Libertad de decisión y responsabilidad social

Autor: Jairo Alarcón Rodas
El accionar individual se plasma a través de las decisiones que se tomen, pudiendo ser producto de una reflexión o simplemente de un impulso emotivo. En ambos casos, la decisión que motiva una acción es el resultado de un ejercicio de voluntad que deja entrever la libertad que puede tener una persona. De ahí que se es libre cuando se puede escoger cuál será el camino por seguir. Poder seguir depende del que ejecuta el acto y de la circunstancia en la que se desenvuelva.

Pero ¿cómo se puede definir lo que es la libertad? La libertad es la autodeterminación de los actos que cobran valor dentro de la sociedad, en consecuencia, no puede existir la libertad sin responsabilidad. La libertad como la capacidad de actuar independientemente debe circunscribirse a los cánones de la sociedad. De ahí que individualidad y sociedad deben converger para el crecimiento y disfrute de ambos.

Ante ello, es importante hacer notar la confusión que puede derivar el que no se juzgue que una cosa es la individualidad como depositaria de acciones concretas y otra la sociedad como el conglomerado de individualidades que ostenta un perfil determinado. Precisamente, los individuos accionan pues existe una sociedad que les provee de herramientas y sustratos teóricos para que lo hagan. La sociedad es el resultado de personas que interactúan y se asocian para perseguir un fin común. Con ello se reitera que el individuo que actúa con responsabilidad no socaba a la sociedad, así como ésta no aniquila o hace invisible la individualidad.

Siendo así, el individuo no es un ser aislado, motivado por intereses exclusivamente egocéntricos, sino un ser que requirió de la cooperación y la solidaridad para proyectar su vida y erigirse como tal. El individuo, por tanto, es un ser que no escapa a una existencia compartida. Lo cuestionable del argumento liberal es que oculta la función esencial de la sociedad en el accionar individual.

El filósofo Isaiah Berlin indica que normalmente se dice que yo soy libre en la medida en que ningún hombre, ni ningún grupo de hombres interfieren en mi actividad, a este criterio lo llama libertad negativa. Por aparte, existe el concepto de libertad positiva, la cual deriva del deseo por parte del individuo de ser su propio dueño. Quiero que mi vida y mis decisiones dependan de mí mismo, y no de fuerzas exteriores. La primera depende del contexto y la segunda de uno mismo. Sin embargo, dado que los seres humanos son eminentemente sociales, la libertad no debe entenderse como el poder que tiene toda persona de hacer lo que desee, sino hacer todo aquello que le provea felicidad y no entre en contradicción con las aspiraciones y deseo de otros.

Es decir, que todo acto que realice una persona, al tener incidencia social, debe contemplar el impacto que pueda ocasionar. Lo que trae por consecuencia la necesidad del conocimiento de lo que es socialmente permisible y lo que no lo es. Tal planteamiento no significa que la sociedad apruebe toda acción individual, sino que los actos personales estén circunscritos dentro de un marco de acción ético, como por ejemplo la norma kantiana que señala: obra sólo según aquella máxima por la cual puedas querer que al mismo tiempo se convierta en ley universal. Ninguno, en su sano juicio, pensaría que se estableciera como norma general que se tuviera el derecho de matar.

Señalaba John Stuart Mill que, para alcanzar la libertad, es indispensable el desarrollo de la autonomía, la cual es capaz de dotar al hombre de la habilidad de discernir y hacer sus propias elecciones. La autonomía y la independencia le permiten ejercer conciencia sobre sus acciones, motivadas para obtener bienestar, dándose cuenta de hasta dónde llegar para no afectar al otro. Por lo tanto, desarrollar el juicio crítico permitirá a los seres humanos tener más claridad en sus actos, de manera que sean responsables y éticos para un verdadero ejercicio de la libertad.

Recordemos que el pensamiento ingenuo, que en los hombres primitivos constituyó el sello característico de su accionar, paulatinamente fue sustituido por el avance gnoseológico que juntamente con la práctica dan la posibilidad del pensamiento crítico y, con éste, la técnica, la ciencia y la filosofía. Durante ese proceso, el ensayo y el error marcó la pauta y el buen sentido tendría que crear la norma.

Muchos priorizan la libertad de decisión sobre el compromiso que se debe adoptar con los demás miembros que conforman la sociedad. Por ejemplo, en la actual pandemia del Coronavirus que aqueja al mundo, un número significativo de personas han decidido no vacunarse, las razones pueden ser múltiples, desde las más abyectas hasta las más absurdas, pero tal hecho está poniendo en peligro la vida de muchas más personas y, con ello, la amenaza de la enfermedad está lejos de ser controlada, lo que va en perjuicio de los habitantes de los distintos países en el mundo.

Puede ser que ello se deba a una mala gestión en cuanto a la importancia de la vacunación para enfrentar la pandemia y, por otro, a la ignorancia de las personas que se traduce en escepticismo, con relación a la enfermedad y a la efectividad de las vacunas. Sin embargo, también es notoria la ausencia del compromiso social y la irresponsabilidad de estas personas en la toma de decisiones, al no contemplar el impacto que pueda ocasionar tal negativa dentro de la sociedad. Como este, hay muchos ejemplos, en donde prevalece el proceder egoísta de los individuos sobre la solidaridad.

Así, la libertad de elegir arbitrariamente no es más que el libertinaje que pone en riesgo la cohesión de la sociedad e indudablemente la convivencia en sociedad. No pudiendo haber libertad sin igualdad de derechos y obligaciones, ésta tiene sentido en sociedades donde impera la justicia.


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