La despedida

Autor: Jairo Alarcón Rodas
De vez en cuando la vida afina con el pincel se nos eriza la piel, y faltan palabras para nombrar lo que ofrecen a los que saben usarla. Joan Manuel Serrat

Entre tantas tribulaciones existenciales, entre el caos de esta sociedad y las perversiones de sus autoridades, una pausa se hace necesaria. Estar en el mundo permite sentir, sufrir las consecuencias que conlleva la existencia, pero también las alegrías y el sosiego que se pueda obtener. Sin embargo, ser conscientes de la realidad no solo significa estar en ella, adaptarse miméticamente a la circunstancia, también representa seguirla, reflexionar y buscar comprenderla, lo que solo es permisible a partir de estar vivo, tener lucidez e interés.

El poema de Rubén Darío, Lo fatal encierra el sentimiento que propicia la vida con el angustioso acecho de la muerte al decir: Dichoso el árbol que es apenas sensitivo, y más la piedra dura, porque esa ya no siente, pues no hay dolor más grande que el dolor de ser vivo, ni mayor pesadumbre que la vida consciente. Tal fatalismo solo lo inspiran aquellos que, siendo conscientes de los vaivenes de la vida, intentan comprender por qué se es si en brevedad ya no será, con el desconocimiento total de lo que eso representa. A pesar de todo, eso permite el estar vivo, transitar de un estado de ánimo a otro, oscilar entre el miedo, la angustia, el sufrimiento, la alegría, el gozo, el bienestar, el amor.

Qué es la vida, por qué se nace si al final es la muerte la que prevalece, son interrogantes que surgen y que merecen tener alguna respuesta. El triunfo de la vida sobre la muerte es efímero, sin embargo, es necesario que persista lo viviente y, con ello, la posibilidad de la existencia de seres conscientes que expresen lo que ven, lo que escuchan, lo que tocan, lo que sienten. Que hablen de las tristezas y alegrías, de los triunfos y las derrotas, que se interroguen sobre las cosas, que se pregunten qué son.

Hablar sobre el mundo, expresar sobre lo que es el mundo y no solo estar en él, es tarea de lo humano. Planetas estériles, aquellos que no tienen vida o los que quizás con el tiempo la han perdido, no tienen la posibilidad de tener historia, no tienen registro de lo que son, dado que son los vivos y, dentro de estos, los que poseen conciencia, los que hablan, sobre todo. Eso, dentro de mucho, es de los aspectos más relevante de la vida de los seres humanos y es así como podría definírseles, como aquellos seres que guardan recuerdos.

Describir la realidad, orientarse en el mundo, familiarizarse con las cosas y manejarlas, como lo señalara Karel Kosik, deja muy pobre el potencial humano, pues obrar en el mundo significa, además de comprenderlo, poder transformarlo, luchar en contra de las adversidades. Y es por lo que, compartiendo la vida, se puede ser consciente de lo otro y de lo propio y no simplemente desde la perspectiva de la opinión pues, como lo señala Horkheimer, la razón subjetiva se acomoda a todo y el hacerlo representa perderse en el caos de las suposiciones.

Así, la no existencia niega toda posibilidad de ver, de sentir, de buscar, de soñar y cuestionar y qué es estar vivo sino sorprenderse con la llegada de cada día y asombrarse de lo que ocurre a cada instante pues con la muerte no hay oportunidades. Existir a partir de la vida significa vivirla, durar mientras ésta se posea, absorber todo lo posible y ascender, ya que después de la muerte hay nada. Pero, prepararse para la vida significa aquilatar cada momento, valorar cada instante y resistir cualquier adversidad en lo posible. Sin embargo, también esa preparación significa reconocer la certeza de la muerte y que ésta es la nada.

Revalorar la vida pues, al darnos cuenta de que cada momento de felicidad, de alegría, de gozo que expira y que puede ser recuperado, como bien lo señala Horkheimer, recoge también la experiencia en la espera del despertar y de la permanencia, que está permitida para el lapso de la vida a diferencia de la nada. En la no existencia esa confianza no sería.
Para los humanos tener vida consiste en la posibilidad de construir historias y contarlas. En estos, su trayecto por la vida se alimenta de experiencias en el azaroso escenario de la existencia, que se imprimen en la memoria. Los recuerdos vuelven y también las reflexiones, por lo que me digo que, sin pedir venir al mundo, estoy vivo y me siento agradecido de estar en él.

Los recuerdos revolotean en mí, se aglomeran incesantes, pertinaces y, entre todos, al amparo de tu perenne presencia, rescato, aquilato aquellos en donde la necesidad de ser protegido, por el temor que incuba la existencia, me hace ir de vuelta al seno materno a refugiarme en él de toda amenaza de mal o quizás al temor a lo desconocido, sin embargo, escucho tu voz que me dice: es tiempo de que camines solo, con cautela y paso firme; y te hago caso y no tengo miedo.

Temerosos, en un principio, dentro de la dialéctica de la vida, en el tomar y dar con sus contradicciones, en donde la madre está incuestionablemente presente, te recuerdo, estas en mí mientras viva, así se extiende la memoria en la duración del tiempo. Nacer para los seres humanos significa vivir y pensar en la vida, me hace volver de nuevo a mi madre.
Agradezco la vida y esa mágica y maravillosa despedida, tu sorprendente visita María Cristina.


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