El putrílago religioso, una vez más. “No subestimen a los políticos evangelistas en América Latina”

Por Julie Wark y Daniel Raventós –
Hemos tomado nuestro título de un artículo de Taylor C. Boas sobre los evangelistas y el poder político en América Latina. Nuestro título es otro modo de decir que, aunque el origen griego de la palabra euangelion sugiere buenas noticias, el crecimiento del evangelismo en América Latina son malas noticias para los derechos humanos, anatema para las obsesiones de los fundamentalistas. Mediante su libro Plano de Poder: Dios, Os Cristãos e A Política el “obispo” evangelistas brasileño y millonario Edir Macedo anuncia que el proyecto evangelista posmoderno es “revelar, concienciar y despertar a los cristianos para la causa bíblica”, a saber: el “gran proyecto de construcción nacional” de Dios, que se concreta en un “proyecto de poder político”. Esta vez los elegidos no son los israelitas sino los cristianos despiertos.

En las últimas dos décadas los evangelistas en Latinoamérica han pasado de ser misionarios extranjeros en minoría a poderosos portavoces políticos. No resulta muy iluminador explicar su auge como un fenómeno religioso en el que las activas “iglesias de garaje” de barrios urbanos empobrecidos han desplazado a la Iglesia Católica y su cerrazón teológica. En términos cuantitativos, parece bastante simple: han transformado su peso en creyentes en capital político. Pero la idea importante es que el terreno político en el que operan es el neoliberalismo y, en tanto que superestructura teológica o, como mínimo, justificación, los evangelistas se han convertido en una de las muchas cabezas de la hidra.

Brasil tiene entre un 40% y un 50% de evangelistas, Honduras un 41%, Colombia un 40%, Guatemala un 40% y Nicaragua un 37%; y estos porcentajes han tenido resultados prácticos. Entre los ejemplos de personajes políticos han sido evangelistas o apoyados por estos encontramos al presidente guatemalteco Jimmy Morales (2016-2020), acusado de corrupción y abuso sexual; el presidente conservador religioso de Honduras, Juan Orlando Hernández (reeligido en 2017 en una votación considerada fraudulenta por observadores internacionales e implicado en un gran caso de tráfico de drogas y lavado de dinero); y el billonario Sebastián Piñera, presidente de Chile. En Colombia, el referéndum de paz fue socavado por la oposición evangelista debido a preocupaciones por los “valores familiares”, específicamente porque una de las más importantes líderes del “Sí” era lesbiana. Y en el juicio político (“por Dios” y “por los Evangelistas”) contra la presidenta Dilma Rousseff en Brasil, el apoyo de quienes cabildeaban en favor de la biblia fue esencial, mientras que en la elección de Jair Bolsonaro en 2018 (“Brasil sobre todas las cosas y Dios sobre todos”) probó de lo que es capaz un evangelismo unificado cuando las iglesias rivales Asambleas de Dios e Iglesia Universal del Reino de Dios unieron sus fuerzas para apoyarle.

No hay una única iglesia evangélica en América Latina, lo que significa que el movimiento, que abarca, entre otros, a presbiterianos, bautistas, metodistas y, especialmente, a pentecostales y neopentecostales (pero no a los Testigos de Jehová, los Adventistas del Séptimo Día y los mormones), no puede compararse con la monolítica Iglesia Católica. Además, los evangelistas políticos se han alejado de sus antepasados europeos del Cisma Protestante del siglo XVI, después de que el monje agustino Martín Lutero recibiera revelaciones religiosas. Hoy en día, no hay un solo orador de la Verdadera Palabra. Se trata de alianzas pragmáticas que evitan una doctrina clara.

Puede que el evangelismo latinoamericano no sea un todo unificado, pero es coherente en sus diversas formas de acoplamiento con el neoliberalismo como proyecto de creación de Estado en el que la gobernabilidad significa moldear a las poblaciones con un conjunto de mecanismos siempre adaptables que imponen la noción de responsabilidad individual creada por, y al servicio de, la mercantilización. Esta maquinaria de control opera en toda la sociedad en lo que el antropólogo social Loïc Waquant llama “múltiples sitios de autoproducción, incluyendo el cuerpo, la familia, la sexualidad, el consumo, la educación, las profesiones, el espacio urbano”, etcétera. Así pues, “no hay un neoliberalismo de N mayúscula, sino un número indefinido de neoliberalismos N minúscula nacidos de la hibridación continua de las prácticas e ideas neoliberales con las condiciones y formas locales”. El evangelismo pragmático combate todo lo que pueda alterar plan de control social, incluidos los derechos LGBTQI+, el matrimonio entre personas del mismo sexo, la legalización del aborto, la “ideología de género” (como ellos dicen), la liberalización de las drogas y el control de las armas, puntos de vista que les hacen coincidir con la derecha cristiana, los neonacionalistas, la alt-right o los entusiastas de Trump y QAnon, por ejemplo. Como muestra Pérez Guadaloupe, la mayoría de los evangelistas que abrazan la teología de la prosperidad provienen de iglesias neopentecostales que no pertenecen a ninguna denominación evangélica establecida o tradición protestante. Por lo tanto, el evangelismo en América Latina puede adaptarse y abrazar aspectos importantes, pero a menudo ignorados, del neoliberalismo que tienden a ser eclipsados por todas sus locuras de “too big to fail”. Al guiar los medios y los fines del neoliberalismo, una lógica de amoralidad se une felizmente a la visión neopentecostal de que los autoproclamados portadores de la Buena Nueva de Dios decidirán, en un intercambio entre los poderes sobrenaturales y la economía humana, quién prosperará y quién no. Como los que no prosperarán son los engendros del diablo, el enemigo también está definido y es el objetivo. Es una versión actualizada y muy deformada de la idea de Weber sobre el importante papel que desempeñan las ideas religiosas en la creación del “espíritu” del capitalismo.

El neoliberalismo necesita su “economía moral” religiosa. Como afirma Roger Kurt Green: “En el lenguaje común, ‘neoliberalismo’ ha operado como una expresión tácita de una sociedad ‘secular’, pero la narrativa del liberalismo emergiendo de algo percibido como una “ruptura” con el cristianismo necesita ser repensada porque la cosmovisión eurocristiana apuntala el liberalismo tanto en sus versiones clásicas como ‘neo’”. La nueva “teología de la prosperidad” decreta que los hijos de Dios tienen el derecho a disfrutar los resultados de la creación como individuos o, como mucho, como familia, pero no en comunidad, ya que algunas personas no se someten a Dios y deben aguantar el precio de la pobreza. Los fundadores de la iglesia dirigen la vida económica y política de una empresa “familiar”, formando una dinastía religioso-política con sus parientes directos. Dirigida más desde los escenarios que desde los altares, la obra moral proclama la buena nueva de que la verdadera creencia puede comprarse en forma de bienes salvíficos de la iglesia. Así, el consumismo y el individualismo son virtudes neopentecostales del capitalismo tardío. La fe se pone a prueba mediante el diezmo y los resultados florecen en forma de enormes templos, canales de radio y televisión, y opulencia en general, pero como se trata de una cuestión de fe sólo los líderes de la iglesia conocen las “finanzas religiosas” que sufragan sus aventuras políticas porque los bienes de la “iglesia” están escondidos en corporaciones ficticias donde sólo los pastores y sus familias son accionistas.

Las ideas básicas se remontan a la teología de la prosperidad estadounidense de los años 40 y 50, cuando los evangelistas pentecostales predicaban que la riqueza, el capitalismo y la devoción al Dios cristiano eran inseparables. El mensaje neopentecostalista tiene matices actualizados para calmar cualquier reparo ético persistente. El éxito económico ya no es un problema moralmente espinoso por su necesidad de explotación, sino que es la prueba de que el rico confía en Dios. Si la “mano invisible” que guía los misteriosos caminos del mercado no es otra que la de Dios, hay que renunciar al intelecto cuestionador para permitir que la fe ciega tome el control. En otras palabras, el sobrenaturalismo neoliberal puede, con la conciencia tranquila, pisotear cualquier noción “intelectual” de redistribución justa y de derechos de los trabajadores.

La doctrina de la prosperidad identifica a los pobres y a otros forasteros como agentes del diablo. La abjuración de la razón engendra violencia hasta el punto de que en Río de Janeiro se han formado bandas evangélicas para hacer la guerra santa a las confesiones afrobrasileñas que, según Edir Macedo, “son enemigas de Dios y del género humano”. Solo hay un escalón de ahí al etnocidio en la Amazonia que abra paso al agronegocio, todo en nombre de la “limpieza“ del mundo en el camino de la salvación eterna. La relación entre el opio del pueblo y las drogas callejeras está institucionalizada. La mayoría de las cárceles públicas de Brasil están gestionadas por una de las dos organizaciones de narcotraficantes que compiten entre sí, y que también dirigen su negocio entre las rejas. Ochenta de las cien organizaciones subcontratadas para programas sociales en las cárceles son iglesias evangélicas que dispensan privilegios a los conversos, cuyas bandas consiguen luego un mejor control de los barrios tras su liberación. Un eco de esta impía alianza nos llega desde El Salvador cuando Wilfredo Gómez, antiguo miembro de la violentísima mara Barrio 18, convertido en la cárcel de Quezaltepeque para convertirse en pastor evangélico, comenta despreocupadamente que el castigo por desertar de tu pandilla es la muerte, pero se hace una excepción con los que deciden convertirse en ministros evangélicos.

Bethany Moreton, tomando Walmart como caso de estudio, explora cómo la estrecha relación entre la lógica del libre mercado y la religiosidad evangélica impulsó el capitalismo desde Bentonville, Arkansas, a través de Estados Unidos, hasta México, América Latina y otros lugares del mundo. El énfasis en la normatividad de género como aspecto del ascenso de Walmart es revelador. Las trabajadoras “maternales” debían transmitir el mensaje de sacrificio y cuidado, y los hombres la autoridad paternal viril. Esta relación entre el capitalismo y el orden de género correcto fue fácil de recoger y expandir por las iglesias evangélicas y, no sólo eso, de aglutinar, nacional y transnacionalmente, una escena religiosa de otro modo fragmentada en torno a estas cuestiones. En América Latina, la oposición a la “ideología de género” se ha convertido en una estrategia que empaqueta posturas homofóbicas y transfóbicas disfrazadas de agenda moral en defensa de los niños y los valores familiares. La batalla decisiva de la guerra cultural teñida de religión se libra en el terreno del género y la sexualidad.

Un primer ejemplo del funcionamiento y los efectos -especialmente para las mujeres- de esta reciente reorientación religiosa es Guatemala, donde un adepto de la Guerra Fría al “gran proyecto de construcción nacional de Dios”, Efraín Ríos Montt (el primer ex jefe de Estado juzgado por genocidio en su propio país), se había convertido al protestantismo evangélico en 1978, poco después de que el devastador terremoto de 1976 brindara a los evangelistas estadounidenses la oportunidad de introducirse en Guatemala y transformar su vida social, en particular intensificando el genocidio maya durante la guerra civil (1960-1996). Para Ríos Montt, el evangelismo era una ideología político-teológica que podía utilizar para emprender una política de tierra quemada contra la población maya.

Guatemala, uno de los países más violentos de América Latina, es también el más evangélico, con unas 40.000 iglesias, lo que supone unas noventa y seis por cada parroquia católica. Después de que Ríos Montt tomara el poder en un golpe de Estado respaldado por Estados Unidos y a medida que los militares se apoderaban de todas las instituciones sociopolíticas, las iglesias evangélicas se convirtieron en el pilar y la “cara amable” de la contrainsurgencia -es decir, de las masacres de indígenas, las desapariciones, las torturas y las ejecuciones sumarias de guerrilleros y civiles por parte de las fuerzas de seguridad- y en un instrumento esencial del ejército merodeador, que informaba y controlaba a la población. Cuando se firmó el acuerdo de paz en 1996, habían muerto unas 200.000 personas.

Como las estructuras estatales están ausentes, especialmente en las zonas rurales e indígenas, y la población no confía en ellas, las iglesias evangélicas llenaron el vacío. Aparte de la exacción del diezmo, el negocio se extiende al contrabando de personas. Los pastores, adornando su discurso con mensajes religiosos, ganan cientos de dólares por cada migrante que reclutan y a veces incluso reciben remesas de los que llegan a Estados Unidos. Los coyotes (contrabandistas) utilizan a los pastores porque la gente confía en su mensaje de que los migrantes llegarán a Estados Unidos si tienen fe en Dios.

La familia es un principio central de las preocupaciones evangélicas y, envalentonados por el apoyo nacional e internacional, estos grupos han redactado una Ley de Protección de la Vida y la Familia, la 5272, que pretende legalizar la homofobia, permitir la persecución penal de los defensores del aborto y amenazar con penas de cárcel a las mujeres que tengan abortos espontáneos si no pueden demostrar que no fue fruto de una negligencia (“aborto culposo”, lo llaman). En los primeros seis meses de 2018, 50.000 niñas de entre diez y diecinueve años, 6.000 de ellas menores de quince, se quedaron embarazadas, la mayoría como resultado de una violación. La propuesta de ley también prohíbe a las escuelas fomentar cualquier programa relacionado con la diversidad sexual y de género, define la familia como estrictamente heterosexual, formada por un “padre y una madre con hijos”, y afirma que la diversidad sexual entra en conflicto con la biología humana. Esta ley tan cristiana no sólo pone en peligro la vida de las mujeres, sino que sólo puede incitar a más violencia contra los miembros de la comunidad LGBTQI+, cuyas vidas ya están en peligro.

Guatemala fue sólo el comienzo de una cruzada evangélica-neoliberal contra toda una serie de derechos humanos en América Latina, que afectan especialmente a las mujeres, las niñas, los pobres y las poblaciones indígenas. “No subestimen a los políticos evangelistas en América Latina”, no es sólo un consejo sensato sobre un giro verdaderamente pervertido sobre las preocupaciones divinas tardocapitalistas, sino una alerta roja para todos los que se consideran no elegidos para ir al cielo.

Fuente: www.sinpermiso.info

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PublicoGT es una publicación del Consejo de Investigaciones en Desarrollo, una entidad de investigación que desarrolla proyectos de comunicación social y análisis sociopolítico.

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