Con la guerra en Ucrania, quiere nacer un nuevo orden político mundial

Por Mario Rodríguez Acosta
Vladímir Putin, en un mensaje a sus ciudadanos anunció el lanzamiento de «una operación militar especial» en el territorio de Ucrania, según dijo, lo hace para «proteger a las personas que han sido objeto de abusos y genocidio por parte del régimen de Kiev durante ocho años».

Ese es el corolario de un conflicto de inició mucho tiempo atrás, atizado por Estados Unidos principalmente, y secundado por varios países europeos que forman parte de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), que de manera insistente han estado ampliando las estructuras militares frente a las fronteras rusas amenazando así su seguridad.

La declaración rusa no debe verse como una simple invasión a otro estado, ni mucho menos; es más bien, el rompimiento del viejo esquema unipolar que quedó de la guerra fría, en esencia es el nacimiento de un nuevo orden internacional en donde Estados Unidos ya no puede imponer su voluntad por medio de las amenazas y la violencia armada. Por tanto, la guerra es contra Estados Unidos y contra la OTAN, que han utilizado a Ucrania para cercar el poderío militar ruso.

Lo señaló claramente Putin cuando dijo que no puede permitirse que la OTAN «conquiste militarmente los territorios adyacentes a nuestro país, (eso es) una amenaza inadmisible para nosotros». Asimismo, agregó: «si lo permitimos, se van a quedar decenios, si no para siempre. Y eso representa para Rusia un creciente peligro absolutamente inadmisible».

Justificó la acción militar por la arrogante negativa de Estados Unidos a negociar acuerdos de seguridad para Rusia.
Es claro que los neonazis controlan Ucrania y que el gobierno de Zelenski es una fachada, manejado a distancia por Estados Unidos. También resulta claro que este acoso inició con el golpe de Estado que genero la revolución de colores impuesta por Estados Unidos. Y que, desde el poder, se han venido emitiendo leyes en contra de la mitad de la población ucraniana, prevaleciendo la visión neofascista de los grupos que controlan el aparato estatal. Es un conflicto que lleva muchos años sin resolverse y que ahora estalló con crudeza.
Por su parte, Joe Biden responde condenando el accionar bélico ruso y califica esa acción como un ataque injustificado. Pero deja claro que sus fuerzas armadas no intervendrán en dicho conflicto y apostó por más sanciones económicas para afectar el corazón de la economía rusa, en conjunto con sus aliados en la OTAN, lo cual resulta llamativo, viniendo de un país que invadió Irak aduciendo mentiras, que bombardeo y dividió Yugoslavia esgrimiendo los mismos motivos que ahora Putin utiliza para justificar lo que está sucediendo.

Estados Unidos no tiene otra opción más que conformarse con sancionar la economía rusa. No tiene la capacidad para enfrentarle militarmente, dado que eso sería un costo muy elevado para ambos países. Tampoco tiene la fuerza suficiente para enmendar el desarrollo de los acontecimientos, dado que fueron ellos los que tensaron la cuerda en ese conflicto y los que al final de día, tendrán réditos de la acción rusa.

Por su parte la Unión Europea es rehén de los intereses norteamericanos. La suspensión del gasoducto que conectaría a Alemania con el gas ruso fue siempre el objetivo de Estados Unidos, mientras, que, por este medio, también lograr reestablecer y justificar a la Alianza Atlántica que estaba en estado terminal. Francia intentó gestionar la crisis por medio de la diplomacia, pero Macron pensó más en las elecciones y no en obtener concesiones y acuerdos para una salida negociada. La ambivalencia de Alemania, el país que más pierde con el conflicto, es un indicador de la sumisión de sus gobernantes a los intereses de Estados Unidos.
En resumen, la Unión Europea espera y acuerpa lo que Estados Unidos decida, pues por largos años no ha logrado establecer una política de defensa común. Tampoco tiene la capacidad para ver más allá del discurso construido por los gringos en esta crisis. El jefe de la diplomacia europea, el español Joseth Borrell no es más que una caricatura que repite lo que Estados Unidos le dicta, lo que provoca desprecio, incluso de los propios europeos.

Los países de la OTAN no pueden más que ofrecer sanciones, por mucho que se esfuercen por resaltar que serán sanciones que dañaran lo más profundo de la economía rusa y que hará que Putin se arrepienta de su accionar, no pueden hacer otra cosa que proferir esas amenazas. Pero el efecto real está por verse. Quizás, solo sirven para esconder la incapacidad que tiene la Unión Europea frente al poder militar ruso.

El discurso de los analistas atlantistas hace énfasis en que Rusia fue un imperio que se aferra a sus glorias pasadas, pero que ahora mismo está en decadencia, sin reconocer que la expansión de la OTAN a las fronteras de Rusia y la política de cerco que Estados Unidos lleva a cabo contra Rusia y China es precisamente lo que ha permitido la modernización del ejército ruso. No solo para impedir que el mundo unipolar sea una realidad, más bien por su propia sobrevivencia. Es más bien el último de los recursos que le queda a Estados Unidos para mantener una hegemonía política y militar que ha comenzado a perder.

Actualmente a Estados Unidos solo le importa mantener en plena ocupación su complejo militar industrial, el único sostén de su economía. En la actualidad se negocia el presupuesto de defensa más grande de la historia de ese país, algo sin precedentes y que tiene el apoyo bipartidista para la modernización del arsenal nuclear y para alcanzar la paridad en las armas hipersónicas que ya tienen Rusia y China. Estos hechos solo unen las aspiraciones del aparato industrial militar que tendrá ganancias estratosféricas en el 2023. Por que al final, las guerras han sido un buen negocio para Estados Unidos, más si los costos se sostienen con dinero de otros países. Por eso Trump obligó a los países miembros de la OTAN a pagar por su propia seguridad, sin dejar de tener el control y comando del aparato militar. El nivel de deuda de la economía gringa comienza a ser un lastre para la operatividad de su ejército, pero sabe que solo eso le permite continuar siendo una potencia política y militar.

A pesar de eso, Putin lo dijo claramente, aquel país que intente intervenir en el conflicto en ayuda a Ucrania recibirá una respuesta contundente. Más claro, imposible. “Quien intente interferir con nosotros y, más aún, crear amenazas para nuestro país, para nuestro pueblo, debe saber que la respuesta de Rusia será inmediata y le llevará a consecuencias que nunca ha afrontado en su historia. Estamos preparados para cualquier desarrollo, se han tomado todas las decisiones necesarias al respecto. Espero que se me escuche”, advirtió.

Estados Unidos fracasó militarmente en Afganistán y Somalia. No obtuvo réditos económicos importante de su invasión a Irak y su fracaso en Siria fue precisamente por la intervención rusa en ese país. El caos que generó en Libia, tampoco le garantizó el acceso pleno a sus recursos. Así las cosas, es poco probable que Estados Unidos puede hacer más por Ucrania, y menos la Unión Europea.

En el plano militar Ucrania aún no pertenece a la OTAN. Tampoco existe consenso entre sus miembros para que forme parte y menos para intervenir en ese conflicto. El mensaje que Turquía envió al gobierno ucraniano, donde solicitó su mediación, fue claro: “somos amigos de ambos países, por lo que deseamos que pronto se llegue a una solución negociada del conflicto”.

La única arma que le queda a occidente y a Estados Unidos en particular es excluir a Rusia y a su economía del mecanismo de los Switf. Pero eso tendría repercusiones en la economía mundial, no solo para Rusia. El crecimiento económico mundial pende de un hilo, precisamente porque aún no se supera la pandemia del Covid-19.

Rusia y China trabajan desde hace años en un mecanismo alterno para sustituir esos procesos de pago, lo que implicaría que el dólar dejaría de ser dominante en las transacciones internacionales entre estos países. Por el momento, las sanciones solo abarcan transacciones en euros, libras, yenes y dólares. Los bancos rusos han estado preparándose para este escenario desde el 2014. Su economía dejó atrás las reservas expresadas en dólares y se diversificó, principalmente concentrando sus actividades económicas con China y acaparando oro como reserva de pago.

Una estructura financiera independiente de Estados Unidos, daría pie a que el imperio gringo se comience agrietar y sus sanciones y bloqueos económicos ya no tendrían tanta efectividad. Por otro lado, están los conflictos internos que lastran la administración de Biden y que tampoco contribuyen a mejorar la posición de fuerza de Estados Unidos en estos momentos. La elección de medio período con un declive pronunciado de la aprobación ciudadana a Biden hace muy probable el triunfo republicano. La economía de Estados Unidos registra una inflación sin precedentes en la historia reciente de ese país y una crisis migratoria que no ha podido solucionar, principalmente por el fracaso de Kamala Harris en sus gestiones frente a los gobiernos del triángulo norte.

Las sanciones contra las personas cercanas al círculo de poder de Putin, son una herramienta desgastada y sin efectos reales en la geopolítica, al estilo de la lista Engel y la designación de Consuelo Porras como agente corrupto en Guatemala hasta el grado que el propio jefe de Funda-Terror se ha burlado de la efectividad de dichas medidas.
China por su parte apuesta por una alianza estable y duradera con Rusia. Y eso implica una coalición militar dentro de la Organización de Cooperación de Sanghái.

Esta guerra no es contra Ucrania, más bien es contra el viejo régimen hegemónico que lideró Estados Unidos, pero que está llegando a su fin. Lo que pase en los próximos días y la solución que Rusia implemente en Ucrania, marcará el inicio de un nuevo orden geopolítico, independiente si logra o no sus objetivos bélicos en Ucrania. Estamos pues en las puertas de un cambio de época, pero con un lamentable costo humano. Este conflicto es el inicio de un proceso que inevitablemente llegará hasta el oriente, para tratar de evitar que China por fin, se convierta o no en súper potencia.

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