Ucrania: sale y cambio

José Steinsleger
U

no. Si «todas-las-guerras-son-iguales» (aunque ninguna se parezca a la anterior), la de Ucrania es la primera en que el país que se dice agredido masacra a sus propios ciudadanos, endosando el crimen al enemigo. ¿Pruebas? En la era de la «no verdad», las pruebas pesan menos que un pepino.

Dos. Hasta la guerra de Yugoslavia (1991-2001) era posible recabar algo de información «objetiva». Pero en esta, cualquier dato que contradiga el «expansionismo» ruso, o señale a los nazis que defienden a la «Ucrania heroica», será negado tres veces (y no perdonado), por los medios que predican la «libertad-de-prensa».

Tres. Llevo revisado un centenar entre 784 mil artículos, informes, testimonios o estudios que, en menos de un mes, trataron de la guerra de Ucrania. Entonces, pedí a un colega que programe un algoritmo para contar el número de veces que en esos textos, Hitler y Orwell son citados. El resultado fue muy interesante: 712 mil veces…

Cuatro. Inquieto, pedí al colega que programe otro algoritmo, para contar el número de autores que evocan a los familiares ucranio-judeos del primo segundo del bisabuelo materno, masacrados por los bisabuelos de los nazis que hoy defienden a la «Ucrania heroica». Lacónico, respondió: «te lo debo, mano. Temo que Facebook me acuse de antisemita y prorruso».

Cinco. Si usted desea profundizar en las causas de esta guerra, sugiero que vea (sin adjetivos), al payaso siniestro que defiende a Ucrania de la «barbarie asiática» emprendida por Vladimir Putin, el satánico. Antiquísimo trauma del europeo de a pie, que empezó cuando Atila, rey de los hunos, se enamoró de Santa Úrsula. Y como no lo pelaba, el bárbaro ordenó a la tropa violar a las 11 mil vírgenes que la acompañaban.

Seis. Junto con la caída del llamado «socialismo real» (1989-91) cayó también el equilibrio síquico de devotos y conversos. Los devotos temían poner su fe en cuestión. Y los conversos, borgianamente, incursionaron en el jardín de los caminos que se bifurcan: cinismo, escepticismo, epicureísmo, moralismo, individualismo, eticismo, y otras yerbas que al capitalismo hacen lo que el viento a Juárez. ¿Y los ­renegados?

Siete. Alistados en las filas del «único camino viable», los renegados se intoxicaron con la liturgia pitagórico-monetarista de Wall Street: «todo es número». Que, en nombre de la «sociedad abierta» y la humanidad sui generis, castiga cualquier asomo de igualdad, justicia, solidaridad, independencia, soberanía. Y que ajustándose el casco de combate, transmiten mensajes de odio explícito, con un halo de superioridad moral.

Ocho. Fuera de Ucrania, 15 guerras en curso: Yemen, Sahara, Congo, Chad, Mozambique, Uganda, Somalia, Sudán del Sur, Darfur (Sudán del norte), Palestina, Afganistán, Chad, Myanmar, Irak, Siria. Un pie de foto en los medios. No obstante, la de Ucrania es la que más preocupa a los que dicen estar «contra-todas-las-guerras». ¿A causa de qué? No le demos la vuelta: sus víctimas son blancas.

Nueve. La paz nunca fue rentable en los bolsillos del capitalismo salvaje, que en estos momentos se frota las manos especulando con la reconstrucción de Ucrania. Todo lo demás es cháchara. Y como dijo el maestro, «ahí está el detalle».

Diez. La bronca de las potencias occidentales con Rusia, surgió de su política económica. Cosa que no es igual a la economía sin política. Una economía de intercambio y cooperación (¡la vacuna Sputnik!), con la mira puesta en la soberanía alimentaria, científica, energética, educativa, espacial, sanitaria, tecnológica. De lo contrario no habría guerra, y Rusia sería como Grecia, vasallo del capitalismo occidental.

Once. La guerra de Ucrania puso punto final a la globalización excluyente. Que a finales del decenio de 1980, sentenció el fin de la historia y las ideologías. O sea, de «su» historia y «sus» ideologías, con 2 mil 500 años de pensar el mundo a imagen y semejanza. Por ende, América Latina tendrá que decidir si continúa apostando al cementerio de ideas de la cultura occidental, o las que emanan de la propia, junto con las de Asia, África y Oriente Medio.

Doce. Después de la victoria rusa en la Gran Guerra Patria (Stalingrado, hoy Volgogrado, febrero de 1943), los aliados desembarcaron en Sicilia. Terminada la guerra, el general George Patton propuso enfilar los tanques hacia Moscú. El alto mando aliado opinó que estaba loco. Hoy, en la Academia Militar de West Point, una bonita estatua de bronce recuerda al héroe. «Fue un visionario», aseguran sus admiradores.

Trece. Enamorada de sí misma, la cultura belicista de Occidente, pensaba que su amor ofrecía la ventaja de no tener rivales. Creyeron, por ejemplo, que si durante 30 años pertrecharon a los países de Europa del Este con un descomunal armamento ofensivo, Rusia iba a cruzarse de brazos.

La Jornada


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