Otro terrible año que finaliza

Autor: Jairo Alarcón Rodas
Valorar un año a partir de una apreciación personal, de una lectura que quizás coincida con otros, pero tal vez no, es lo que constituye la opinión. Opinar es decir lo que se cree o lo que se siente sobre los hechos o las cosas, sin embargo, se puede opinar con fundamento racional, con criterio. Así, recordar los días pasados, los momentos que de alguna forma han dejado huella, es una de las habilidades humanas que le sirven para vivir.

En un mundo cada vez más hostil, automatizado, donde las rutinas son asfixiantes, vale la pena escribir sobre lo que sentimos, sobre lo que nos inquieta, sobre esas pequeñas cosas que nos dan vida y que probablemente la generen. Quizás sea simplemente un deshago, pero en ello también va una dosis de conciencia.

Sin ánimo de entrar en polémica, el interés de toda opinión constructiva debe ser la de generar diálogo que lleve a conjeturas y a refutaciones racionales, ya que la ignorancia y la necedad es el camino directo a la estupidez y para salir de ello debemos abrirnos al conocimiento, al diálogo, a la discusión, a la crítica. El conocimiento libera de la ignorancia. Pero podemos pensar que estamos conociendo o simplemente creer conocer, lo cual constituye un autoengaño.

El creer abre la posibilidad a la certeza, pero también al error y es de suma importancia ser conscientes de ello. Creer significa suponer a partir de juicios que pueden ser de valor y no de razón. Al creer y no verificar lo creído, supongo por cierto lo que deseo que sea, más no lo que es. Me aferro a ello y no permito el debate, la discusión, la crítica.
Dos años de pandemia han dejado ausencias, dolores, aflicciones que, sumado a la crisis en la que han sumido al país políticos deshonestos, oscurece aún más las vicisitudes del año que está por terminar. Los augurios para el nuevo año no son nada alentadores, la indolente actitud de muchos guatemaltecos, conformes con lo que sucede a nivel político y económico, continúan eligiendo al mismo tipo de nefastos gobernantes. El año que finaliza nos deja la consolidación del pacto de corruptos y la ineludible necesidad de luchar en contra de tan perverso hecho.

Quizás los intereses personales pesan más que una actitud íntegra y genuina, de ahí que solo se actúa cuando se tiene la seguridad de que se obtendrá una recompensa y no se correrá ningún riesgo. Valores como la solidaridad cada vez son más socavados y su lugar lo ocupa el egoísmo y la indiferencia a lo que le pueda suceder a los otros.

Las actitudes se aprenden y, en consecuencia, sin lugar a duda se ha fallado en la forma de educar dentro de la familia y, desde luego, en los centros educativos, incluso en la universidad. De nada ha servido la moral cristiana de la que presume este país. Recuerdo una frase de Bertrand Russell cuando dijo, cuanto más intensa ha sido la religiosidad de cualquier período, y más profunda la creencia dogmática, han sido mayor la crueldad y peores las circunstancias. Esa moral cristiana, a la que Nietzsche tanto aborrecía y es la responsable, en gran parte, de la ignorancia del mundo.

Los valores humanos no se pueden cimentar sobre la base del miedo y recompensas absurdas que el cristianismo promete, los valores tienen que basarse en la razón y en el entendimiento de que el accionar individual debe aceptar que la mejor forma de vivir en sociedad es hacerlo en armonía y no en discordia. Que vivir en sociedad requiere del involucramiento político lo cual significa, entre otras cosas, elegir con responsabilidad a sus autoridades y estar vigilantes de lo que hagan.

Vale aclarar entonces que una cosa es la política, que en este caso es el arte de gobernar, y otra muy distinta la politiquería, que constituye la perversión de esta. Saber distinguirlas y lo que representan para la sociedad actuando con honestidad es sin duda la labor de un verdadero estadista.

Un país en donde la corrupción resulta ser algo normal, en el que la pobreza golpea a un alto porcentaje de su población y la desnutrición infantil constituye una afrenta humana, se hace necesario un cambio urgente, por lo que no se justifica el silencio y pasividad de su gente. El avorazamiento, por parte de una oligarquía intransigente y deshumanizada, juntamente con políticos marrulleros al servicio de estos, tienen al país en una profunda crisis.

Es de esperar que un país bajo esas condiciones, las crisis existenciales estén presentes y la violencia no se hace esperar. Poniendo atención a los indicadores de desarrollo humano, en el que Guatemala se encuentra en el puesto 127 de 189 países, en tales condiciones sociales, no se le puede llamar con justeza que este sea un país democrático.

Países como este, en donde exigir mejores condiciones de vida constituye para un sector de la población una petición ideológica, con el epíteto peyorativo de comunista, pone en claro que todo aquello que reivindique derechos inalienables y justos no es parte de la agenda de los grupos de derecha.

La sociedad guatemalteca debe despertar, lo que significa mirar al otro y no permanecer ausente de los hechos políticos que afectan al país y mirar al otro. Despertar del marasmo y el acomodamiento en el que se encuentra a causa de la deformación de valores difundida e inculcada por el sistema y, con ello, pensar en soluciones a los problemas terrenales que afectan al país y no quedar aletargados con vanas y fantasiosas promesas celestiales.

El año está por terminar y ha dejado muchas ausencias de personas queridas que merecen ser honradas y qué mejor forma de hacerlo que con acciones de los vivos, de los que se han quedado para la construcción de un país digno y solidario.


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