En un mundo de irrealidades y de creencias

Autor: Jairo Alarcón Rodas
¡Yo os conjuro, hermanos míos, permaneced fieles a la tierra y no creáis a quienes os hablan de esperanzas sobreterrenales! Son envenenadores, lo sepan o no. Son despreciadores de la vida, son moribundos y están, ellos también, envenenados, la tierra está cansada de ellos: ¡ojalá desaparezcan! Friedrich Nietzsche

Cuando en un país hay más iglesias que escuelas, cuando las creencias sustituyen al conocimiento y se piensa en las alturas más que en transformar la sociedad para el bienestar de todos, es entendible la indiferencia y complicidad que tiene la población con el sistema perverso. Ajenos a la realidad social, a su funcionamiento, las personas se acomodan a su circunstancia, no alcanzan a comprender quién y por qué se lo han impuesto y se resignan pues a unos se les ha hecho considerar que al César lo que es del César y otros estiman que es riesgoso intentar cambiar el estado de cosas.

Así, sin adquirir un contacto real con las cosas, con lo que sucede en el país, no entienden lo importante que es saber sobre la política y el compromiso que eso representa. El dramaturgo Bertolt Brecht alerta sobre lo que implica para la sociedad el ignorante político, con su diletante desidia, convirtiéndose con ello en cómplices de las perversidades de políticos inescrupuloso al servicio del sistema. Pero el humano no debería ser aquel ser que sigue normas sino el que las comprende.

Si se nace, se adquiere una existencia y en los seres humanos significa tomar conciencia de sus vidas, de tal forma que haya una búsqueda constante por adquirir satisfactores, en función del bienestar. De tal modo que es incomprensible que la existencia de un ser racional se destine a la ilusión que representa una vida mejor después de esta, en un mundo hipotético de las alturas. Es más, que se piense que la existencia en este mundo sea un paso transitorio para un estado superior, lo cual no tiene sentido más que dentro de lo mitos y quimeras religiosas que se nutren de la ignorancia y del adormecimiento de los pueblos para su explotación.

Si se tiene la oportunidad de vivir, si se adquiere una existencia y se toma conciencia de la ineludible condición social, es necesario hacerlo en armonía, pues sería contraproducente hacerlo en discordia. Aceptar las injusticias, consentir la corrupción, ser indiferentes a las aflicciones de los demás, es constituirse en parte del problema y no de su solución. Pero ¿por qué tanta indiferencia? Las sociedades alienadas a partir de ideologías religiosas, preceptos individualistas, ideales egoístas se hacen indiferentes a lo que está más allá de sus intereses y dogmas de fe.

La religión hunde sus raíces en el miedo, en el temor, la inseguridad y en la desconfianza en lo humano y se fortalece porque al sistema le favorece la difusión del pensamiento mágico religioso, entre otros mecanismos de alienación y, asimismo, le es contraproducente el pensamiento crítico para lograr sus intereses pues, como indicó Ludwig Feuerbach, “es más cómodo sufrir que actuar; es más cómodo dejarse redimir y liberar por otro, que liberarse a sí mismo; es más cómodo hacer depender su salvación de otra persona, que de la propia fuerza” y es más, si se pierde o no se tiene la inquietud por cuestionar y, por el contrario, se deposita esa confianza en un ser todo poderoso de naturaleza incierta.

Aunque ese sentimiento de religiosidad y de creencia en Dios sea para muchos una forma de redimir sus agravios y culpas, a través de su presencia en las iglesias, templos, el cumplimiento de ritos y, sobre todo, por medio de las ofrendas, que se constituyen en una forma de pago para lograr un lugar en el “cielo”, como todo hipócrita, estas personas, se llenan la boca de frases alusivas a Dios y bendicen, pero en realidad oprimen, explotan y no les importa la presencia del otro.
Los seres humanos no son ángeles ni demonios, son seres vivos que pueden tomar conciencia de lo que son, de sus aptitudes y limitaciones y así convertirse en seres éticos que empeñan sus acciones para construir un mundo mejor; pero también pueden con su decidía, y en mayor proporción lo hacen, dejar el control de sus vidas en predicadores, clérigos, gurús y guías que les ofrecen el cielo o un estado de bienestar a cambio de la pérdida de su voluntad y de su dignidad dentro de un Estado corrompido, con autoridades igualmente corruptas, como es el caso de Guatemala, en donde cada persona se le asigna un precio.

En el capitalismo, el adormecimiento de conciencias es claro, como lo señalara Karl Marx y, en este país, se ha logrado por medio de muchos factores históricos, como es sabido. Parte de la dominación lograda en la Conquista, fue ideológica, por lo que imponer creencias, formas de pensar constituye el mecanismo de alienación para quebrantar la resistencia. Pues es más fácil obedecer que ser beligerantes, es más fácil transitar por un camino que construirlo, es más fácil seguir al tirano que derribarlo, es más cómodo participar en la corrupción que luchar en contra de ella.

En Guatemala, los estrategas del imperialismo lograron socavar cualquier intento de reflexión y de criterio por parte de la población oprimida, impulsando un proyecto religioso, de iglesias pentecostales en los años 80, durante el conflicto armado interno. Ya que la religión, postula Marx, “aporta satisfacciones imaginarias o fantásticas que desvían cualquier esfuerzo racional por encontrar satisfacciones reales”. De ahí que en donde exista pereza mental, ignorancia, cualquier solución de ese tipo se convertirá en fórmula de esperanza para solucionar problemas, se convertirá en credo.

Temían que la población tomara conciencia de su realidad material, de su condición de miseria y de explotación en manos de la oligarquía criolla, en un sistema que otorga privilegios a unos pocos y que, de esa forma, se unieran a los grupos subversivos de izquierda, dentro del marco de lo que se denominó La Guerra Fría. Es en sociedades donde existen carencias e ignorancia en las que la religión encuentra tierra fértil para expandirse y convertir en dóciles y obedientes a aquellos que potencialmente podrían convertirse en factores de cambio del sistema.

Las iglesias evangélicas llegaron para quedarse, imponiendo su fundamentalismo y, de esa forma, la moral divina se convirtió en la negación de la moral humana como lo refería Bakunin y, con ello, la desconfianza y el desinterés en lo humano. Es entendible entonces que las procesiones en Semana Santa estén repletas de gente y no así las luchas en contra de un sistema perverso dirigido por el Pacto de Corruptos en Guatemala. El despertar de un profundo letargo requiere de una buena sacudida.

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