Acostumbrados a la corrupción

Autor: Jairo Alarcón Rodas
El hombre no es tan completamente abyecto que no lleve en sí el germen de lo más alto. Y, sin embargo, lo es tanto que este germen sólo puede llegar a su desarrollo en un nuevo ser, que ya no sería el hombre en su sentido actual.
Michael Landman

Corromper es descomponer algo, alterar destructivamente aquello que debería funcionar bien, degradarlo. Consecuentemente la corrupción política constituye todas las acciones deshonestas que desvirtúan el ejercicio del poder con la finalidad de obtener ventajas personales, sectoriales o gremiales. De tal modo que la corrupción, desde la esfera del Estado, se patentiza a través del ejercicio de las formas “bastardas” de gobierno que, en vez de buscar el bienestar para todos, protege los intereses de unos pocos. Pero ¿cómo es que una sociedad se corrompe?

Lo humano es inseparable de lo social; el no bastarse uno mismo, decía Platón, lo obliga a asociarse con otros y, de esa forma, establecer lo que más tarde se denominaría la Ciudad Estado, lo que determina la suscripción de un tácito contrato dentro de sus miembros. En tal sentido, fue la imposibilidad de poder subsistir en soledad lo que determinó el establecimiento de las sociedades. el vivir en colectividad.

Fue así como la construcción de las sociedades impuso reglas de convivencia y de comportamiento, que regulen el accionar de sus habitantes. De tal modo que aquel que desee pertenecer, se incorpore o nazca dentro de una sociedad, está obligado a acatar las normas que ahí se establezcan y ser sancionado si incurre en su incumplimiento.

Sin embargo, que exista un marco jurídico que garantice los derechos y obligaciones de cada persona en una sociedad, no significa que el comportamiento de sus habitantes se ciña a tales preceptos. Pues, por una parte, puede ser que no se esté de acuerdo con el cumplimento de tales normas al no encontrarla genuinas y, por otra, que se incumplan para obtener un provecho personal incurriendo en corrupción.

La convivencia en sociedad, por lo tanto, otorga derechos y obligaciones, lo que hace que cada uno de sus miembros pueda exigir o deba cumplir lo que sirva y sea prudente para la cohesión y su buen desenvolvimiento, que se traduce en beneficios y oportunidades de desarrollo para cada persona. Tender a la justicia, a la equidad, al bienestar, constituye el ideal de toda sociedad, no obstante que, en la práctica, representa para muchas sociedades casi una utopía.

¿Qué es lo que hace que una sociedad desvíe su rumbo por el cual originalmente se constituyó? Todo tiene que ver con el comportamiento humano, sus excesos y, sin lugar a duda, con las instancias de poder. La búsqueda del bienestar para todos requiere la no presencia de privilegios para unos, así como la igualdad de todos ante la ley, requiere también de honestidad y justicia.

Pero, qué sucede cuando un sector se apropia de la riqueza y la acumula en forma exacerbada, consecuentemente controla las instancias de poder y establece las reglas del juego: la sociedad se pervierte y se instituye la explotación del hombre por el hombre, la ausencia de oportunidades para muchos, las diferencias sociales, propio del capitalismo salvaje.

Los excesos para los privilegiados se convierten en miseria para los marginados y la idea de una sociedad en donde impere el Estado de Derecho, se convierte en un simple formalismo legal que no representa los ideales que originalmente le dieron vida. Por el contrario, personifica a un Estado de perversión al servicio de unos pocos.

Una sociedad con esas características incuba problemas como la frustración, la desesperación, la violencia y la corrupción, factores que favorecen el desprecio a la vida. Acertadamente Erich Fromm dice que el amor a la vida se desarrollará más en una sociedad en que haya: seguridad en el sentido que no están amenazadas las condiciones materiales básicas para una vida digna, pero cuando eso no sucede, el amor a la vida se atrofia y se fomenta la necrofilia. Es claro que sociedades violentas como la de este país tienen atracción por la muerte.

Guatemala es uno de los países en donde la crisis impuesta por gobiernos corruptos, que responden a interés de una oligarquía que se beneficia de un sistema que privilegia el capital sobre el aspecto humano, ha convertido la deshonestidad en un actuar cotidiano y permisible. Sumado a que la cultura de corrupción se fomenta también desde la familia como algo natural y que una simple falta, mentira o engaño, se puede transformar dentro de una circunstancia funesta en algo de mayor cuantía, el cambio de valores se hace necesario.

Con faltas tan simples como el pasarse el semáforo en rojo, no poner pidevías cuando lo amerite, no guardar las colas, orinarse en la vía pública, tirar basura, se denota que no se ha adquirido el compromiso de vivir en sociedad, lo cual también es parte de la corrupción. Mentiras, engaños, privilegios son decadentes ejemplos de una sociedad en crisis. Así, cuando los magistrados de la Corte Suprema de Justicia y de salas de cortes de apelaciones, continúan en sus funciones después de dos años y cinco meses de tener que entregar sus cargos, constituye un acto de corrupción.

La naturaleza humana, dada que constantemente se construye, es decir que gran parte de lo que cada persona es se lo debe a lo que asimila dentro de su entorno, determina que el individuo pueda actuar íntegra o corruptamente de acuerdo con los valores que aprende y se consoliden en él. De ahí que las condiciones materiales influyan directamente en la forma de pensar de sus habitantes y también en su accionar. Un ambiente aciago, en donde las oportunidades para el desarrollo sean adversas, es caldo de cultivo para que aparezcan vicios en la sociedad como lo es el de la corrupción.

Los valores humanos, que deberían tender a la convivencia pacífica, a la armonía y a la justicia, en condiciones materiales desiguales se corrompen. La inseguridad, la incertidumbre, la frustración son factores que socaban la integridad de las personas y las hace vulnerables ante la corrupción. Lo cual no es justificable pues se debería luchar en contra de todo aquello que socave los cimientos de la sociedad, evitando que la circunstancia perversa, creada por gobiernos títeres, continúe con tal imposición. El error que cometes señala Orwell ¿acaso no lo ves?, es el pensar que uno puede vivir en una sociedad corrupta sin ser corrupto uno mismo. Darse cuenta de ello, otorga la posibilidad de reaccionar ya sea continuando con ser parte de la corrupción o luchar en contra de ella.

La indiferencia de la sociedad guatemalteca ante la corrupción galopante en el país se debe a que, en cierta forma, ya se es parte de ella y no es porque exista una naturaleza perversa en los guatemaltecos que los haga delinquir y, por consiguiente, el acceso a las esferas de poder los corrompa aún más, sino que, al estar acostumbrados, al ceder ante tal situación que resulta ser la forma más conveniente de subsistir en este tipo de sociedad, se convierte en algo cotidiano, en algo normal. Es claro que el poder solo viabiliza y potencializa esa tragedia social que, desde hace muchos años, se encarnada en la cultura de este país y que necesariamente deba ser desterrada.

Darse cuenta de que se vive en una sociedad en la que en vez de eliminar la corrupción se la fomenta, en la que la ineficiencia del Estado crea una enfermiza burocratización que converge con actos ilegales, en los que se soborna para agilizar algún trámite, en donde se incurre en cohecho pasivo y activo como fórmula de agilizar los trámites y cualquier problema, incluso de orden legal, se resuelve con dinero. Ahora el país se encuentra a merced del Pacto de Corruptos, los cuales han copado todas las instancias del Estado, creando una crisis institucional jamás vista.

Un país en donde su población no ha comprendido ni aceptado las reglas del juego, de lo que significa vivir en sociedad, de lo que trae consigo cualquier acto anómalo que ahí se patentice, está condenado a padecer actos de corrupción generalizados y a una cultura de ese tipo. Sin embargo, sus habitantes pueden a través de su intelecto, de la razón objetiva, traducida en práctica, cambiar el sistema imperante y dejar atrás la pasividad diletante que los agobia, dado que su naturaleza, como lo indicaba Ortega y Gasset es la de un ser histórico que descubre mejores formas de convivir. No todo está podrido en Guatemala.


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