Opiniones sobre China

MICHAEL ROBERTS, ECONOMISTA BRITÁNICO

El comité central del Partido Comunista de China celebró recientemente su sexto pleno para discutir «los principales logros y la experiencia histórica» del partido en sus 100 años de historia, así como para considerar la política «para el futuro». Ante la importancia del evento el director ejecutivo de JPMorgan Chase, Jamie Dimon, no pudo guardar silencio y bromeó diciendo que Wall Street duraría más que el Partido Comunista Chino.

¿Cuáles son los principales logros y cual es el futuro de China y del Partido Comunista de China? Justo en estos días una serie de nuevos libros están intentando dar responder a esta pregunta.

Comencemos con “Cómo China escapó de la terapia de choque”) un libro de Isabelle Weber que ha tenido un impacto significativo en los círculos académicos de izquierda. Es interesante acotar que quien primero salió en defensa de Weber ha sido Branco Milanovic, (autor de “Capitalism Alone) un experto en desigualdad global que sostiene que el socialismo no es posible y que en un futuro previsible solo habrá un capitalismo «liberal democrático» (Estados Unidos y «Occidente») o un «capitalismo autocrático » (China, Rusia).

En libro es un relato de cómo y por qué China no tomó el camino de restaurar el capitalismo tal como lo hizo Rusia a principios de la década de 1990, con una ‘terapia de choque’ de privatizaciones y desmantelamiento del control estatal. En cambio, según Weber, los líderes de China, encabezados por Deng Xiaoping, (fines de 1970) habrían optado por una apertura gradual de la economía estatal al capitalismo, en parte a través de la privatización, pero principalmente a través de la inversión extranjera.

Weber sostiene que la «mercantilización gradual» de la economía china facilitó su ascenso económico, pero esta no llegó a constituir una «asimilación total al sistema capitalista”. La decisión de los líderes chinos de realizar un movimiento gradual hacia el capitalismo fue todo menos una elección «natural» predeterminada por el excepcionalismo chino, afirma Weber.

Según el libro en la primera década de «reforma y apertura» -con Deng Xiaoping (1978-1988)- el modo de mercantilización de China se instaló en medio de un feroz debate partidario. Algunos abogaron por la liberalización al estilo terapia de choque, mientras otros prefirieron un cambio gradual comenzando en los márgenes del sistema económico. De hecho, en al menos dos ocasiones, Deng optó por un «big bang» con una reforma de los precios, pero se alejó a tiempo y con prudencia del abismo.

De cualquier manera, a partir de la década de 1980, la influencia del dominio de la economía neoclásica occidental, tanto en las universidades como en el gobierno, «habrían ganado la batalla y se puso en marcha el proceso de mercantilización de China. Los economistas chinos que favorecían un desarrollo gradual de la economía dual fueron reemplazados por economistas que eran celosos partidarios del mercado».

Lo que ocurrió tuvo consecuencias; con la política neoclásica, que, por definición, permite al mercado establecer los precios, se produjo un importante aumento de la inflación y esto trajo finalmente las protestas de la Plaza de Tiananmen, con la consiguiente represión militar y el encarcelamiento de Zhao, entonces secretario general del PCCh.

Aun así, según Weber, a lo largo de la década de 1990, la mayoría de los economistas chinos siguieron alineándose con la corriente neoclásica. Los reformadores neoliberales hicieron incursiones en los campos de la propiedad (vendiendo o liquidando empresas estatales), desregulando el mercado laboral y el sistema de salud (parcialmente privatizado). Con la pandemia estas cuestiones centrales han vuelto a atormentar a los líderes chinos y ahora encabezados por Xi Jinping están dando un giro hacia la izquierda con la llamada «prosperidad común».

A pesar de la relativa mercantilización, Weber reconoce que el núcleo del sistema económico chino nunca fue destruido. En cambio : “fue fundamentalmente transformado (?) en medio de una dinámica de crecimiento y globalización bajo una activa guía del estado”.

En octubre de 1992, Deng Xiaoping tomó la decisión formal de establecer una “Economía de mercado socialista con características chinas”. Esta formulación fue una mezcla híbrida que Jiang Zemin, explicó de la siguiente manera: “planificación y regulación del mercado no implica una diferencia esencial entre socialismo y capitalismo. Esta tesis nos ha ayudado a liberarnos de la noción restrictiva de que la economía planificada y la economía de mercado pertenecen a sistemas sociales básicamente diferentes, lo que ha supuesto un gran avance en nuestra comprensión de la relación entre planificación y regulación del mercado”. Con esa idea nació el “socialismo de mercado”.

Con el gobierno de Zemin, China avanzó más hacia una economía de mercado capitalista. Weber dice que el liderazgo chino de la década de 1990 «estaba dispuesto a romper todos los límites restantes para el funcionamiento de las fuerzas del mercado, en nombre del progreso económico». Los controles sobre los bienes de consumo y productores esenciales se “desmantelaron ahora paso a paso”.

Sin embargo, el impacto de este «big bang» fue mucho menor de lo que hubiera sido unos años antes. Para 1992, “el esfuerzo de liberalización era similar a saltar desde una roca muy baja después de descender de una gran montaña”. Weber sostiene que el estado mantuvo el control sobre las “alturas dominantes de la economía al pasar de la planificación directa a la regulación indirecta a través de la participación del estado en el mercado, China se convirtió al capitalismo global sin perder el control de su economía nacional».

El libro de Weber es revelador al exponer los debates, entre los líderes del PC de China, sobre qué dirección tomar y que factores que dominaban sus preocupaciones. Isabelle Weber cree que China ya era capitalista (?) y que todas las disputas se centraron en qué cuán lejos ir: si optar por una “terapia de choque” o por movimientos moderados hacia el «capitalismo”.

En sus definiciones Weber es abiertamente ambigua respecto de la base económica de China. Para ella, China «se convirtió en un capitalismo global» pero aún así «mantuvo el control sobre las alturas dominantes de la economía». ¿Qué significa esto hoy y para el futuro?

En marcado contraste, no hay ambigüedad en el nuevo libro de John Ross: “China Great Road”. Ross es miembro del Instituto de Estudios Financieros de Chongyang, Universidad Renmin, y escribe profusamente en defensa de China y su modelo económico, tal como él lo ve.

John Ross proporciona al lector una gran cantidad de datos sobre el éxito económico de China: un país que ha sacado a más de 900 millones de la pobreza (según el Banco Mundial) y ha superado a todas las economías capitalistas – tanto en crecimiento de la producción y como en aumento de los salarios – en los últimos 30 años.

La visión de Ross del modelo chino de «socialismo con características chinas», es en realidad una «versión radical» del keynesianismo. Radical porque es diferente a las políticas keynesianas aplicadas, después de la crisis por EEUU y Europa. En las naciones occidentales se ha mantenido los déficits presupuestarios, se ampara bajas tasas de interés y se aplica la flexibilización cuantitativa.

“En China, por el contrario, nos dice Ross, los déficits presupuestarios son relativamente limitados, hay bajas tasas de interés pero con un sistema bancario estatal y un enorme programa de inversión estatal. El programa de recuperación económica de Occidente ha sido tímido, al contrario China ha seguido políticas reconocibles en la Teoría General de Keynes, así como de “su propio socialismo con características chinas».

John Ross sostiene que fue el pragmatismo de Deng la razón básica del éxito económico de China: él no se habría comprometido con un sistema donde imperara la planificación («No me importa si el gato es blanco o negro, siempre y cuando atrape ratones»).

Ross escribe: “Para Estados Unidos y Europa el color del gato es muy importante. Solo un gato del color del sector privado es bueno, el color del gato del sector estatal es malo. Por lo tanto, incluso si el gato del sector privado no está capturando suficientes ratones (es decir, la economía está en una recesión) el gato del sector estatal no debe usarse para atraparlos”.

En China, “se ha dejado actuar a ambos gatos y, por lo tanto, se han capturado muchos más ratones «. Así que Ross parece aceptar la opinión de Deng: “Una comparación sistemática de los conceptos de Marx con los de la Unión Soviética, posterior a 1929, deja completamente claro que las políticas de Deng en China de “reforma y apertura” estaban mucho más en línea con las de Marx que con las de la URSS”.

Pero, ¿es realmente cierto que la apertura de la economía a un sector capitalista y a la inversión extranjera – aunque era necesaria para el desarrollo económico de China – no tiene serias contradicciones y consecuencias para el socialismo chino?

No es así como lo vio Lenin cuando en 1921 optó a regañadientes por la Nueva Política Económica (NEP) con el objeto de restaurar la producción agrícola después de una guerra mundial y una guerra civil . Para Lenin, la NEP fue un paso atrás necesario en la transición al socialismo, un paso impuesto a la naciente Unión Soviética por las guerras y el fracaso de otras revoluciones en Europa. Rusia estaba sola.

Respecto de las políticas de la NEP, Lenin expresó: “Tendremos a los capitalistas al lado, incluidos a capitalistas extranjeros, concesionarios y arrendatarios. Sacarán beneficios al cien por ciento; se enriquecerán operando en Rusia. Pero, habrá que dejarlos. Mientras tanto, aprenderemos de ellos el negocio de administrar la economía, y solo cuando lo hagamos podremos construir una sociedad comunista «.

Lenin llamó a la NEP «capitalismo de estado», no «socialismo con características especiales». La «larga NEP» de China como la describe Weber no es consecuencia de las enseñanzas de Marx, como afirma Ross, y no lleva a China gradualmente hacia el socialismo. En realidad, ha sido un paso atrás forzado por el capitalismo mundial.

Esta contradicción que ignora Ross la señaló Lenin en 1921: “Debemos enfrentar este problema directamente: ¿quién saldrá victorioso? O, los capitalistas logran organizarse primero y expulsan a los comunistas. Y eso será el final de la revolución. O el poder estatal proletario, con el apoyo del campesinado, demuestra ser capaz de controlar debidamente a estos señores, los capitalistas, para dirigir el capitalismo por los cauces estatales y crear un capitalismo subordinado al Estado y que sirva al Estado proletario.»

Ross, está cerca de hacerse eco de las opiniones del economista antisocialista húngaro Janos Kornai, que ha sido generosamente aplaudido por los círculos dominantes. Kornai argumentó que el éxito económico de China sólo fue posible porque abandonó la planificación central y el dominio estatal e introdujo al capitalismo. Según Kornai, la democracia (no define qué tipo de democracia) sólo puede existir bajo el capitalismo, ya que el socialismo solo es posible bajo formas autocráticas: “el socialismo democrático es imposible”.

La combinación de la propiedad pública, la planificación indicativa y un sector capitalista con precios de mercado ha hecho avanzar a China, pero también ha aumentado la contradicción entre la ley del valor, el mercado y una planificación para satisfacer las necesidades sociales.

En mi opinión, esta es la contradicción clave en todas las economías «en transición» y también dentro de la economía china. Pero, John Ross parece argumentar que la combinación de mercados y planificación hacia una «China socialista» no tiene contradicciones. Cita a Xi: «tenemos que hacer un buen uso tanto de la mano invisible como de la mano visible. China utiliza, debido a su estructura económica, tanto la mano invisible del mercado como la mano visible del Estado «.

Pero, ¿pueden el gato del sector privado (de Deng) y el gato del sector estatal vivir juntos en armonía en el futuro o las contradicciones propias de esta combinación aumentarán y se intensificarán? La actual crisis de la economía china post-COVID sugiere lo último.

Ross reconoce que “la desigualdad en China, como se admite a nivel nacional, ha aumentado a niveles que son excesivos y necesitan ser corregidos”, pero no explica por qué existe tal desigualdad y cómo se pueden reducir. Sí, es cierto que se ha perseguido a funcionarios corruptos del partido y que se combate los excesos de capitalistas privados (Jack Ma, por ejemplo), pero los líderes chinos aún se oponen a las acciones independientes de los trabajadores; las huelgas siguen siendo ilegales, aunque en muchos casos, esta prohibición no se aplica estrictamente.

Ross sostiene que el éxito económico de China se basa en un “socialismo” de estilo keynesiano: «la reforma y la apertura y el socialismo con características chinas pueden entenderse fácilmente en el marco de Keynes (la socialización de la inversión). La economía de China no está siendo regulada por medios administrativos, sino por el control macroeconómico general de la inversión, como defendía Keynes».

Pero, esta idea es una distorsión del pensamiento de Keynes y también de la práctica china. La «socialización de la inversión» de Keynes nunca implicó la propiedad pública masiva en “las alturas dominantes de la economía”; él se opuso firmemente a eso. Y el éxito económico de China se basa principalmente en la inversión dirigida y en la propiedad estatal, no en una supuesta «macro-gestión» keynesiana del crédito y de medidas fiscales como lo practican las economías capitalistas. La explicación de Ross sobre el éxito económico de China implicaría que la «macro-gestión» capitalista puede llegar funcionar, cuando visiblemente ha fracasado, una y otra vez, en todas las economías capitalistas avanzadas.

La visión de Ross no responde a un análisis marxista de la economía China. Un análisis marxista no debería comenzar mirando sólo la tasa de ahorro o la inversión. La teoría marxista parte por explicar cómo funciona la ley del valor.

El éxito de China se debe a que la ley del valor – que opera en los mercados capitalistas, en el comercio exterior y en la inversión- fue totalmente bloqueada por la revolución y luego ha sido controlada por un gran sector de propiedad estatal, con planificación central y políticas macro. Además, como la propiedad extranjera ha sido restringida a industrias con nuevas tecnologías y a estrictos controles sobre el flujo de capitales dentro y fuera del país. Los análisis keynesianos pasan por alto un ingrediente clave y una contradicción en el desarrollo económico: la productividad del trabajo frente a la rentabilidad del capital.

El análisis marxista sustenta que el nivel de productividad decide el crecimiento económico porque reduce el costo de producción y permite que un país en desarrollo compita en los mercados mundiales. Para los marxistas, existe una relación inversa a largo plazo entre productividad y rentabilidad. Dicho de otra forma: en una economía capitalista la rentabilidad entra en conflicto con el crecimiento de la productividad y, por tanto, da lugar a la aparición regular de crisis en la producción. Una economía en desarrollo necesita limitar este conflicto al mínimo.

En la medida en que el sector capitalista privado de China aumente su contribución a la economía general y se reduzca el papel del sector público, la rentabilidad en la economía se volverá relativamente más importante y se intensificará la contradicción entre el crecimiento de la productividad y la rentabilidad. Tanto el modelo de desarrollo neoclásico como el keynesiano ignoran esta contradicción fundamental.

Por su parte, en un nuevo libro el profesor de la UCLA, Richard Smith, no pasa por alto las contradicciones de una economía en transición que debe compatibilizar planificación y mercado. Smith considera que China es un «híbrido burocrático», que no es capitalista ni es una economía «dirigida».

Para Smith los gobernantes de China presiden la economía más grande y dinámica del mundo, una economía que tiene un comercio internacional cuyos conglomerados estatales se cuentan entre las empresas más grandes del mundo:

“China se beneficia enormemente de los rendimientos del mercado con sus empresas de propiedad estatal (SOE). Pero no son empresas capitalistas. Los miembros del Partido Comunista no poseen empresas individuales ni acciones en empresas estatales. El Estado posee colectivamente la mayor parte de la economía. Son colectivistas burocráticos que dirigen una economía en gran parte planificada por un estado que produce ampliamente para el mercado. Pero producir para el mercado no es lo mismo que capitalismo”.

A continuación, Richard Smith concentra su fuego en el “fracaso” del gobierno chino para manejar el aumento de las emisiones de carbono y la degradación ambiental, que ha generado la expansión económica. Según su libro tanto las empresas capitalistas como las estatales ignoran o burlan las directivas climáticas y ecológicas de Xi Jinping: “Y el gobierno está obligado a aceptarlo porque de lo contrario el crecimiento económico se ralentizará y el desempleo socavará el impulso de la autosuficiencia industrial que Xi necesita para hacer frente a los intentos del imperialismo de aislar y estrangular a China”.

Smith argumenta que simplemente no hay forma que Xi Jinping pueda «alcanzar un pico de emisiones antes de 2030 y lograr la neutralidad de carbono antes de 2060 y, al mismo tiempo, maximizar el crecimiento”. Su dilema sería: «conseguir el desarrollo a expensas de la protección del medio ambiente o hacer una transición hacia un desarrollo verde y con bajas emisiones de carbono … [y] tomar medidas para proteger la Tierra. No puede hacer ambas cosas”.

En realidad, lo que Smith demuestra es que ningún país puede cumplir con el control de las emisiones y evitar el desastre climático; por definición, esta es una amenaza para la existencial global.

Lo que olvida Smith es que los países del sur global no son los contaminadores históricos del mundo. Ese “honor” recae en los países imperialistas que se industrializaron desde el siglo XIX y siguen generando emisiones en la periferia con el consumo de productos y materias primas de países como China, Asia del Este, India, América Latina y Rusia.

Estos países necesitan ayuda para reducir las emisiones y dejar de destruir la naturaleza mientras buscan “ponerse al día” con el Norte global. Esa ayuda no llegará mientras continúe el imperialismo. Pero, en lugar de coordinarse con China para hacer frente al cambio climático, la ‘comunidad internacional’ bajo la égida de Estados Unidos tiene como objetivo “contener” y aislar a China a nivel mundial.

Observatorio de la Crisis

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