Insensibilidad a la vida, cultura de muerte

Autor: Jairo Alarcón Rodas
“Sólo hay un ser que dispone de armas que no han crecido con su cuerpo y de las cuales, por tanto, nada saben sus formas innatas de comportamiento; de aquí que no existan las consabidas y eficaces inhibiciones. Este ser es el hombre. “
Konrad Lorenz

Siendo la vida mucho más que un hecho extraordinario, para los seres humanos constituye la posibilidad no solo de vivirla, sino también contar sobre ella. Saberse viviendo da la posibilidad de valorar la existencia que, sin la vida, no sería posible. No obstante, para ello se requiere tener conciencia de ser y eso, para muchos, les es ajeno.

De ahí que, para muchos inconscientes, la vida constituye un hecho irrelevante que no merece respeto, sobre todo la de los otros. Varios escenarios históricos son ejemplo del desprecio a la vida y la veneración a la muerte. Guerras, holocaustos, genocidios, asesinatos dan cuenta del valor de la vida en el precario recorrido histórico humano.

Tomar la vida de otro como una acción de poder, como un medio para obtener una ventaja económica, como una venganza personal o por simple placer, se ha convertido en parte del diario vivir en muchas sociedades en el mundo y Guatemala no es la excepción, aquí el desprecio a la vida es parte de la cotidianidad. Qué valor tiene la vida para un asesino, para un sicario si para estos el matar constituye una simple acción programada. Acabar con la vida de otros a cambio de dinero refleja la condición humana en la que se vive dentro de una sociedad en crisis y el valor que se le otorga a la vida.
Una serie de conexiones de células, organismos y tejidos constituyen la vida; una sola desconexión representa la muerte. Sin embargo, la vida es mucho más que la suma de esas conexiones, he ahí su grandeza, su belleza y su valor incalculable que muchos no han dimensionado y por ello no alcanzan a comprender ni a respetar su valor. ¿Qué sería del universo sin la vida?

Aquilatar el verdadero valor de la vida, saber lo que esta representa frente a la nada, detenerse por unos instantes a reflexionar sobre la dimensión que tiene en comparación con la muerte, sería el comienzo para valorarla y con ello, asumir el respeto que merece todo ser vivo en este planeta. La razón de la vida es mucho más importante que la fatal muerte.
Pero el amor a la vida se desarrollará, indica Erich Fromm, en una sociedad en que haya: seguridad en el sentido que no estén amenazadas las condiciones materiales básicas para una vida digna; justicia en el sentido de que nadie pueda ser un fin para los propósitos de otro; y libertad en el sentido que todo individuo tiene la posibilidad de ser un miembro activo y responsable de la sociedad. De ahí que, en una sociedad, en la que tales principios esenciales están alejados de la práctica cotidiana de muchas personas, el miedo, el terror y la violencia hacen su aparición y con ello, el desprecio a la vida y el culto a la muerte.

La vida está repleta de sorpresas, muchas de esas gratificantes, otras, por el contrario, dolorosas. Al pensar que lo que se logra es producto de lo que se merece y que el destino es el resultado de lo que se es, los hechos no lo demuestran así, siempre las condiciones han determinado que el más fuerte, el que acumula más riqueza y poder es el que prevalece y obtiene mayores gratificaciones.

Sin embargo, tener presente a tantos seres humanos que, marcados por el infortunio, han tenido una existencia miserable, es razón suficiente para pensar que algo está mal y se debe luchar para cambiarlo. Percibir la desdicha de millones de personas en el mundo, las cuales se convierten en fantasmas reiterativos de la historia, debería dar paso a reflexionar sobre la condición humana, sobre el significado de la vida y la muerte. Son tantos los pasajes oscuros en que la condición humana se ha envilecido y son muchos los horrores y desgracias, que es oportuna la pregunta si no será la especie humana dentro de poco, un intento fallido de la evolución de la vida.

La vida en Guatemala tiene muy poco valor, consecuentemente es común escuchar en los noticieros, asesinatos que se cometen a diario en el país, son muchos los crímenes de tal magnitud que quedan impunes, en donde los más vulnerables resultan ser los directamente perjudicados.

Recientemente fue del conocimiento público, a través de un vídeo que circuló en diversos medios de comunicación, que sicarios dieron muerte a dos hermanas en Villa Nueva. Las escenas que son dignas de un relato de terror muestran la insensibilidad y el desprecio a la vida por parte de los perpetradores. Por otra parte, está quedando en el olvido las muertes de las 41 niñas del Hogar seguro Virgen Poderosa, hechos que en una sociedad civilizada serían inaceptables, pero que en este país pareciera que son parte de su folclor, de su cotidianidad.

En sociedades en donde el respeto a la vida no se ha asumido como tal, en donde las posibilidades de desarrollo para las personas son inexistentes y, por lo tanto, la miseria estremece a la mayoría de sus miembros, el valor a la vida pierde importancia. Con ello, el uso de la fuerza, la violencia y la muerte aparecen como formas comunes de existencia.
El inicio de una sociedad civilizada comienza cuando el respeto a la vida se hace presente en sus habitantes y la muerte deja de ser considerada una forma habitual de resolver problemas o de hacer justicia. Pero para ello es necesario una transformación de valores que solo es posible en un país donde impere la justicia y las oportunidades de desarrollo para todos, un país con equidad social.


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PublicoGT es una publicación del Consejo de Investigaciones en Desarrollo, una entidad de investigación que desarrolla proyectos de comunicación social y análisis sociopolítico.

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