La moral inescrupulosa de los Estados Unidos y de la OTAN

Autor: Jairo Alarcón Rodas
¿Quién es la comunidad internacional? Es Washington y cualquiera que coincida con nuestro gobierno.
Noam Chomsky

Es el bien y el mal algo subjetivo, es decir, depende del criterio de cada persona o existen formas para establecer lo correcto de lo incorrecto, lo bueno de lo malo, lo honesto de lo deshonesto. Protágoras, sofista del siglo V antes de nuestra era, señalaba que el hombre es la medida de todas las cosas, de tal modo que cada persona le da el valor personal, de acuerdo con su criterio, originando con ello lo que es el subjetivismo.

Pero, de dónde surge tal criterio. Es indudable que se origina en la particular apreciación que tiene cada sujeto; no son los hechos ni las cosas las que dan la pauta para establecer los juicios que, a través del intelecto, le corresponden a la realidad. Siendo así, el carácter objetivo de las cosas pierde sentido, ya que cada sujeto es quien establece lo que son. De ahí que la realidad es subjetiva y, consecuentemente, lo bueno y lo malo dependen de cada individuo, en función de sus inquietudes, deseos, apetencias y aspiraciones.

Lo distinguible en los humanos es su grado de inteligencia y desarrollo racional, es por medio de sus sentidos e intelecto que toma contacto con la realidad, con su entorno y circunstancia. De modo que, si atendiera simplemente a sus inquietudes emotivas, a sus impulsos instintivos, no podría distinguir nada de su contexto y, consecuentemente, su accionar sería imposible y probablemente se extinguiría. Sin embargo, las personas desarrollaron su intelecto y, a partir de un contacto objetivo con la realidad, suplieron sus desventajas físicas por medio de su creatividad e inventiva.

No necesariamente lo que se desea es lo impropio, es más, Bertrand Russell en su formulación ética, al decir que llamamos a una cosa buena cuando la deseamos y mala cuando nos produce aversión, aclara que el bien es un concepto social, por lo que deben coincidir. Es decir, obra de modo que produzcas deseos armoniosos más bien que discordantes y qué mejor forma de lograrlo si no es por medio de la educación. Al final, Russell brinda su regla de oro cuando dice, la buena vida es la inspirada por el amor y guiada por el conocimiento.

El conocimiento posibilitó la transformación de los humanos y de un ser sometido a leyes biológicas se convirtió en otro cualitativamente diferente, que camina en la ruta de su desarrollo sociohistórico. El carácter objetivo del conocimiento, que se adquiere a partir de que la realidad es y existe, independientemente de que se le conozca o no, muestra con claridad la objetividad que debería existir en los juicios humanos.

Así, la moral objetiva se construye a partir de la realidad social de los seres humanos; los cuales ineludiblemente no pueden existir si no es a partir de la convivencia con otros miembros de su especie, lo cual constituye una realidad concreta que sirve de base para su accionar. En tal sentido, lo correcto es todo aquello que va en provecho de la consolidación de la sociedad y el desarrollo de cada individuo y es incorrecto lo que es perjudicial para dicho proyecto.
El bien, en este caso, sería todo aquello que contribuya al beneficio de la naturaleza humana y lo malo lo que esté en contra de ello. Pero ¿quién determina ese criterio? Podría ser una autoridad superior quien arbitrariamente lo prescriba, las costumbres y cultura o bien sea producto de la racionalidad humana quien establezca esos parámetros.

La razón y la experiencia son las que, a través del conocimiento, establecen la relación efectiva con la realidad, tanto física como social, en la cual se desenvuelve cada persona. Es por lo que existe una relación directa entre el conocimiento y el comportamiento humano. No hay ética sin epistemología ni epistemología sin ética.

Pero, no todas las personas conocen la realidad, pues para su concreción se requiere de un proceso que discurra de la ignorancia al saber y, por ende, tal criterio se ubica en el deber ser. De ahí que, en el plano del ser, en donde las actuaciones humanas son una mezclan de aspectos emotivos y racionales, las cosas suceden de distinta manera y, en ese caso, el planteamiento de Protágoras cobra sentido, pues cada individuo tasa la realidad y, dentro de esta, lo que considera bueno o malo, de acuerdo con su perspectiva. Como consecuencia, el subjetivismo corresponde a las apreciaciones individuales, en tanto que el relativismo a las circunstanciales y culturales que lo afectan.

El relativismo, al tomar como criterio la utilidad, se convierte en pragmatismo. Siendo así, es entendible más no aceptable que países poderosos quieran imponer sus intereses. Razón tenía Sócrates al decir que el criterio subjetivo de la realidad se debe a la ignorancia de las personas, que pudiendo ser transitoria se convierte en permanente.

La actualidad mundial requiere de una lectura objetiva de los hechos y acontecimientos, lo que depende del interés y habilidad cognitiva y reflexiva del que pretenda efectuarla. No obstante, los medios de comunicación, controlados por los grandes consorcios internacionales, se encargan de tergiversar la información convirtiendo muchas veces la mentira en verdad y viceversa.

En el teatro del bien y del mal, decía Eduardo Galeano, unos son buenos y otros malos según sea la conveniencia del poderoso. De ahí que, desde las perspectivas de los intereses de los Estados Unidos y sus aliados, todos los actos de intervención y destrucción que ocasionen a las distintas naciones invadidas durante la historia reciente están justificados y no es admisible que se les cuestione ni que haya reclamo alguno ante tales actos.

Ahora, nuevamente el mundo está a las puertas de una crisis provocada por la obcecada actitud de Estados Unidos y de sus aliados europeos, que continúan con la idea de mantener el control del planeta, de dirigir los destinos de las demás naciones, de imponer un sistema unipolar y erigirse como sus guardianes.

La posibilidad de que Ucrania pertenezca a la OTAN significaría para Rusia una amenaza real a su seguridad, con el claro expansionismo de la Alianza del Tratado del Atlántico Norte comandado por Estados Unidos. Originalmente fundada para detener, lo que estimaban, la amenaza soviética en Europa, después de la Segunda guerra Mundial, su vigencia y crecimiento actualmente no tiene razón de ser tras la disolución de la URSS, dada la presencia de la ONU. Sin embargo, cada vez más países europeos se están uniendo, incluso los que anteriormente eran miembros del Pacto de Varsovia, cercando literalmente a Rusia.

Es sabido públicamente, la serie de intervenciones que distintos gobiernos de Estados Unidos han efectuado en países del mundo. Cabe recordar las intervenciones en Vietnam, Corea, indonesia, Guatemala, Granada, Haití, Líbano, Libia, Bosnia y Herzegovina, Yugoeslavia, Irak, Afganistán, como algunos de esos ejemplos. Las invasiones, intervenciones militares y devastación en muchos casos de esos países, se han concretado con el beneplácito de la comunidad internacional, de países que presumen ser democráticos.

Dado que Estados Unidos no tiene amigos ni aliados sino intereses, como sentenciara John Foster Dulles, secretario de Estado del presidente Eisenhower, estos prevalecen sobre todo accionar normativo, ético y moral que debería imponerse en cualquier sociedad del mundo. Así, se arrogan el derecho de utilizar la fuerza militar unilateralmente, cuando sus intereses estén de por medio. No permitiendo, claro está, que otro país del mundo ose tener ese derecho.

Por ejemplo, La Doctrina Clinton que consiste en la facultad o derecho de Estados Unidos de intervenir militarmente en otros estados con el supuesto fin de acabar con la persecución o los asesinatos en masa de poblaciones civiles por razones étnicas, raciales o religiosas. No obstante, los hechos que marcan la historia dicen todo lo contrario y con mentiras, como las que fueron difundidas durante la administración de George W Bush, previo a la invasión a Irak, al afirmar que ese país contaba con armas de destrucción masiva, fue literalmente destruida la cuna del mundo. La cara humanitaria del autoproclamado gendarme del mundo solo le ha servido de pretexto para velar por sus intereses.

Pero, en el teatro del bien y el mal del que habla Galeano, en el mundo al revés se premia al revés: desprecia la honestidad, castiga el trabajo, recompensa la falta de escrúpulos y alimenta el canibalismo. Ahí, lo moralmente ético es lo que se ajusta a los intereses de los poderosos, en este caso, lo que promulgan Estados Unidos y países europeos que lo secundan. Ahí, lo bueno despide un fétido olor.


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