Virginia para convertirse en un catalizador de sus fantasías más apocalípticas.

Esto quedó claro en Tallin cuando el general Ben Hodges, de Jacksonville (Florida), irrumpió en el debate para pedir una OTAN con una fuerte “forward presence” (miles de soldados y misiles destinados a la frontera con Rusia) y nueva infraestructura para el desplazamiento de tanques de Polonia a los Estados bálticos. Ellwood elogió al militar norteamericano, que asistía al evento en Tallin en su calidad de representante de un think tank estadounidense financiado por, entre otras, General Dynamic y Lockheed, fabricantes multinacionales de armas con sede en EE.UU.

Con Boris Johnson, el Reino Unido ha dejado de ser una influencia moderadora sobre los generales de Virginia para convertirse en un catalizador de sus fantasías más apocalípticas

Luego, el británico dio un paso más allá: si la OTAN no hace lo que debe, “habrá que sustituirla por una coalición de voluntariosos” al estilo de la guerra en Iraq (la lectora recordará que EE.UU. y sus socios menores, como el Reino Unido y España, eran los “voluntariosos”).

Solo así –sostuvo– podremos estar seguros de contar con la fuerza necesaria para derrotar a Rusia. “Si no entramos con más fuerza, Putin sobrevivirá y el problema se repetirá en otras partes de Europa, como los Estados bálticos”, dijo el diputado británico. No es de extrañar que el evento en Tallin estuviera patrocinado por otros fabricantes multinacionales de armas como BAE Systems, con sede en Londres, y Saab, en Suecia.

Luego, Ellwood contó una anécdota ante un público encantado, repleto de estonios, letones, lituanos y diversos integrantes del “Blob” –la élite de la política exterior en Washington–, como Avril Haines, director de inteligencia nacional de Estados Unidos: “En diciembre yo ya planteé a dos generales estadounidenses en Washington mandar la brigada 16º de asalto aéreo británico y el 82º aéreo estadounidense hasta Kiev para alertar a Putin de las consecuencias que tendría una invasión”, dijo.

“Reconozco que habría sido nuestro momento ‘misiles cubanos’, pero habríamos visto quién parpadea primero…”, prosiguió en referencia a la crisis de 1962, en la que el mundo se acercó al borde de un cataclismo atómico. Nadie pareció asustarse en el Hotel Radisson de Tallin.

A juzgar por las ponencias en la conferencia Tempus fugit, el nuevo plan de la OTAN –cuya cumbre se celebra en Madrid este mes– puede ser resumido de la siguiente manera: mantener la guerra hasta la victoria de Ucrania mediante un flujo constante de armas a Zelensky. (Da lo mismo cuántos ucranianos (y rusos) se sacrifiquen). Militarizar toda la franja del este de Europa para igualar o superar la presencia militar rusa, sin preocuparse por una posible escalada en forma de espiral. Dominio total del Ártico y el Báltico. Siguiente paso: llevar la misma estrategia al mar del sur chino, donde pronto habrá que defender Taiwán.

Hubo en la conferencia momentos dignos de aquellos fluidos corporales del chalado general Jack Ripper (Sterling Hayden) y sus fantasías antisoviéticas en Doctor Strangelove. Por ejemplo, Anna Wieslander, la directora sueca para Europa del este del Atlantic Council, el think tank estadounidense con línea directa con el Departamento de Estado, calificó el nuevo plan A2/AD de militarizar la parte occidental el Ártico y el Báltico como el “sueño húmedo” de los planificadores militares occidentales.

Otro comentario digno de un chiste negro de Kubrick fue el de Damon Wilson, consejero delegado de la agencia estadounidense National Endowment for Democracy (la Fundación Nacional para la Democracia), otro patrocinador de la conferencia. Ya sabe, el NED, en su afán de facilitar el “apoyo a la libertad en todo el mundo” y defender las derechos humanos, ha sido cómplice de tortura en América Latina y bombardeos de alfombra en Asia.

Wilson, un auténtico “americano impasible” y creyente en la misión global de EE.UU., defendió la entrada de Ucrania en la OTAN y la prolongación de la guerra para desgastar a Putin. Lamentó que los países del sur global y, sobre todo, sus pueblos indígenas no hayan apoyado las sanciones occidentales. Deberían saber, dijo, que “en muchos sentidos sus luchas son parecidas a las de las etnias atrapadas en la URSS, como los tártaros que luchan contra el imperialismo ruso”.

Y para completar los créditos de Doctor Strangelove versión Tallin 2022, el ministro de Defensa de Letonia, Artis Pabriks, que me dijo en una entrevista durante la conferencia: “Por muy fuerte que suene, tenemos que decirle a Putin: ‘¡Tú tienes armas nucleares, nosotros también; si quieres guerra la puedes tener; no te tenemos miedo!’”. Su mirada recordaba un poco a la de George C. Scott.

Fuente CTXT.es


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