Satisfacción humana y su reconocimiento

Autor: Jairo Alarcón Rodas
La forma de interpretar y de actuar en el mundo, dentro de la sociedad, determina que para unos, las motivaciones que los impulsan sean fundamentalmente las recompensas económicas, mientras que para otros, el tránsito de un estado de insatisfacción a otro de satisfacción es mucho más que eso. Desde tal perspectiva, pensar que las personas persiguen exclusivamente fines de lucro constituye una equivocación ya que la realización humana significa mucho más que eso.
Los seres humanos requieren algo más que comer, de un lugar en donde habitar y ropa que vestir, ya Platón en la República lo señalaba, en el origen de la ciudad, del Estado, al señalar que, si de eso dependiera el bienestar de los humanos, en nada se diferenciaría a la vida de los cerdos. No, los seres humanos tienen más altas expectativas y, para ello, requieren cultivar el espíritu; no de ese del que habla el libro sagrado de los cristianos, algo etéreo y abstracto, sino lo profundamente humano, lo que descansa en sus más altos valores y se plasma con hechos concretos.

La plasticidad de la especie humana los hace ser lo que aprenden en sociedad, de ahí que sus valores estarán determinados, hasta cierta forma, por lo que se les enseña, dentro de lo que se ha dado en llamar la cultura. Sin embargo, el enfrentarse a crisis, el vivir dentro de ambientes aciagos, violentos, así como la búsqueda de la armonía, requiere del establecimiento de cuáles deberán ser los valores por asumir y de compartir, he ahí, hasta cierto punto, su autonomía.
Perseguir un bien económico no debería ser un fin en sí mismo, sino un medio para lograr realizaciones mayores, esas, las que ennoblecen a las personas y son señal de que todavía hay una esperanza para la humanidad. El vivir en sociedad centra la atención en el comportamiento de cada persona, es por lo que el bienestar individual debe coincidir con el colectivo, aunque las realizaciones personales tengan diferentes caminos.

En síntesis, el deseo de bienestar económico es solamente uno de toda una serie de motivos que empujan a los seres humanos a realizar sus actividades cotidianas en la búsqueda de su bienestar y realización personal. Los deseos y aspiraciones pueden estar encarrilados a la satisfacción de placeres corporales o placeres sublimes, los primeros son de orden personal lo segundos deberán concordar con la naturaleza humana en busca del bienestar y desarrollo común.

De ahí que, si las motivaciones fueran exclusivamente económicas conducirían, como de hecho lo establece, en sociedades donde impera el capitalismo, a partir de la insaciable sed de riqueza y del apetito de lucro que, en tales condiciones no tiene límite y, por consecuencia, conducen a las asimetrías sociales, al enriquecimiento exacerbado de unos y al empobrecimiento de muchos. Con ello, se deshumanizan las relaciones sociales, al extremo de ver a los demás como objetos, medios para construir los emporios por medio de la explotación del hombre por el hombre. Los incentivos exclusivamente económicos son como el Pharmakon griego que alivia, pero también envenena.

Los deseos de acumulación de riqueza, que caracterizan al sistema capitalista, son aspiraciones que han sido creadas y fortalecidas a través de criterios egoístas, inducidos dentro de la sociedad para seguir teniendo vigencia. En este tipo de sociedades, el tener representa la única forma de valer y de adquirir prestigio, tener para consumir y derrochar en una vida de excesos. La diferencia entre ser y tener, como bien lo plantea Erich Fromm, lo establece una sociedad interesada principalmente en las personas y otra interesada en las cosas. Iniciar el ascenso a lo humano es lo que requiere una sociedad que aspira a realizaciones cualitativas

La no especialización de la especie humana determina que constantemente pueda perfeccionar su accionar. De ahí que, de un comportamiento errático se tenga la posibilidad de corregir ese accionar para beneficio propio y de la sociedad. Pues lo humano, en palabras de Michael Landmann, tiene consigo el germen de la perfección.

La brecha entre la maldad y la bondad dependerá de los alcances de la racionalidad que logre desarrollar cada individuo, pero no de la instrumental, sino de la objetiva, aquella que lo haga comprender la importancia de la sociedad para su bienestar y desarrollo y, con ello, la importancia del respeto a los otros como parte de su crecimiento. En igual forma, requiere contar con la voluntad para realizar esos cambios.

Ser reconocidos como humanos, sin distinción alguna, significa, por lo tanto, no simplemente obtener una recompensa económica sino también satisfacciones sublimes, en donde el ser, en la búsqueda de su más alta dimensión, se recrea a partir de la contribución del engrandecimiento de la especie a partir de la integridad y la honestidad.
Sociedades han evolucionado en cuanto a la solidaridad, a la honradez, a la justicia y, desde luego, se refleja en el comportamiento de sus integrantes, pasando de ser conflictivas a sociedades armoniosas. Así, de la barbarie han pasado a la civilización demostrando que un cambio de actitud es posible.


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