La soberbia e ignorancia humana

Autor: Jairo Alarcón Rodas
Recientemente un león que escapó de su jaula, mató a un guardián del turicentro Santa Isabel, ubicado el municipio el Chal del departamento del Petén. El felino fue abatido por agentes de la policía nacional, dado el temor que causó al escapar del lugar en donde lo mantenían en exhibición y cautiverio. Al margen del lamentable hecho, que causó la muerte del señor Santos Esquivel Nájera, lo acontecido brinda la oportunidad de reflexionar sobre ciertas actitudes humanas, con respecto a la relación con la naturaleza y demás especies vivientes del planeta.

El poder racional que distingue al homo sapiens le otorgó cierto dominio sobre el resto de los animales que viven en la naturaleza. Así, entre los animales que basan su fortaleza en su equipo natural, biológicamente consolidado, en donde el instinto prevalece sobre el intelecto, los seres humanos desarrollaron su inteligencia, la cual les proveyó de herramientas, que hicieron la diferencia, otorgándoles el dominio sobre las demás especies. Las garras, mandíbulas, picos y dientes que, en los mamíferos, anfibios, reptiles y aves les posibilitó su subsistencia, en el hombre está basado en su intelecto.

No obstante que la razón puede sublimar a la especie humana, también la puede envilecer según sean sus intencionalidades y acciones. De ahí que, a partir de una lectura biológica, hay aspectos que caracterizan a los seres vivos que existen en este planeta. El responder a estímulos, adaptarse al medio ambiente y cumplir las funciones vitales como la nutrición y la reproducción le es propio a los seis reinos de seres vivos que existen: animalia, plantae, fungi, protista, bacteria y archaea.

Hay una necesidad de subsistir, de perpetuarse y es por lo que se defienden y atacan para lograr su cometido. El humano, dada su singularidad, decide, tiene el criterio de ir más allá del regimen biológico, aunque depende de este. Los humanos son seres éticos o antiéticos, es decir, deciden cuál será su comportamiento. Puede actuar de acuerdo con las normas establecidas o romperlas, el control que adquiere sobre los demás animales lo hace creer en un antropocentrismo, en donde todo gira alrededor de su especie.

Como corolario, los seres humanos se han convertido, en más de una ocasión, en personajes de excesos y perversiones, que no solo destruyen y pervierten a los miembros de su misma especie sino también dominan, aniquilan a los demás animales, los domestican, los encierran para su diversión y disfrute. Las inclinaciones humanas se hacen perversas y como bien lo dijo Marc Twain, el hombre es el único animal que come sin tener hambre, bebe sin tener sed y habla sin tener nada que decir. Hacer lo que le place, lo que su criterio considere conveniente y, desde luego, lo que esté acorde con sus valores, sean sublimes o perversos, es parte del accionar humano.

Tener animales en cautiverio para su diversión, constituye una aberración dadas las implicaciones que eso tiene dentro del contexto de la naturaleza y el respeto que se le debe otorgar al planeta del cual los seres humanos son una especie más. La naturaleza tiene sus reglas y, a pesar de que sobre ésta la humanidad ha construido otra artificial para su placer y comodidad, deben ser cumplidas. El filósofo Jesús Mosterín fue claro cuando dijo, no convirtamos en un infierno la vida de los animales bajo nuestra custodia.

Los datos son alarmantes en cuanto a la incidencia negativa de la especie humanas sobre la tierra, según información de Naciones Unidas, más de un tercio de todos los mamíferos marinos, el 40% de las especies anfibios y el 33% de los corales están amenazados por el impacto de los humanos sobre la naturaleza y nuestra inacabable demanda de comida y combustible a medida que se multiplica la población.

La tasa global de especies extintas ya es por lo menos de mil veces mayor que la tasa promedio en los últimos 10 millones de años y se está acelerando. Un 75% de los ecosistemas terrestres y un 66% de los marinos ya están “gravemente alterados”. Más de un 85% de los humedales que existían en 1700 se han perdido.

El ser humano es el mayor depredador que existe en el planeta y es el momento de cambiar el rumbo de esas acciones, tomando conciencia del papel que tiene en la naturaleza, pues en ello está en juego su propia existencia.


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