Triste situación de la universidad de San Carlos

Autor: Jairo Alarcón Rodas
El que pide con timidez se expone a que le nieguen lo que pide sin convicción.
Maximilien Robespierre

En dónde están los trabajadores de la universidad de San Carlos, en dónde se encuentran los claustros de docentes, las asociaciones de estudiantes, los sindicatos, en dónde están los sancarlistas, sus dirigentes, qué sucedió si este sábado, en la defensa de la universidad de San Carlos, apenas estuvimos presentes en la lucha unos pocos. Los tiempos han cambiado y los intereses también, quizás los ideales se han muerto y en su lugar han prevalecido, los intereses personales.

Ahora podrán decir algunos que los candidatos no los representan, que no participan pues no fueron tomados en cuenta, pero, tristemente, no han hecho nada por organizarse y buscar nuevas oportunidades para hacer efectivo algo distinto, no proponen nada y, en vez de ello, con su ausencia, resultan ser cómplices de tan difícil situación.

Al igual que en el país, lo ocurrido con el fraude perpetrado por el Pacto de Corruptos en la elección del rector es que las personas se acomodan, pues no ven que el participar en la defensa de la universidad de San Carlos les represente un beneficio directo y les resulta mejor inhibirse de participar, mantenerse al margen y buscar toda clase de excusas, de pretextos y no acudir en defensa de la universidad. Es triste que la Tricentenaria esté en tales condiciones, es triste que gloriosas páginas escritas por sus más dignos representantes, por sus mártires, queden sepultadas por el accionar de los que hoy la dirigen y de sus funestos cómplices, con la complacencia de muchos.

Sin embargo, desde la comodidad de sus casas, los guatemaltecos se convierten en activistas explosivos, se constituyen en paladines de la justicia y de la democracia para el país y algunos estudiantes, docentes, egresados, en defensores de la autonomía universitaria, de la academia. Pero, a la hora de hacer acto de presencia, al momento que se requiera de su participación, su ausencia es notoria. Para estos, las justificaciones sobran, sueñan con otra Guatemala, con una nueva universidad, pero con su silencio e inoperancia demuestran poseer escasas herramientas teóricas y pobres argumentos prácticos.

Los cambios, las revoluciones, las transformaciones de una era, de un país, de una universidad, no se realizan desde la distancia ni con los brazos cruzados y, ya sea por la vía violenta o como el resultado de cambiar al mundo sin tomar el poder, señalado por John Holloway, la presencia activa de las personas se hace necesaria, es fundamental.

Se trata, en este caso, de prestar atención al momento histórico en el que nos encontramos, de ser conscientes de lo que sucede, de saber sobre los riesgos, las amenazas y la vulnerabilidad en la que se encuentra el país, de la situación en la que se encuentra la única universidad púbica de Guatemala y de reflexionar sobre lo importante que es la participación de todo Sancarlista como verdaderos artífices del cambio. El dilema es o seguir el guion que escriben los siniestros personajes o hacer algo efectivo para el cambio.

La universidad de San Carlos ha sido tristemente abandonada, ha sido dejada a merced de las mafias que controlan el país y, con ello, la posibilidad de su rescate, de la reivindicación de la academia, de su proyección social y de que se constituya en un factor de cambio para el país y que salga de la situación en la que se encuentra se ve cada vez más lejano. Lo cual tiene una razón de ser, pues ha sido socavada, intervenida paulatinamente, resquebrajada desde su interior y todo eso lo han logrado sus detractores a través de la compra de voluntades, esa ha sido la fórmula para pervertir voluntades, para hacer efectiva su intervención, para neutralizar a la universidad.

Muchos se han vendido por dinero, por un puesto de mando, por mejorar su estatus, por ganar un examen, por obtener un título, por la cadena de favores que desde ahí se establece, que tiene incidencia en los distintos poderes del Estado. Con ello, la pérdida de valores es evidente, constituyéndose en el mecanismo que han empleado los que detentan el poder en la Universidad y la tienen en el lugar que actualmente se encuentra.

Para evitar eso, lo ideal sería, como lo planteó Rousseau, lograr que la igualdad de la riqueza a modo de que ningún ciudadano sea tan opulento que pueda comprar a otro, ni ninguno tan pobre que se vea necesitado de venderse. No obstante, entre lo uno y lo otro, entre la inmoralidad y la integridad se encuentra la dignidad y ese valor es el que muchos lo han perdido y que es preciso recuperar.

La indiferencia de muchos constituye la angustia, el sufrimiento y la miseria para la mayor parte de guatemaltecos. La consolidación del fraude perpetrado por la extensión del Pacto de Corruptos que opera en la universidad de San Carlos en favor de Walter Mazariegos, no se debió a los votos emitidos por sus indignos electores, si lo permitimos, se debe a la indiferencia de los que formamos parte de tan honrosa universidad, a nuestra indiferencia y ausente participación.
La universidad de San Carlos necesita en estos momentos de la presencia y participación de todos aquellos que están o han estado ligados a ella, requiere de sus hijas e hijos, de los estudiantes, de los docentes, de los trabajadores y egresados para la defensa de lo que históricamente ha representado y lo que nuevamente debe representar para los guatemaltecos, para el país en general. Urge nuestra participación en contra del Pacto de Corruptos, una nueva universidad de San Carlos es posible.


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