Estar solo

Autor: Jairo Alarcón Rodas
Valoro estar solo, salir del bullicio, de la cotidianidad, apartarme del mundo por unos instantes e iniciar un soliloquio, comenzar un diálogo interno. Por mucho tiempo me refugié en mí mismo, disfruté las lecturas que realicé, los viajes que hice a través de las páginas de fascinantes libros y la música, mi eterna acompañante. La literatura y la música posibilitan esos mágicos momentos que, a pesar de la complicidad individual, no nos apartan del mundo.

Estar solo es uno de los placeres humanos más valorados, aun cuando poseemos una naturaleza social. Las personas tienen la particularidad de decidir aislarse de la sociedad, apartarse de ella, ser por unos instantes una especie de anacoreta, no obstante, esa posibilidad no sería sin el origen social que nos caracteriza.

Ser consciente de que, sin la naturaleza social, las posibilidades humanas serían nulas, que es el intercambiar señales, ideas, pensamientos, sentimientos lo que posibilitó la consolidación de la especie, que son los otros los que marcan la pauta para el desarrollo individual de toda persona y, con ello, se logra la posibilidad de decisión, que constituye un acto de reflexión propio de lo humano. Decidimos estar solos porque estuvimos con otros.

Poder elegir qué hacer, constituye una facultad humana, a pesar de estar condicionada por el medio y la circunstancia. Elegir salir o entrar, encontrarse o apartarse, subir o bajar, aceptar o rechazar, seguir o parar, hablar con verdad o mentira, ser honestos o perversos, estar acompañados o solos, son algunas de las disyuntivas a las que se enfrentan las personas, que derivan una serie de posibilidades que pueden abrirse al infinito y, a su vez, causan alegría, sufrimiento o angustia.

Entre las cualidades que nos distinguen es que somos seres de expectativas, podemos adentrarnos al futuro con la imaginación. Nuestro horizonte se expande a partir de lo que podamos hacer y esperar en sociedad. Las posibilidades de las que hablaba Kierkegaard se traducen en simples esperas, satisfacciones o insatisfacciones. Sumergidos en la vida se nos opone el mundo y el doblegarlo o coincidir con él constituye el reto cotidiano.

De ahí que, cuando tomamos conciencia de que las posibilidades se acaban con nuestra muerte, o sin ser conscientes de ello, esperamos satisfacer, consumar todo aquello que nos produzca placer y deleite, aspectos que son inimaginables sin la presencia de los otros. Así surge el abandono de la templanza y el angustiante afán de búsqueda.

Es de considerar, por tanto, que estar solos no significa perder el contacto con el mundo, con los otros, es sencillamente aislarse voluntaria y circunstancialmente de los demás, es un estado físico, no mental, pues perder el vínculo con el mundo, con la realidad que está investida de lo social, es notoriamente estar muertos.

Estar solo, reflexionar desde la mismidad sobre lo que es la existencia humana con sus grandezas y miserias, no escuchar el sonido de voces y tal vez el bullicio de los otros, aunque estén presentes en la memoria, da la pauta para meditar. Recapacitar sobre lo que uno es y lo que representa en la vida, en el cosmos, quizás a la manera de Max Scheler, quien caracteriza al ser humano como aquel que se abre al mundo, esas reflexiones surgen en cada oportunidad de estar solos.

Por qué somos, por qué estamos, qué nos toca hacer en la vida, qué razón tiene la existencia humana si el final inclaudicable será la muerte. Es acaso el accionar humano un trayecto ético durante su recorrido por la vida o simplemente es un obrar espontáneo, en donde las inquietudes y apetencias hedonistas, no necesariamente epicúreas, son las que marcan el paso de ese trayecto. Determinismos, indeterminismos, causalidad o casualidad son inquietudes que turban desde la perspectiva y profundidad de cada persona, turbaciones que surgen con lenguaje profundo o simple, que aparecen al estar con uno mismo, alejados del todo.

A diferencia de la meditación absoluta, el estar solos, como decisión de aislamiento, no pierde el diálogo interno y puede constituir el momento personal para evaluar el trayecto por la vida, la responsabilidad y participación en esta. No es la epojé de los escépticos y fenomenólogos, en la que la mente reposa de razonamientos, suspendiendo juicio, es más bien la posibilidad de meditar sobre nuestras acciones y la importancia del contacto que se tiene con el mundo.

La asociación de ideas, cualidad que en los seres humanos alcanza un mayor grado de complejidad, permite bosquejar mundos en la imaginación, construir objetos reales, establecer procesos, ordenar la mente, pero también crea entes ficticios, tal vez como placebo para calmar ciertas inquietudes existenciales en momentos que la razón permanece ausente.

Verse a uno mismo, aislado del mundo, sin el contacto con los otros, sin poder intercambiar ideas, sentires, querencias y apetencias, con toda seguridad mueve al ser a la soledad, a ese estado de ánimo que aniquila, en donde el abandono hace presa de la persona y lo despoja de lo humano, vaciando el espíritu en la nada. Estando solos se puede valorar la importancia del otro, aquilatar la compañía, lo esencial que es la sociedad con sus contradicciones, pobrezas y belleza.

Meditando con uno mismo se puede reflexionar sobre la importancia que tienen los otros en la formación de cada persona, en la ineludible condición social de lo humano y por ello en la construcción de una sociedad justa, en donde prevalezca la armonía y no la discordia, en donde la solidaridad venza al egoísmo y el triunfo de lo humano se haga patente. Estar solo es un pretexto para valorar la compañía y volver con más ánimo al encuentro con los semejantes, con los seres vivos. Y como diría Bécquer, la soledad es muy hermosa… cuando se tiene alguien a quien decírselo.

Entre estar solo y tu compañía, sin lugar a duda, me quedo con los cálidos brazos de tu presencia y las palabras que me emocionan y alientan.


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