El legado claroscuro de Mario Roberto Morales

Por Marco Fonseca
Para un hombre que ya no tiene patria, escribir se convierte en un lugar para vivir.
Theodor Adorno

Se puede escribir mucho sobre el trabajo literario y novelístico de Mario Roberto Morales, pero en el presente comentario dejo esa tarea para comentaristas más competentes y mejor informados. Lo que me interesa destacar aquí, en ocasión de la innecesaria y lamentable muerte de éste polémico pensador guatemalteco ocurrida el 16 de septiembre de 2021 a consecuencia de la pandemia, son algunos aspectos de su trayectoria revolucionaria, el giro brillantemente articulador en su tesis doctoral de los años 90 y sus muy polémicos y problemáticos ensayos políticos sobre el debate interétnico durante la misma década, para luego pasar a su progresivo retorno al esencialismo de clase en los años 2010 que él mismo ya había repudiado con anterioridad, así como el giro muy oscuro y su eventual adopción de pensamiento conspirador y negacionista, con consecuencias fatales, en los años tardíos de su vida.

1.- La raíz de todos los males

Para entender la trayectoria política de Morales y las razones que lo llevaron a adoptar posiciones muy dogmáticas, sectarias y divisionistas, es preciso recordar, sobre todo para la gente joven que paró cayendo bajo el hechizo de la gran humildad que provocaba en él ya sea «cualquier mortal con un mínimo de genuina curiosidad» (como lo puso Andrés Zepeda en un hilo de Twitter), quienes fueran verdaderamente sencillos/as intelectualmente o quienes fueran desnudamente sicofantes, es preciso retornar a los tiempos del conflicto armado interno. Y para empezar esto no hay nada mejor que leer a Morales mismo cuando escribe sobre su aprendizaje y discipulado bajo la influencia de Edgar Palma Lau. Esto nos puede ayudar a explicar, de su propia boca, muchas de las posiciones que adoptó al correr de los años y en el invierno de su propia vida. Para esto parto de su ensayo sobre Palma Lau, escrito en 2009 como uno de los dos prólogos a la tesis de Palma Lau publicada por la DIGI.

Primero, Palma Lau fue uno de los líderes de la Organización del Pueblo en Armas (ORPA) y fue ampliamente conocido como «comandante Pascual». Palma Lau fue abatido a balazos durante un enfrentamiento armado en 1982 (Hemeroteca PL, 2016). Según algunos reportes, incluso antes de que ORPA surgiera a la luz pública ya se había producido una división a su interior por diferencias ideológicas entre Palma Lau y Rodrigo Asturias. Después de romper con Asturias (Gaspar Ilom), Palma Lau se convirtió en «comandante» solo que ahora de su propia organización. De acuerdo a Morales la nueva organización fue «una fuerza guerrillera que se caracterizó por un estilo de trabajo organizativo distinto al de las organizaciones de izquierda que, junto al ejército, lograron, a partir de 1984, su paulatina desintegración». Se trata de Nuestro Movimiento (NM), que «fue conocido cuando salió a luz pública en 1982 como Movimiento Revolucionario del Pueblo Ixim (MRP-Ixim)». En una entrevista sobre el MRP-Ixim, MRM sostuvo lo siguiente:

Yo mismo tuve a mi cargo la redacción de un documento que se llamó Línea de masas del MRP-Ixim, en el que la organización definía la incorporación de los indígenas a la guerra popular bajo criterios de clase social y no sólo de etnia. En esto diferimos de los documentos Racismo I y II, de la ORPA que, junto al MRP (aunque estos nombres aún no existían), había constituido la Regional de Occidente de las FAR, la cual se fragmentó en estas dos facciones en 1976, debido a diferencias que tuvieron que ver con esta concepción del indígena como sujeto revolucionario, con terminar la fase militar de acumulación de fuerzas y no esperar a que el EGP se desgastara (que era el criterio de la ORPA) y con una política de autonomía de los movimientos de masas respecto de la dirigencia guerrillera, con la que creíamos que debía haber coordinación y no subordinación (Morales, 2010).

Aunque sin duda que había ideales revolucionarios genuinos, aspiraciones de cambio muy profundas y deseos de dinamizar la lucha armada y superar sus estancamientos y tremendas equivocaciones, la narrativa heroica que nos ofrece Morales en su reconstrucción del MRP-Ixim y del NM adolece de algunos problemas. Porque también se trató de movimientos, como muchos otros, que surgieron y desaparecieron y luego surgieron de nuevo pero vestidos de otro modo como producto de una cultura política de dogmatismo entre los líderes revolucionarios como Morales mismo, patrones ideológicos de sectarismo muy enraizados que, en los años 70, sirvieron de suelo fértil del que brotan divisiones fatales dentro de los marxistas ortodoxos (quienes, como Morales, ya buscaban organizar a la gente indígena no como gente indígena sino «por medio de una conciencia de clase para sí») y sus críticos «culturalistas» que encontraron sustento en lo que Morales llama despectivamente las «nociones indianistas que se parecían demasiado a las de Sendero Luminoso, influidas por el libro de Carlos Guzmán Böckler y Jean-Loup Herbert», y el resultante divisionismo político que prevaleció entre los liderazgos y cuadros medios de las organizaciones político-militares de los años 70 y 80.

Una de las grandes fallas de las organizaciones político-militares como el EGP, según nos lo relató Morales, fue haber reclutado por medio de Acción Católica a «principales» indígenas y, con ellos, haber atraído a comunidades enteras «que la guerrilla no pudo armar ni entrenar ni movilizar […] y por eso la dejó desprotegida ante el ejército» (Morales, 2010). Hay que notar que esta interpretación problemática que ofrece Morales sobre el EGP y su estrategia de organización y lucha fue una repetición literal, pero de costumbre sin atribución adecuada, de las tesis problemáticas y sesgadas de David Stoll y Yvon Lebot. Aunque los procesos de organización, incorporación, lucha y resistencia fueron mucho más complejos, sin mencionar la abrumadora y totalizante respuesta contrainsurgente (el genocidio) del ejército, Morales simplificó enormemente y lo redujo a su nivel más unidimensional quedándose al final con los esquematismos de críticos conservadores de la lucha armada como Stoll.

Las características señaladas arriba definieron a las organizaciones revolucionarias, que ya por diseño y por circunstancias histórico-sociales eran además de carácter centralista, verticalista y clandestino, antes y después de la formación de la URNG en 1982. Y estas características también definieron todo el sistema de representaciones y organizaciones legítimas y exclusión de críticas o disidencias que la URNG impuso tanto dentro como fuera de Guatemala, tanto entre sus militantes como entre simpatizantes. Se trataba de una lógica totalizadora que, incluso, hasta los comités de solidaridad a nivel internacional, desde Nicaragua y Costa Rica hasta México y Canadá, no pudieron escapar a la vorágine de paranoia, sospechas, censura, inclusiones y exclusiones que fueron impuestas por la comandancia revolucionaria y ejecutadas con plus placer por sus representantes y verdugos ideológicos en el exterior. Esto lo puedo atestar personalmente pues la gente de la URNG en Canadá fue de la gente más sectaria, dogmática y excluyente que he conocido en mi vida. Las experiencias de Morales con militantes de la URNG en Cuba, México (donde no podemos decir que la policía federal le dio una buena bienvenida) y luego en Nicaragua (donde lo dejaron prácticamente aislado) habrían de provocar en él un desencanto y amargamiento progresivo que habría de culminar en negarles a todos/as estos/s revolucionarios de Guatemala el ser revolucionarios/as del todo y verlos como traicioneros/as y cooptados/as ya sea por las fuerzas del criollismo o del globalismo.

Segundo, nos dijo Morales:

Palma Lau adoptó también algunas de las ideas del sociólogo guatemalteco Carlos Guzmán Bökler, en lo referido a su interpretación del problema de Guatemala en términos de colonialismo interno, así como a su noción de racismo, aplicada a la conflictiva interculturalidad que protagonizan las diferentes formas de mestizaje de los guatemaltecos y que se suele encapsular insuficientemente en la bipolaridad mecánica indio-ladino, llamada posteriormente, con el arribo de la “corrección política” en los años noventa, la bipolaridad “maya”-“mestizo” (Morales, 2010).

Esto es interesante pues la posición que Morales le atribuyó a Palma Lau representa, precisamente, uno de los campos del famoso debate entre Guzmán Bökler y Martínez Peláez, es la posición de la intelectualidad indígena o ladina que, durante el llamado debate interétnico que se dio en Guatemala en los años 90, Morales se dio a la tarea de repudiar y que más recientemente él y sus discípulos/as intergeneracionales han identificado, de nuevo, con un «culturalismo» maya e incluso con la «corrección política» esencialista.

Tercero,

Habiendo protagonizado la partición de la Regional de Occidente de las Fuerzas Armadas Rebeldes (FAR) en 1976, Palma Lau quedó al mando de la facción llamada NM, mientras que Rodrigo Asturias se encargó de la facción que en 1979 salió a la luz pública con el nombre de Organización del Pueblo en Armas (ORPA). Las diferencias de concepción que animaron, junto a las luchas de poder, esta ruptura, tuvieron que ver con “La manera como se habría de incorporar a los indígenas a la guerra popular: si como etnias o como masas. Palma Lau, leal a sus concepciones marxistas, opinaba que una línea de masas basada en criterios de clase debía ser el instrumento de incorporación de todos los campesinos (indígenas o no) al proyecto de guerra popular prolongada que se proponían impulsar las fuerzas guerrilleras en la época (Morales, 2010).

Este último pasaje revela muchísimo sobre la ortodoxia de Morales que, declarándose «leal a sus concepciones marxistas», como si el marxismo fuera una manual o un catecismo de principios inmutables y eternos, habría de repetir hasta los últimos días de su vida y lo haría usando a Codeca y al MLP como si fueran el retorno del reprimido NM. Pues para Morales «la manera como se habría de incorporar a los indígenas a la guerra popular» era como masas y nunca como etnias. De ahí nació su idea de que Codeca era una organización netamente campesina y su estrategia era la de la lucha de clases que no admitía alianzas o articulación alguna con organizaciones como CPO, Waqib Kej o la ASP y, mucho menos, con los/as nuevos actores de La Plaza ya sea por sus contaminaciones étnicas o culturalistas. De ahí también habría de nacer su desprecio total contra La Plaza que, como lo habría de expresar en 2016, no representaba nada más que «la indignación placera sabatina».

Cuarto, escribió Morales:

Tanto “Chicho como “Efraín” [alias de Rodríguez Ágreda*] son dos héroes de la lucha revolucionaria guatemalteca que han sido negados por la izquierda oficial que firmó los acuerdos de paz, la cual fue responsable en parte de sus caídas en combate y de la desarticulación del MRP-Ixim, ya que privaron a sus cuadros de apoyo y colaboración y, por el contrario, los reprimieron y aislaron con la misma saña con la que lo hizo el ejército, el cual finalmente asesinó a “Efraín” en una casa de seguridad de la zona 2 capitalina en 1984, cuando yo estaba en Nicaragua ampliando un frente internacional que había iniciado por órdenes suyas, y en donde fui reprimido con violencia por la misma izquierda oficial guatemalteca en contubernio con algunos cuadros sandinistas. (Morales, 2010.)

Este pasaje explica el odio, rencor y amargura de Morales hacia la «maloliente izquierda tradicional» que surge de los movimientos guerrilleros después de la firma de la paz y con la cual Morales habría de estar en pie de guerra por lo menos en apariencia pública. El significado que le atribuye a los Acuerdos de Paz es central para entender esto. En sus propias palabras:

[L]os acuerdos de paz fueron obviamente una gran oportunidad de consolidación para la burguesía y para la oligarquía porque, en pocas palabras compraron a la dirigencia revolucionaria, y al comprarla la neutralizaron. No fueron unos acuerdos de paz por medio de los cuales la izquierda lucharía políticamente, porque la izquierda allí está, y no está luchando, no está haciendo nada; a diferencia de lo que pasa en El Salvador, por ejemplo. Los compraron, y para esto fue fundamental la cooperación internacional. Es más, la firma de la paz se aceleró porque la cooperación internacional prometió una millonada para poner en práctica los acuerdos. Y esta millonada se la iban a repartir entre moros y cristianos. Así se neutralizó este proyecto. Ahora, yo creo que lo triste no es tanto esto, cuanto que se ha evidenciado que aunque no hubiera sido así, la izquierda no tenía programa, la URNG no tenía programa, era una organización fantasma, unida artificialmente, sin pensamiento estratégico. Además, llego a la mesa de negociaciones derrotada, los acuerdos de paz, en gran parte fueron una puesta en escena para dar la fachada de que de veras se iniciaba una época de “democracia”. Pero era una guerrilla derrotada la que firmaba, eso es lo más triste, comprobar a estas alturas que de veras no había nada, o no había mucho que esperar de esa dirigencia, y que lo que paso fue una consecuencia lógica de quiénes son, de su incapacidad teórica, dirigencial, práctica (Morales, 2005b).

Finalmente, en su relato sobre su propia trayectoria revolucionaria Morales nos cuenta que «la documentación que me tocó redactar en Nicaragua (una historia de Guatemala desde el punto de vista de la acción de masas, una línea de incorporación y movilización de masas, y un manual de estilo de trabajo, entre otras piezas de propaganda y formación política) se han perdido…». Pero parece que después de tanto tiempo Morales encontró algo mejor que esa documentación perdida, algo misteriosamente transubstanciado en la propuesta refundacional de Codeca o, por lo menos, lo que él creyó que es la propuesta de «línea de incorporación y movilización de masas» de Codeca. En sus propias palabras:

Lo de “etnias o masas” tiene que ver con la postura de NM y el MRP sobre que a las etnias había que tratarlas como masas desde una perspectiva clasista, y que los militantes guerrilleros indígenas se incorporarían a la acción militar como cualquier otro combatiente. En cuanto a las comunidades y organizaciones indígenas de masas, el tratamiento sería también clasista y no étnico. Este era nuestro criterio. El criterio culturalista-etnicista era de la ORPA. Las FAR no se pronunciaban al respecto. Y el PGT seguía hablando de una vanguardista “clase obrera”, como si Guatemala fuera un país industrializado, y del indio como un lastre para la revolución socialista (Morales, 2010)

Reflexionando en 2007 sobre su desesperación y cómo llegó al borde de la locura por ver el colapso del mundo socialista, el «fin del proyecto socialista» y el nacimiento de un «proyecto político» nuevamente liberal que reivindicara la posibilidad del bienestar de las mayorías, Morales concluyó lo siguiente:

Los años noventa me encontraron en Costa Rica, terminando de escribir un libro que me salvó de sucumbir a la desesperación que me causaba observar el derrumbe rápido y estrepitoso del mundo socialista y, luego, la derrota de los sandinistas. El libro se llama La ideología y la lírica de la lucha armada. Lo escribí en el cantón de San Pedro a lo largo del segundo semestre de 1989, y lo leí de un tirón los primeros días de 1990. La autocensura de izquierda que tenía interiorizada en lo consciente y en lo inconsciente hacían que me resistiera a admitir que el proyecto socialista había llegado a su fin y que era necesario plantear salidas diferentes para la sobrevivencia de un proyecto político que reivindicara la posibilidad del bienestar de las mayorías. Esta era la utopía que la nueva derecha declaraba anulada, mientras la izquierda tradicional seguía aferrándose al pasado: un pasado que tenía sólo seis meses de edad, pero seis meses que eran iguales a seis lustros. La gente de izquierda envejeció en seis meses: habían sido jóvenes revolucionarios hasta junio de 1989, y ya eran ancianos reaccionarios en enero de 1990.Con ese acto concluyeron para mí 25 años de militancia en la izquierda, durante los cuales jamás fui miembro de la URNG, porque a ella mis compañeros y yo nos opusimos desde que nació en 1982, debido a que había surgido como una instancia excluyente de otros grupos revolucionarios y, por ello, antiunitaria (Morales, 2007b).

2.- La crítica demoledora de Kay B. Warren

La crítica demoledora que le hizo Kay B. Warren a Morales a fines de los años 90, algo que tuvo poca resonancia en Guatemala, es algo que me permito transcribir y repetir aquí porque, en muchos sentidos continúa siendo vigente. Aquí el texto que más concierne a este asunto:

En la década de 1990, las críticas al pan-mayanismo recibieron una cobertura intensiva en los periódicos guatemaltecos. La presión fue implacable, especialmente en 1994, 1995 y 1996, con comentarios semanales de destacados comentaristas de todo el espectro político. Los debates políticos que solían combatirse en la universidad ahora se transmiten a audiencias más amplias en la prensa. Entre los periodistas más prolíficos y controvertidos está Mario Roberto Morales, quien ha escrito para Siglo Veintiuno, Prensa Libre y Cronica. Un intelectual literario de larga data en Guatemala que se ve a sí mismo como un izquierdista, Morales está actualmente terminando su Ph.D. En literatura en la Universidad de Pittsburgh. Su táctica, imitada con diversos grados de sofisticación por parte de otros periodistas, incluidos muchos de la derecha, utiliza estrategias de estudios culturales para deconstruir y deslegitimar al pan-mayanismo.

Morales se ha comprometido a atacar el “fundamentalismo maya” como una construcción de la élites promulgada por intelectuales que no representan a las masas de “indios” empobrecidos porque están muy alejados de los líderes de la comunidad. En sus palabras: “Esto no significa que las reivindicaciones indígenas sean inválidas. Estoy en contra del pan-mayanismo como una construcción, no contra los derechos indígenas. Son dos temas distintos”. Aunque sus asesores de posgrado pueden no saber esto, Morales se ha apropiado inteligentemente de un método que muchos asocian con la izquierda cultural en los Estados Unidos para proporcionar municiones políticas a la derecha ya otros lectores en Guatemala. Los líderes pan-mayanistas ven sus columnas, junto con el trabajo de Miguel Ángel Asturias (1977), Severo Martínez Peléez (1985) y otros comentaristas de los periódicos, como fuentes clave de “racismo intelectual” en el país.

Con un animado tono cínico posmoderno, Morales emplea imágenes de cultura popular globalizada, hibridez, mimesis, otredad culturalmente inventada y mestizaje para argumentar en contra de la existencia de “los mayas” en Guatemala.” En una vena similar, asume modelos estructuralistas de poder y hegemonía racial para sus lectores de periódicos.

No puede haber racismo, sugiere Morales, a menos que las razas sean distintas y las jerarquías sean inequívocas. En sus escritos, las ideas posmodernas del poder descentralizado, las identidades múltiples, las híbridades culturales y biológicas y los flujos culturales transnacionales hacen que la división ladino / indígena y el lenguaje de la subordinación étnica sean una caricatura bidimensional de la situación nacional.

Morales ha ideado argumentos provocativos y contemporáneos, elementos con los cuales muchos observadores culturales se encontrarían de acuerdo, al menos en teoría. América Latina es un campo cultural dinámico y fluido en el que las identidades plurales se reconstituyen continuamente y en los que los medios de comunicación masivos internacionales y los productos de consumo son aspectos de la vida que se dan por sentado incluso en áreas remotas. Hay pocas dudas de que los cambios que acompañan a la globalización han complicado las antiguas divisiones étnicas del trabajo. Sin embargo, a pesar de estas ideas de sondeo, muchos analistas sociales critican el impulso deconstructivo como un ejercicio mental que hace que la discriminación étnica y la pobreza se disuelvan ante nuestros ojos, pero, por supuesto, solo en el papel.

Por su parte, Morales evita el deconstruccionismo extremo al apropiarse de las críticas al capitalismo generadas por los estudios culturales. Afirma que, lejos de ser una creación local, los financiadores internacionales promueven el pan-mayanismo como parte de su agenda para expandir los mercados globales, explotar mano de obra barata y defender a otros exóticos para el consumo turístico.

Morales diseña sus columnas para incitar a los mayas y para deleitar a sus oponentes. Los mayas consideran que su burla es profundamente ofensiva porque desprecia su movimiento y su proyecto cultural nacionalista y deshumaniza a los mayas como objetos de consumo. La diferencia cultural se convierte en rareza y espectáculo: “a medida que el gordo y delgado venden su humanidad, considerada defectuosa, al mercado cinematográfico”. El orientalismo capitalista, que se beneficia al crear productos exóticos para este mercado, no permite salir. El papel asignado a los mayas de la inigualable “otredad” muestra cómo ya han perdido la lucha por la autodeterminación ante las fuerzas globalizadoras de la incorporación. Desde este punto de vista, nadie evita la complicidad con el mercado: el turismo, los académicos, los defensores de los derechos humanos, la cooperación internacional y, por extensión, los escritos de Morales y los míos, son industrias que por sus propias razones apoyan el “boom” pan-maya.

Una vez más, uno podría estar de acuerdo, ciertamente en principio, con la importancia de cuestionar los intereses del apoyo extranjero a los movimientos sociales y las iniciativas internacionales de desarrollo. Sin embargo, el reduccionismo y el polemicismo de Morales se hacen evidentes cuando argumenta que el resurgimiento cultural es un acto de juego de los intelectuales mayas ladinizados que sirven como facilitadores oportunistas para aquellos que buscan ampliar sus mercados. En la práctica, los mayas tienen opiniones complicadas sobre la financiación extranjera de su trabajo en publicaciones y educación. Además, el liderazgo es muy crítico con el turismo que no devuelve nada a las comunidades locales y perpetúa las imágenes de la cultura maya atemporal.

Mi problema con el argumento de Morales no radica en su deseo de cuestionar las motivaciones personales de los mayas, la importancia de los mercados y poderes globales en los asuntos nacionales, o los paralelos del turismo, la antropología y la solidaridad con los derechos humanos. Más bien, encuentro que su estructura simplemente evita un compromiso serio con las prácticas sociales, el significado cotidiano del mercado y la política nacional y local a la que reacciona este movimiento mientras lucha por los derechos que se han negado a gran parte de la población nacional.

Desplazar a la agencia al mercado internacional tiene importantes usos políticos. Si el pan-mayanismo y las luchas por los derechos se entienden como imposiciones extranjeras, luego Morales ha liberado al país de la necesidad de examinar y transformar sus propias políticas e instituciones. Significativamente, las opiniones de Morales atrajeron a otros comentaristas en momentos políticos importantes en la década de 1990, cuando los debates públicos se intensificaron durante las negociaciones de paz mediadas por la ONU entre el gobierno guatemalteco y las guerrillas de la URNG y, una vez quedó claro, que los acuerdos se aprobarían durante las discusiones en curso sobre qué debe ser implementado y lo que debe ser marginado políticamente (Warren, 1998, pp. 41–44, traducción propia).

3.- La tesis doctoral: un breve momento de lucidez articuladora

Si es cierto, como lo dice Warren, que los debates políticos que solían combatirse en la universidad en los años 90 pasaron también a audiencias más amplias por medio de la prensa y si es cierto que entre los periodistas más prolíficos y controvertidos está Morales por las posiciones extremadamente sectarias que adoptó en los medios de comunicación, una historia un tanto diferente es la que encontramos en su tesis doctoral.

Morales estudió y escribió su tesis doctoral La articulación de las diferencias, o, El síndrome de Maximón, también en los años 90, bajo la supervisión de John Beverley, un teórico literario de reconocidas credenciales posmodernistas en los Estudios Latinoamericanos y cuya discusión sobre el testimonio de Rigoberta Menchú fue la base para el análisis propio de Morales. Se trata de una tesis doctoral donde Morales adopta un análisis en gran medida posmoderno siguiendo a su maestro doctoral, algunas ideas de Spivak (de quien Morales obtiene la idea de la subalternidad y si es posible para la misma tener una voz propia y poder hablar), Yúdice (de quien Morales obtiene la idea del «mercado global» de las identidades comercializadas) y Canclini (de quien Morales obtiene la idea de hibridización y culturas híbridas) para desarrollar una crítica de «los discursos literarios y políticos del debate interétnico en Guatemala» o proponer la idea del surgimiento del «sujeto popular interétnico» o del «sujeto subalterno» sin contener nada de the real thing como algo esencial y secreto como a lo que apelaba Menchú, el género del testimonio y el panmayanismo mismo. Para este efecto Morales construyó una crítica muy fértil contra el esencialismo y fundamentalismo maya, al mismo tiempo que nos interpeló a pensar críticamente sobre la formación o articulación de diferencias en un «sujeto popular-subalterno» como un «sujeto inter y transcultural» así como «inter y transclasista», la ampliación democrática del sujeto subalterno y no su etnización reducida y reduccionista, más allá de las que son producto del consumismo o del multiculturalismo del mercado global como ese discurso fue adoptado por los movimientos panmayanistas y sus intelectuales en los debates interétnicos en Guatemala. El objetivo, Morales escribió, era «la nacionalidad ampliada pero como mestizaje intercultural, como diferencia articulada con otras diferencias» (Morales, 1998, p. 221). Se trataba, nos dijo Morales, de «postular una especie de alteridad perenne, solo que, ahora, igualitaria» (Morales, 1998, p. 206).

Un obstáculo clave para el surgimiento de una articulación de las diferencias, aparte del esencialismo panmayanista, era también la hegemonía criollista de raíces coloniales, pero efectiva todavía en la república todavía criolla del siglo XX. Muy productiva en este contexto fue la tesis que Morales desarrollo sobre la hegemonía: «Es en el marco de la poscolonialidad que los pueblos subalternos pueden apelar a criterios diversos como el del relativismo cultural, los derechos humanos y la democracia radical para hacer valer sus reivindicaciones específicas en un marco de interculturalidad subalterna , como es la de Guatemala» (Morales, 1998, p. 220). Unos años más tarde, hablando con Mario Palomo sobre izquierda, neoliberalismo y cultura de mercado, Morales desarrolló esto del siguiente modo, pero ya solo en términos estrictamente clasistas: «el problema con la marginalidad es que está excluida del trabajo y del consumo, pero, ideológicamente, la invasión de los medios audiovisuales ha logrado crear en los marginados una mentalidad que los hace luchar por el trabajo solo para poder consumir. La marginalidad se ha vuelto una masa potencialmente consumista» (Morales, 2005b). Más profundamente, esto implica la interiorización del criollo por el maya y viceversa, y esto es algo que Morales expresó brillantemente en 2001 del siguiente modo:

Por su cultura mestiza, los españoles -a diferencia de otros colonizadores- se mezclaron con las nativas de América y dieron origen al sujeto colonial mestizo, compuesto por indios e indios ladinos. La “pureza” sólo existió como nostalgia de una identidad anterior, pero se mantuvo como noción difusa e ideal otorgador de un orgullo etnocultural basado en la añoranza de un pasado idealizado por nebuloso y desconocido. Esto operó tanto en criollos como en indios e indios ladinos. Todos se aferraron a su “pureza” perdida, aunque nadaban en el mar de la sociedad colonial, que los unía para siempre en una simbiosis de amor-odio, que es la base de nuestra deforme nación, poblada por hermanos mestizos que se odian como si aún pertenecieran a civilizaciones distintas (Morales, 2001).

Para superar esto era preciso, de acuerdo a Morales, una crítica del protagonismo, hegemonía y dominación «si se quiere que la identidad ladina construida sirva para negociar la democratización interétnica» (Morales, 1998, pp. 405–406). Más ampliamente, como lo expresó en 2005, la lucha contrahegemónica debía adquirir un carácter alterglobalizador:

Yo creo que la única institución que ésta buscando alternativas es el Foro Mundial Social de Porto Alegre y los que se llaman alterglobalizadores, es decir, la alterglobalización, que quiere decir globalizarnos bajo otros parámetros que no sean los neoliberales, y en ese espacio se está teorizando, en ese espacio hay gente que está haciendo propuestas (Morales, 2005b).

Aunque la tesis doctoral de Morales discute importantes cuestiones de clase, la influencia posmoderna de académicos/as basados en Estados Unidos fue tal que solo hay dos referencias genéricas a Marx y Lenin en la misma; aunque la tesis discute cuestiones de sujeto popular y subalterno, solo hay una muy genérica referencia a Laclau y Mouffe; aunque la tesis elabora la noción del sujeto subalterno, sobre todo en términos de Spivak, no hay ninguna referencia a Gramsci; aunque utiliza el lenguaje posmoderno, no hay ninguna referencia a los autores claves del posmodernismo como Foucault, Derrida, Deleuze, Guatari, Vattimo, Agamben; y aunque intenta formular una ruta articulada hacia la liberación, pero más allá de la guerra revolucionaria, no hay ninguna referencia a los grandes teóricos latinoamericanos de la filosofía de la liberación como Dussel. De todos modos, en mi opinión, este fue el momento más lúcido, productivo y crítico de Morales. Sus ideas sobre los discursos literarios y políticos del debate interétnico en Guatemala perduran hasta hoy y, contra el Morales tardío mismo, nos pueden servir para desarrollar una crítica contra el esencialismo de clase que Morales mismo vino a defender, contra sus propias ideas doctorales, en las postrimerías dogmáticas y sectarias de su vida. Aunque Morales eventualmente incorporó muchas de sus ideas doctorales en sus manuales para educar sobre cultura o interculturalismo en Guatemala, ya en la segunda década del nuevo siglo él mismo procedió a rechazar las ideas más fértiles, contrahegemónicas y rupturistas de su tesis doctoral para retornar a las posiciones ortodoxas, esencialistas y dogmáticas como las que sostuvo en los años 70 y 80. De igual modo a como Morales repudió las simpatías de Palma Lau en cuanto a Guzmán Böckler para recuperar de su trabajo solo lo que Morales veía como puro y como producto de la «clase-en-sí», Morales también procedió a repudiar públicamente todo su análisis de la articulación de las diferencias para dar voz de nuevo a la «clase-en-sí» y desplegar esta voz contra la articulación de movimientos subalternos, colectivos urbanos, La Plaza y la llamada «Guatemala profunda».

En las últimas dos o tres décadas de su vida Morales, sin embargo, nunca logró entender o aceptar que la corrección política no es conspiración de élites liberales, sino que es producto legítimo de luchas históricas reales y decisivas como el movimiento por los derechos civiles en los años 60, las luchas por la descolonización también en los años 60, la segunda ola del feminismo, el surgimiento de la Nueva Izquierda, los movimientos de paz y por el desarme nuclear, las luchas contra las dictaduras estalinistas en Europa, las luchas por los derechos humanos en Latinoamérica, los Nuevos Movimientos Sociales, etc. Haber logrado que se trate y se hable con respeto sobre pueblos indígenas o sobre mujeres, ya no digamos sobre la diferencia sexual o religiosa, por ejemplo, fue un paso político progresista importantísimo que solo patriarcas, conservadores y nacional-populistas de todo tipo, aunque sean académicos o se vistan de críticos, rechazan por tratarse de un «liberalismo iliberal» y para buscar el retorno a un pasado crudo y burdo donde creen que no había persecución por parte de la corrección política. Por eso es que en nuestra época restauradora Morales logra sonar igual que Trump, Bolsonaro, Macri, Duterte, Orbán, Ortega, Jimmy Morales, Giammattei y la Fundación contra el Terrorismo, cual talibanes afuera de Afganistán, quienes tienen en común un rechazo de las luchas de pueblos originales (que califican de «culturalismo»), feministas (que califican de «ideología de género») o juveniles (que califican de «indignación placera») en nombre de una supuesta «lealtad», en el caso de Morales, a una cruda mezcla de ortodoxia (que quiso pasar por marxismo), nacionalismo (que quiso pasar por «geopolítica») y conspiración (que quiso pasar por «crítica demoledora») que, en realidad, esconde posiciones amargas, reaccionarias y oportunistas. Aquí ya no hay ninguna articulación de las diferencias, sino más bien una conspiración de las mismas.

Lo que Morales pensaba en los años 80 es, por tanto, lo que al final de su vida le atribuyó a Codeca misma, al parecer sin que sus dirigentes se hayan percatado de ello, con el agregado del ideario liberal incoherentemente mezclado con su rechazo de la sociedad civil en los 90, el interculturalismo y posmodernismo de los 2010, el retorno al clasicismo ortodoxo mezclado con el rechazo de La Plaza, así como la paranoia política y la teoría conspirativa desde 2015 y ampliada hacia el negacionismo de la pandemia y la teoría de que el virus del COVID-19 se había manufacturado para promover una limpieza poblacional a nivel global, posiciones que mantuvo hasta el mismo día de su muerte y que quizás sirvan también para explicarla. Una mezcla muy polémica, sí, pero también tóxica y en muchos casos extremadamente reaccionaria, divisionista y finalmente hasta podríamos decir que suicida.

4.- El «ideario liberal» de Morales: un paso adelante y muchos pasos atrás

Fue en los años 90 que Morales empezó a proponer su «ideario liberal» para «democratizar el capitalismo» en Guatemala. Es decir, una «revolución democrático-burguesa» al supuesto estilo del 44-54 en Guatemala en la cual la pequeña burguesía y la gran burguesía «no monopólica» construyan las condiciones necesarias y suficientes para un «capitalismo democrático». En otras palabras, ¡una propuesta rosa-lila!

En 2007, Morales repitió su propuesta política del siguiente modo:

He repetido muchas veces que el eje político e ideológico para diseñar un interés nacional interclasista e interétnico a largo plazo, puede ser el ideario liberal (no el neoliberal), caracterizado por la libertad económica, que implica ausencia de prácticas monopolistas; por la igualdad de oportunidades (no de metas, porque esto lo decide la capacidad de cada cual), también conocida como justicia social; y por la libre competencia genuina, en la que quien ofrezca el mejor producto a mejor precio hegemonizará sin cortapisas el mercado. Esto implica democracia en lo político y, por supuesto, la tutela de un Estado pequeño pero fuerte en el cumplimiento de los principios de la libertad económica, la igualdad de oportunidades y la libre competencia (Morales, 2007a).

Lo que Morales estaba proponiendo de nuevo era, como él mismo lo pone, un capitalismo donde «quien ofrezca el mejor producto a mejor precio hegemonizará sin cortapisas el mercado» y por lógica pondrá fin a la competencia. Y esto, a pesar del tono anti-monopólico que le quiso dar y que va a repetir más tarde como condición para democratizar el capitalismo, no era nada más que una versión de cacifismo puro y desnudo, es decir, el ideal (en el sentido de la competencia perfecta de la que habla Hayek) que el Cacif tiene de sí mismo pero que no tiene reparos en usar precisamente para hegemonizar sin cortapisas al mercado.

Aunque el empresario pequeño, honesto, trabajador, como líder y encarnación del ideario liberal, lo que en otras piezas Morales llamó «el empresario ejemplar» (Morales, s/f-b) aparece como un ideal cuya existencia habría pertenecido a procesos democrático-burgueses del pasado, lo que supuestamente fue la Revolución de Octubre en Guatemala, hoy es una propuesta que aunque suene como una crítica al neoliberalismo desnacionalizante, corrupto, extractivista y globalizador, como si fuera el proyecto que hay que construir para el futuro de Guatemala, es en realidad una propuesta equivocada que Morales quiso reivindicar como principio ideológico, político y económico organizador, pero que de hecho es solo un espantapájaros. Aunque Morales la presente y defienda como una propuesta antitética al neoliberalismo de la Universidad Francisco Marroquín, la Escuela de Gobierno de Dionisio Gutiérrez y la Fundación para el Desarrollo del Cacif, argumentando que «el neoliberalismo no es liberal» (Morales, 2005a), lo que era un error teórico e histórico que ignora la metamorfosis intrínseca a ciertas formas de liberalismo mismo, es una propuesta que sale de la cabeza de un intelectual que se creía en posesión de un criterio de verdad suprahistórico y que hablaba con la autoridad que le confería el culto indebido a su personalidad. Aunque Morales la presentara pues como una «renovación del ideario de octubre» (Morales, s/f-a), es en realidad la reproducción de un ideario que no sale de la patria criollista, no sale de abajo o de los márgenes, sino que salía de lo abstracto y lo puramente académico de su autor. Y no tenía ninguna conexión orgánica con las condiciones históricas del capitalismo periférico pero globalizado de Guatemala en el contexto de la crisis de hegemonía, soberanía y el cambio climático de hoy.

Incluso en julio de 2021 Morales repitió, de nuevo, un programa liberal de desarrollo totalmente «rosa-lila» como esos que él se pasó rechazando los últimos años de su vida cuando no era él mismo quien los proponía. Detrás de la propuesta de Morales encontramos el viejo dogma manualero de que hay que desarrollar primero a la clase media (la clase trabajadora) y un capitalismo democrático para, segundo, crear las precondiciones para una revolución o una Refundación. Así fue como lo puso Morales como primer punto de su programa:

El país necesita un desarrollo democrático del capitalismo. Esto quiere decir que debe haber muchos (y no pocos) capitalistas que basen su trabajo en el ideario liberal, el cual consta de tres principios: igualdad de oportunidades (no de logros), libre competencia y control estatal de monopolios. Esto, para que den empleo a muchos trabajadores asalariados a fin de ensanchar las capas medias y que lleguemos a tener una minoría de ricos, otra de pobres, y una clase media mayoritaria que le dé estabilidad a la estructura clasista del país (Morales, 2021).

El programa que propuso morales en junio de 2021, entonces, fue un programa esencialmente centrista, «rosa-lila», al estilo Demócrata (el partido político de Estados Unidos), PNUD o al estilo de cualquier ONG trabajando el tema del desarrollo, con el agregado tinte de esos progresismos que él tanto tildó por mucho tiempo de ser productos ideológicos del financiamiento extranjero y de agentes de Soros. Los otros puntos de su programa, en lo económico, incluían que democratizar el capitalismo es impulsar la pequeña, mediana y gran empresa no-oligárquica y, en lo político, para nada refundar el Estado, sino hacer del Estado una institución eficiente, proba y pequeña, pero fuerte, es decir, una concepción del Estado fundamentalmente neoliberal pero disfrazada de otra cosa. Y la transformación cultural de Guatemala que Morales quería, lejos de implicar un proceso profundo de descolonización, emancipación y autonomía o autogobierno para pueblos indígenas, xincas, garífunas o mestizos, como lo había planteado en su tesis doctoral, planteaba ahora, desde una posición de privilegio académico, educar a las masas en la historia intercultural de su país.

Quiero repetir esto porque es muy central: nada del programa liberal de Morales, como lo expresó dos o tres meses antes de fallecer, tomaba en cuenta un solo elemento de la propuesta refundacional de Codeca o de cualquier otro movimiento social rupturista en Guatemala. Un programa que buscaba igualdad de oportunidades (no de logros), libre competencia y control estatal de monopolios combinado con una clase media mayoritaria que le dé estabilidad a la estructura clasista del país y políticas de interculturalismo, es decir, una sociedad fundamentalmente parecida a la gringa, la europea, la tica o la chilena, no es un programa refundacional, sino que es un programa centrista, «rosa-lila», tibio tanto en esencia como en apariencia. Hasta la revista neoliberal The Economist, si le importara para algo el pensamiento de intelectuales provinciales de Guatemala, lo hubiera celebrado como un programa clásicamente liberal (incluso neoliberal) y comprometido con «la dignidad individual, los mercados abiertos y el gobierno limitado» (The Economist, 2021). ¿Sorprende, entonces, que ese lenguaje intercultural es el mismo que usa Giammattei y su Gobierno, desde una posición de poder corrupto y restaurador, en sus políticas de educación para el país? No es por nada que el Gobierno de Giammattei, un Gobierno cacifista de restauración total, anunció también en junio de 2021 la creación de un viceministerio de Interculturalidad (García, 2021). Que ninguno/a de sus seguidores/as y admiradores en las izquierdas o grupos de estudio (como exmiembros/as del Grupo Intergeneracional) de Guatemala, la gente que hoy, después de su muerte, se decanta como estudiantes eternos/as del «maestrísimo del alma», no se den cuenta o no quieran darse cuenta aunque se les demuestre con hechos del giro ideológico profundamente rosa-lilista y, como lo muestro abajo, inquietantemente oscuro y reaccionario de Morales es algo que tendremos que debatir en Guatemala por mucho más tiempo que el legado claroscuro de Morales mismo.

¿Están, entonces, las dirigencias y las bases de Codeca y del MLP de acuerdo con las propuestas liberales que hizo Morales en junio de 2021 y que, esencialmente, buscaban estabilizar la estructura clasista del país? ¿Están de acuerdo con restaurar los planes de una socialdemocracia centrista, rosa-lila, tibia, moderada e ideológicamente estancada en los años 60 y 70 que, a su vez, querían resucitar las políticas de un capitalismo democrático de la Revolución de Octubre? ¿Están realmente de acuerdo en reducir sus propuestas refundacionales a esos planes que proponían progresar a muchísimos empresarios pequeños y medianos, que son los que democratizarían el capitalismo oligárquico, monopolista y atrasado que padecemos en forma de falta de más empresarios y de empleo? ¿Están de acuerdo con esos viejos esquemas que hablaban de impulsar la pequeña, mediana y gran empresa no-oligárquica? ¿Creen que impulsar un proyecto político capitalista, pero antioligárquico y antineoliberal, nacional-popular, interclasista e interétnico es lo mismo que refundación o es, en realidad, lo mismo que también propone la Asociación de la Pequeña y Mediana Empresa de Guatemala (ASOPYME)? Porque nada de eso es refundación y aunque se esfuercen por exprimir ese significado de esas palabras, incluso con la asistencia académica de los discípulos/as de Morales, tampoco podrá llegar a serlo.

La propuesta que hizo Morales en junio de 2021, en realidad, no se diferencia de otras propuestas que han salido de sectores empresariales de Guatemala y que se diseminan en la prensa de la derecha (Ver, por ejemplo, Mayorga, 2019). Es más, esa idea de que democratizar el capitalismo es impulsar la pequeña, mediana y gran empresa no-oligárquica es exactamente la misma propuesta hecha por Kamala Harris en su visita a Guatemala y en la cual USAid y el BCIE ya están trabajando con una inyección inicial de USD 100 millones de capital (Gándara, 2021). O sea que además de carecer de originalidad económica, la propuesta de Morales realmente complementaba a estas organizaciones del sistema, supuestamente contra el Cacif, para fortalecer al sector corporativo y privado, pero no-monopólico de Guatemala. No puede pensar sobre esto de otro modo más que como el trabajo de un agente del empresariado, pero vestido con sotana del sacerdocio popular y con mucha gente, poco informada, aplaudiendo estas ideas.

En la época del Antropoceno, la crisis climática, la globalización capitalista, los tratados de libre comercio y las «zonas económicas especiales», el capitalismo del desastre, el extractivismo y el precariado, proponer un retorno a las antiguas relaciones de propiedad y su modelo específico de formación social es peor que ingenuo. Es, de hecho, reaccionario. En una coyuntura de restauración total del neoliberalismo cacifista con corrupción permitida y represión ampliada, cuando se ha intensificado la guerra de posiciones y ha adquirido la forma de una guerra jurídica, cultural y social, proponer un interculturalismo académico es proponer la disolución de las diferencias (recordemos las críticas de Morales, usando el lenguaje de la extrema derecha, a la ideología de género; recordemos su desdén de los reclamos étnicos como producto del financiamiento externo de Soros) y la renuncia a la política de la autonomía y el reconocimiento mutuo. En la imaginaria «patria mestiza» de Morales, incluso las demandas del recientemente emergido Consejo Nacional Empresarial aparecen más realistas, honestas e incluso más radicales porque, en primer lugar, vienen de empresarios que no tienen que fingir ser intelectuales radicales. Demandar un futuro sin Cacif, sus prácticas cooptadoras, sus monopolios familiares-empresariales y su versión de capitalismo del desastre (cacifismo), es hoy, claro, una consigna ampliamente compartida, pero desde el punto de vista de los/as de abajo, es insuficiente. En muchas asambleas comunitarias, incluyendo las de Codeca, se escuchan con frecuencia las palabras «buen vivir» y «refundación».

5.- Morales, Codeca y el MLP: los propósitos cruzados

Aunque hay alguna gente en Codeca y el Movimiento para la Liberación de los Pueblos (MLP) que sin duda ve en Morales un guía ideológico y padrino político de los imprescindibles, un crítico demoledor del dionisismo y del arzuismo, una caricatura binarista de lo que en realidad es una abigarrada y contradictoria formación histórica del poder cacifista y la pugna elitista dentro de la restauración total en Guatemala, la verdad es que Morales no contribuyó nada conceptual (u original) a la propuesta de Codeca desde que la misma surgió hace poco más de 10 años hasta el presente inmediatamente anterior a su absurdo e innecesario fallecimiento. Puedo afirmar eso en base a las declaraciones públicas y la producción intelectual escrita de Morales. Claro, Morales hizo un intento por acercarse a las ideas refundacionales, pero como algo que dejó muy tarde, incompleto y, al final, de modo puramente instrumental y oportunista como ocurrió con su participación en un encuentro donde se discutió el principio articulador de «aliados por encima de nuestras diferencias». Veamos algunos aspectos positivos y negativos del acercamiento problemático de Morales a Codeca y al MLP.

Como lo indiqué en el párrafo anterior, fue positivo escuchar a Mario Roberto Morales hablar en el encuentro convocado por Codeca en 2018 y que tomó lugar en la sede de la Asociación Moloj, «La Guatemala que tenemos y la Guatemala que construiremos. Aliados por encima de nuestra diferencias». Morales hizo aquí un esfuerzo por entender conceptos fundamentales que no le eran familiares como el concepto de la refundación de una forma similar a como había hecho un esfuerzo intelectual en su tesis doctoral. Quien haya leído sus comentarios periodísticos anteriores a 2018 podrán fácilmente comprobar que este intento de Morales por entender la idea de la refundación fue algo nuevo en sus reflexiones, aunque él nunca lo haya admitido así.

Fue positivo ver ese acercamiento formal a Codeca y verlo finalmente leer por lo menos el documento de Codeca sobre su propuesta de Estado plurinacional. Siendo alguien que nunca antes había dedicado mayor tiempo a leer o escribir sobre procesos políticos constituyentes, pues no es para nada lo mismo escribir sobre episodios líricos de los procesos revolucionarios, de quienes «se fueron por la libre» o de los «discursos literarios y políticos del debate interétnico en Guatemala», fue bueno verlo pensar por primera vez a su edad acerca del proceso constituyente desde abajo que ya se estaba llevando a cabo en Guatemala en 2018, del cual Codeca es por supuesto solo una parte (y de ninguna manera la vanguardia clasista del mismo, como lo pretendió Morales) y que, con ello, se empezara a dar cuenta – usando lenguaje gramsciano que él, hasta ese momento, no manejaba sino solo como lenguaje de segunda mano – que esto se está dando en el contexto de una restauración conservadora.

Fue positivo escuchar a Morales en 2018 decir que los intelectuales orgánicos eran quienes deben seguir a los movimientos sociales mayoritarios y no al revés. ¡No puedo estar más de acuerdo! Fue bueno que en ese momento Morales le hiciera una crítica a la sociedad civil buena y permitida, aunque se quedó solo en señalar el problema del financiamiento, un asunto mucho más importante y urgente para la ultraderecha bien financiada de modos ilícitos que para las organizaciones civiles o izquierdas partidarias siempre empobrecidas de Guatemala que perpetuamente buscan fuentes limpias y honestas de financiamiento. Pero fue aquí donde Morales también empezó a afianzar su muy problemática crítica -que le gustó mucho a gente que confunde cinismo y conspiración con crítica- de que la sociedad civil estaba financiada casi en su totalidad por la cooperación internacional y por agentes internacionales como Soros o los Rothschild y que representaba, por ello, lo políticamente correcto o el «huacal» de las «progresías». Irónico pues una de las falsas acusaciones de la ultraderecha corrupta en Guatemala es que Codeca misma recibe financiamientos secretos del exterior que nunca declara.
Fue bueno ver a Morales en ese momento manejar, aunque muy limitada y superficialmente, por lo menos una definición del plurinacionalismo extraída de la Constitución de Ecuador, a pesar de que dicho concepto ya estaba bien definido en las propuestas refundacionales de Guatemala que ya circulaban ampliamente entre activistas y académicos/as.

Positivo fue también ver a Morales empezar a escribir sobre la división de las élites en fracciones en pugna, aunque la dirección que eventualmente le dio a este análisis hizo, como lo indiqué más arriba, una caricatura simplista y provocadora de arzuístas contra dionisistas como representantes de lo que en realidad es una muchísimo más abigarrada y contradictoria formación histórica del poder cacifista en cuyo interior encontramos una pugna elitista dentro de lo que llamó la restauración total en Guatemala.

Finalmente, fue positivo ver a Morales intentar contextualizar algunas cosas que estaban ocurriendo en Guatemala a partir de 2015 en el marco del Plan Alianza para la Prosperidad y, más ampliamente, en el contexto del surgimiento de los BRICS y lo que esto implicaba para las dinámicas geopolíticas globales. Claro, Morales mismo nunca hizo ningún trabajo sistemático o significativo en la materia (como tampoco, si leen su trabajo académico o periodístico, incluyendo su tesis doctoral, en teoría política constitucional, procesos refundacionales en Latinoamérica o Guatemala, el pensamiento de pensadores como Gramsci, Negri, de Sousa Santos, geopolítica, etc.) y más bien haya extraído todo lo que dijo de fuentes secundarias que nunca tuvo para bien reconocer debidamente como se espera de todo trabajo intelectual. Morales siempre quería dar la impresión de que todas las ideas que trabajó, incluyendo las espirituales, budistas y psicológicas que marcaron algunos de sus últimos comentarios periodísticos, salían de su exclusiva y brillante cabeza. A falta de evidencia que demuestre lo contrario, en muchos casos siempre me pareció, sin embargo, que sus fuentes eran solo periodísticas y sobre todo de Telesur o RT. De RT y los comentarios del nacionalista y putinista ruso Aleksandr Dugin, por ejemplo, Morales extrajo ese argumento mitológico, en parte estirando y distorsionando la vieja idea del «Nuevo Orden Económico Internacional», de que Rusia y China estaban planteando construir una globalización alternativa y más centrada en la producción económica real y no en la especulación financiera. Ningún/a pensador/a crítico/a bien versado en economía política internacional y procesos globalizadores afirmaría en su sano juicio responsablemente semejante fábula geopolítica.

Pero fue muy negativo, sin embargo, ver a Morales hablar sobre los procesos constituyentes y refundacionales con tanta autoridad y dogmatismo, sin referencias a nadie o de ningún tipo, a pesar de no tener ningún trabajo sostenido y sistemático sobre el tema en toda su carrera intelectual y política. Al contrario, sus columnas de opinión representan, en ciertos aspectos fundamentales, una negación de lo que contienen, como sustancia, las propuestas refundacionales que existen en Guatemala.

Fue muy negativo, también, que Morales insistiera en su espurio argumento de que lo que pasó en 2015 en Guatemala fue una «revolución de colores» contra un gobierno de extrema derecha y como producto de las maniobras de Washington y las élites globalistas como si fuera igual a los golpes promovidos contra gobiernos de la llamada «marea rosada» en Argentina, Bolivia y Brasil. ¡No se compara la situación para nada! Pero en muchos sentidos militantes de Codeca y del MLP han seguido esta línea y la han usado para distinguir entre grupos y movimientos con quienes se puede hablar y con quienes no se puede hablar.

Fue terriblemente negativo que Morales redujera todo posible «ismo» (posmodernismo, descolonialismo, subalternismo, feminismo, etc.) en la sociedad civil y en los movimientos sociales, desde las luchas feministas, luchas por los derechos humanos, luchas por los derechos de la comunidad LGBTQ+, hasta las luchas por la descolonización, a ser todo un «huacal de progresías», expresiones también de una estrategia de Washington para fomentar división y dominación en Guatemala y en todo el Sur Global. Recordemos que solo gente con inclinaciones ortodoxas, de derecha e incluso reaccionarias, desde Putin hasta Ortega, se dedican a criticar vitriólicamente a movimientos importantísimos como el feminismo, la política de la identidad y la corrección política, espantapájaros obsesivos e incoherentes de Morales pues hay comentarios de Morales mismo donde, usando el lenguaje de reconocidos filósofos posmodernistas como Barthes que Morales, por supuesto, nunca acreditó debidamente, también se las quiso pasar en Guatemala de filósofo posmoderno.

Recordemos también que ya en los 90 Morales descartó a los movimientos indígenas panmayanistas, con su énfasis en lo identitario y lo cultural, por ser esencialmente un producto del mercado multiculturalista global (Morales, 2005b). Más recientemente, sin embargo, Morales empezó a hablar de «naciones culturales», reduciendo con ello las demandas indígenas a las categorías literarias e interculturales que resultaban más simples y livianas para él manejar.
Fue catastróficamente negativo ver a Morales hacer de la propuesta refundacional de Codeca en términos económicos – según su interpretación – una simple versión de alianzas de clases que buscaba simplemente desmonopolizar y desoligarquizar, por tanto democratizar, el capitalismo en Guatemala. Para la gente más atenta no sorprendió para nada que las ideas de Morales sobre la desmonopolización de la economía tuvieran mucho en común con los planteamientos que como presidente y después de 2015, como jefe del FREARE, haya hecho y siga haciendo Jorge Serrano Elías. Morales mismo lo puso del siguiente modo: «hacer alianzas con organizaciones de pequeño empresariado antimonopolista, capas medias asalariadas y otros sectores afines a un interés nacional-popular ?interclasista e intercultural? que desoligarquice la atrasada economía y democratice el Estado, las relaciones interétnicas y el acceso al capital para el pequeño empresario». Sin poner ninguna atención a los conceptos económicos en la propuesta de Codeca, y en muchos eventos mismos organizados por ellos, Morales repitió sin tapujo alguno que esas eran exactamente las ideas que estaba proponiendo dicha organización en su lucha por una Asamblea Constituyente Plurinacional y Popular (ACPP).

De acuerdo con Morales, Codeca estaría defendiendo, desde abajo, el propio ideario liberal que Morales ha venido apuntalando desde hace años y que, por tanto, estaría perfectamente de acuerdo en formar alianzas con pequeños y medianos empresarios tal y como Morales lo quiere, pero no con otros movimientos sociales como Waqib Kej, la Asamblea Social y Popular y, hasta 2021, tampoco con CPO. De acuerdo con Morales, por tanto, ¡Codeca andaría más cerca del programa supuestamente refundacional de Serrano Elías que de los programas refundacionales de los otros movimientos sociales en Guatemala!

Morales vino a ver en la noción de plurinacionalismo el equivalente de lo que él llamó – supuestamente extraído del pensamiento de Asturias – el surgimiento de un «sujeto popular interétnico y una nación intercultural democrática». En esto Morales parece no haber leído bien la propuesta de Codeca que habla de construir el buen vivir desde abajo y con los/as de abajo. Tampoco parece haber leído las otras propuestas refundacionales (la de CPO y la de Waqib’ Kej) que, en general, comparten estos y otros criterios con esta propuesta.

Si Codeca va a explorar alianzas coherentes con su propuesta refundacional, si hay deseo de pensar y actuar en términos de «aliados por encima de nuestra diferencias», alianzas que no reproducen sectarismos, vanguardismos o caudillismos y que no van a llevar a la cooptación de su programa por la izquierda tradicional (ya sea la de URNG, la de Pablo Monsanto o la intergeneracional e intercultural de Morales, etc.) o por grupos como FREARE, era y es preciso que busque una articulación no vanguardista y no sustancialista con los otros movimientos refundacionales (CPO, Waqib’ Kej, ASP). «Aliados por encima de nuestras diferencias» no significa, a mi criterio, aliados en primer lugar con empresarios, con las propuestas de Serrano Elías y el FREARE o con gente como César Montes a quien Morales – como otros intelectuales de la izquierda en Guatemala o fuera de Guatemala – nunca le hizo una sola crítica por su desgraciado papel al servicio de terratenientes en el Valle del Polochic. La articulación con los otros movimientos refundacionales, la más importante y urgente en Guatemala, es la que debería de buscarse, es la más consecuente y es la que Morales, esgrimiendo banderas supuestamente clasistas y críticas, intentó sectariamente frenar e incluso imposibilitar en los últimos años de su vida.

6.- El descenso a la oscuridad y la locura: el trumpismo, divisionismo y plagiarismo en el crepúsculo existencial de Morales

En el año 2020 Wim Dierckxsens (quien, en sí mismo, ha dado un giro reaccionario impresionante) y Walter Formento escribieron un comentario sobre el fascismo Siglo-XXI o la «nueva civilización poscapitalista» que Morales, ya aparentemente sin capacidad de generar ideas propias u originales, procedió a utilizar libremente, pero sin citar propiamente, como si fuera de su propia autoría. Aquí un pasaje que Morales ha repetido en varios comentarios, de modo casi literal, pero sin dar crédito alguno:

En el cuadro geopolítico tenemos que las fuerzas de las transnacionales financieras globalistas procuran imponer un Nuevo Orden Económico (Economic-Reset), un Gobierno y Estado Global sin fronteras ni ciudadanos, otro sistema monetario internacional basado en una cripto-moneda –LIBRA-, controlada por Facebook (uno de los pilares de las GAFAM-Globalistas). Si lograran imponerse, sería un Estado Global con una fuerza militar propia basada en la OTAN-Globalista. Sin embargo, para poder imponerlo mundialmente tendrían que poder subordinar a China, Rusia e India. Y también, en segundo orden, a Europa (UE), África y Sudamérica a su esquema, hecho que se considera imposible incluso con una guerra militar, ya que mediante la guerra financiera no pudieron lograrlo. Un ´Ataque Nuclear Preventivo´ entre las grandes potencias nucleares se considera hoy imposible porque supone una respuesta inevitable y la eliminación de toda la vida en el planeta tierra, excepto las bacterias como bien señalaron. Esta amenaza si existía hace cuatro años y hubiese podido darse si Hillary Clinton hubiese ganado las elecciones en ese entonces (Dierckxsens & Formento, 2020c).

En los últimos 10 años de su vida Morales dio un giro ideológico todavía más oscuro. Por un lado, adoptó posiciones iguales a las del nacionalismo putinista ruso y adoptó las ideas del putinista radical Aleksandr Dugin como si fueran ideas serias sobre geopolítica. Al mismo tiempo, su giro ideológico también lo llevó a las turbias aguas ideológicas del nacional-populismo trumpista desde el cual regó teorías de conspiración en torno a la elección de Biden que Morales, siguiendo los alegatos de la ultraderecha de Estados Unidos, calificó de ser producto del fraude electoral) y la pandemia que Morales, siguiendo las peores teorías de conspiración, como las del neofascista izquierdoso Thierry Meyssan, calificó de ser una estrategia globalista para el despoblamiento y el control social por medio del miedo.

Morales se declaró públicamente un enemigo de La Plaza y consideró a todo colectivo urbano y movimiento social que no fuera de Codeca como marioneta de la cooperación internacional y, particularmente y siempre con un tinte antisemita, del financista global George Soros. Esto es algo que Morales había venido diciendo y escribiendo por décadas, pero después de 2015 lo elevó a un grado mucho más filudo y urgente. Ya en 2005 había dicho, en entrevista con Mario Palomo, que «la globalización neoliberal es lo que está en el centro de todo esto. Y la cooperación internacional es su punta de lanza» (Morales, 2005b).

De nuevo, copiando el trabajo de Dierckxsens y Formento sobre ¿Revolución de colores en Estados Unidos?, pero sin dar crédito a los mismos, Morales expresó estas ideas en sus artículos periodísticos. Aquí unos textos que, de modo similar o poco modificado, aparecen en los artículos periodísticos de Morales sin dar crédito alguno:

Las fuerzas globalistas tienen como proyecto dominar a través de un Estado global sin fronteras ni ciudadanos, por encima de las naciones incluso por encima de Estado Unidos a través de una red financiera mundial donde sobresalen tres nodos de Cities Financieras Globales -CFG-: la City de Wall Street/Nueva York, la City de Londres y la City de Hong Kong. Estos tres nodos financieros Globales a su vez integran a los demás países a través de los bancos centrales, re-unidos en el Banco de los bancos centrales en Basilea (Bank of International Settlement –BIS-), como operan transnacionalmente por sobre las naciones, negando la soberanía de las naciones. Para ello han logrado imponerse y controlar la OTAN como su policía mundial y brazo armado, negando e irrespetando la soberanía nacional de los países, como lo demostraron a partir de 1998 con la guerra de Kosovo (Dierckxsens & Formento, 2020b).

Las fuerzas continentalistas norteamericanas serían, pues, los responsables de crear e imponer el NAFTA (1992) en América del Norte y los continentalistas europeos (Alemania, Francia, Italia, etc.) impusieron la Unión Europea del Tratado de Lisboa en 2009. Los continentalistas de EEUU tenían como proyecto «otro siglo americano» y el mantenimiento del imperialismo norteamericano tricontinental junto con sus súbditos en Europa y Japón. Esta fracción buscaba ampliarse con el ALCA pero fue derrotada por la acción conjunta de Globalistas y los Sudamericanistas, lo cual implicó un fuerte golpe para esta fracción de capital que aún busca aplicar la Doctrina de Monroe para someter a América Latina y que controla el poder militar del Pentágono para Sudamérica a través del Comando Sur y que disputa el control de las 800 bases militares norteamericanas, en 40 países del mundo, contra los globalistas. Se trata, en realidad, de caricaturas geopolíticas y no de tratamientos académicos o intelectuales serios sobre estos temas. Se trata de provocar y no de informar de manera similar a como Morales, a pesar de lo escrito en su tesis doctoral, adoptó posiciones provocadoras y no articuladoras en la década de los 90.

Aquí un pasaje que habría de servirle a Morales para rechazar al movimiento Black Lives Matter como producto de la derecha financiera global y de una confabulación ideológica de las progresías y el estado profundo. Lectores/as atentos/as pueden detectar que este pasaje también fue tomado por Morales sin dar crédito alguno:

Activistas del movimiento Black Lives Matter, apoyados por Antifa y fuertemente patrocinados por los poderes fácticos y rechazados por los actores de poder en el partido demócrata, realizaron actos de protesta habituales: quemar automóviles y saquear tiendas. Esta vez se han agregado dos elementos cualitativamente nuevos: uno fue el “derrocamiento” o profanación de monumentos y, el otro, obligar a los oficiales de policía a arrodillarse ante los alborotadores. Todo esto sucede porque, al menos, a una parte importante del estado-del-poder profundo le sirve y lo necesita, la derecha financiera global en el partido demócrata en primer lugar.

Se ajusta a la definición de una revolución de colores conocida desde las calles de Belgrado, Túnez, El Cairo, Tbilisi, Kiev y muchos otros lugares. Es la vieja política de “cambio de régimen” mediante la cual los grandes poderes (globalistas en este caso) han buscado, en un país (EEUU en este caso) que reviste algún objetivo estratégico, cambiar presidentes o jefes de estado adversos (Trump en el caso) por movimientos (BLM en este caso) alineados con sus intereses. El movimiento BLM está dirigido contra norteamericanos blancos y blancos solamente. Es fuerte porque cuenta con el apoyo del partido demócrata y una serie de fundaciones como la del magnate globalista Soros. La pregunta es si el proceso fue iniciado, como de costumbre, por la CIA y si podría en su despliegue y desarrollo de repente volverse un boomerang que golpea a quién lo lanzó (Dierckxsens & Formento, 2020b).

No es posible recordar la trayectoria política de Morales desde 2015 hasta el presente sin apuntar de nuevo, como ya lo señalé más arriba, sus intentos por acercarse al Frente Amplio por la Refundación (FREARE) de Serrano Elías o de crear una organización que revolviera a su alrededor. Cómo él mismo escribió sobre el interlocutor alternativo en 2016, cuando Serrano Elías estaba lanzando al público, desde Panamá y con apoyo de exmilitares contrainsurgentes y exguerrilleros como César Montes, amigo cercano de Morales:

A causa de mis más recientes artículos, este mes me he reunido con diferentes grupos de empresarios de derecha y de centro, con algunos militares, con dirigentes de organizaciones populares y con una variedad de intelectuales de diferentes ideologías políticas. Además de coincidir en que nuestro país navega sin rumbo hacia una implosión de consecuencias impredecibles –por causa de un sistema económico disfuncional y productor incesante de pobres e ignorantes–, compartimos la necesidad de crear un tanque de pensamiento alternativo al dogma neoliberal y al izquierdoderechismo, así como un instrumento político en el que converjan pequeños y medianos empresarios, capas medias asalariadas y sectores populares organizados, con un objetivo táctico inmediato: democratizar el capitalismo local y normar –en aras del interés nacional– las inversiones transnacionales y las “ayudas” de la cooperación internacional. Esto, como primer paso para proceder a una democratización del Estado que lo haga eficiente, probo, pequeño y fuerte. (Morales, 2016).

¿Acaso no es esto la esencia misma del «izquierdo-derechismo» rosa-lilista que Morales, desde 2015 hasta los últimos días de su vida, nunca se cansó de mencionar pero que nunca, absolutamente nunca, fue capaz de identificar con nombres y con referencias concretas? ¿Acaso eso de negociar con la «potencia del Norte» los términos en los que quería implementar el Plan Alianza para la Prosperidad, haciéndolo desde una supuesta posición de soberanía y dignidad nacional, no era precisamente la esencia de una posición «rosada» que Morales dijo no representar pero que desde mediados de los noventas, con sus propuestas de democratizar el capitalismo local o de un capitalismo de pequeños y medianos empresarios es de hecho la esencia pura de una socialdemocracia obsoleta y que él en efecto había querido resucitar como estrategia etapista y evolucionista de crear condiciones económicas, primero, y luego hablar de revolución?

Otra idea que se volvió central en el último Morales fue la idea de la nacionalización del gran capital productivo y la crítica a la globalización financiera especulativa. Pero esta no fue una idea original de Morales, sino que fue otra idea que adoptó de Dierckxsens y Formento, pero sin dar el crédito debido, como si fueran propias. Aquí un concepto de estos autores que Morales repitió muchas veces en varios de sus últimos comentarios:

Aunque las apariencias no lo muestran, desde una renovada posición de fortaleza respecto al Big Data y la IA, Trump pretende ser parte también del proyecto multipolar-poliédrico pluriversal mundial con China-Rusia-India, África y Sudamérica. Es decir, pues, que aunque Trump sea un bastardo, está alineado con la multipolaridad y la resistencia contra el dominio global del capital financiero y ello lo vuelve un agente de verdadero progreso de regreso a un capitalismo industrial. Para Morales un presidente latinoamericano que sí está a la altura de Trump es el presidente mexicano Andrés Manuel López Obrador. Para Morales lo que AMLO representa es “producción física, infraestructura y empleo con capital del Estado” (Dierckxsens & Formento, 2020a).

A Morales no le importaron para nada las críticas de los movimientos indígenas y sociales contra el extractivismo y los megaproyectos del presidente mexicano y su Cuarta Transformación (4T), con quienes los movimientos sociales de Guatemala han expresado solidaridad. Se trata, como en Guatemala, de movimientos culturalistas e identitarios y no de movimientos de clase-en-sí y capaces de entender lo que está haciendo AMLO en México. Para Morales AMLO y su discurso representaban una lección de latinoamericanismo, es decir, una especie de trumpismo latinoamericano de izquierdas. Como si esto no fuera una mezcla ideológica suficiente, esto es precisamente parte de lo que Morales estaba contrabandeando, como si fuera un verdadero programa «liberal y nacionalista», dentro de la propuesta de Codeca-MLP, aunque el programa refundacional de Codeca no solo no diga nada de esto, sino que dice mucho de lo contrario y está fundamentalmente de acuerdo con los movimientos indígenas y campesino críticos de la 4T.

Aquí otra idea prestada literalmente, pero que Morales nunca atribuye a nadie excepto a sí mismo:

No es extraño entonces que el “emperador” Rothschild del mundo globalista afirme que: el nacionalismo de Donald Trump destruirá el Nuevo Orden Mundial para siempre.

Puedo agregar que todas las ideas de Morales sobre la tecnología 5G también vienen de estas fuentes, todas plagiadas y sin dar crédito alguno. Y su posición de apoyo crítico a Trump es todavía más inquietante. Desde que Trump perdió las elecciones a fines de 2019, Morales había venido argumentando a favor de Trump y repitiendo el argumento de que Biden había ganado las elecciones gracias al fraude electoral y las maniobras del Estado profundo en Washington. Detrás de esto estaban, por supuesto, sus lecturas superficiales y manualeras de geopolítica derivadas de ideólogos nacional-populistas de derecha como Alexandr Dugin. Simplemente no había nada de crítica progresista en esto, ni una coma de pensamiento crítico, por mucho que este «gran maestro» haya sido considerado como un gurú del análisis geopolítico entre sus círculos de admiradores/as en Guatemala.

Hemos leído en alguna parte de lo que se publica en Guatemala que las protestas contra el racismo en Estados Unidos son parte de un golpe suave que el Estado profundo -un concepto de la ultraderecha que el Estado Federal como algo encabezado por demócratas y, detrás de ellos/as, un cabal secreto compuesto casi exclusivamente por las élites financieras y especuladoras globales lideradas por judíos como Soros- le querían dar a Trump. Igualmente, hemos leído de uno u otro genio/a también en la brillante prensa chapina que para la corrección política del movimiento internacional por los derechos humanos, lo que obviamente incluye también a la Corte Criminal Internacional, es solamente un frente para los correctísimos Clinton-Obama-Soros-Rothschild. Sin duda, entonces, que la acción legal iniciada por un grupo de abogados/as en Estados Unidos contra Trump va a ser también vista por Morales desde un supuesto «análisis crítico de la realidad» como producto de un simulacro de internacionalismo liberal que es, en última instancia, solo un frente del Estado profundo.

Morales fue uno de tantos intelectuales provinciales que celebraron el realismo de la derecha populista o alt-right por querer restaurar un mundo de capitalismos nacionales sin globalización. Y por ello mismo, igual que los ideólogos de esa alt-derecha como el trumpista gringo Steven Bannon y el putinista ruso Aleksandr Dugin (de quien Morales también extrajo muchas ideas sobre geopolítica y multipolaridad), ven a los campeones liberales de la globalización y del orden internacional -como George Soros- como sus enemigos. Y, como todos ellos/as, mezclan antisemitismo con nacionalismo putinista en una mezcla ideológicamente tóxica de nacional-populismo que no tiene nada en común con la crítica seria, mucho menos con una crítica marxista o con teoría crítica y refundacional para el siglo XXI.

Las posiciones que Morales vino a adoptar al final de su vida sobre geopolítica y el papel de multimillonarios como Soros o los Rothschild no tuvo nada que ver con una seria crítica al capitalismo, una crítica al reformismo extremo centrista, y mucho menos una crítica a la hegemonía o a la dominación como tal. Estos son conceptos que Morales dejó de manejar prácticamente desde el momento que terminó su tesis doctoral o, si los continuó usando, los usó de modo diluido y superficial. Sus críticas tuvieron que ver totalmente con teorías divisionistas y fragmentadoras de la conspiración que le hicieron eco, de modo completo, al discurso de la ultraderecha global con un gran componente nacional-populista y antisemita.

El filósofo Theodor Adorno dijo una vez que «para un hombre que ya no tiene patria, escribir se convierte en un lugar para vivir». Pero Morales, hasta el último día de su vida, no abandonó nunca el terreno ideológico de la patria del criollo y nunca dejó de ser tampoco un agente polémico de la división, la fragmentación y, hasta el último día de su vida, de la conspiración y la desinformación precisamente cuando las clases subalternas de Guatemala estaban más necesitadas de lucidez y seria dirección en lugar de negación y teorías de la conspiración. El hecho es que Morales nunca dejó de ser un intelectual que, desde los años 70 hasta el fin de su vida, atravesó por un valle de amarguras, desilusión, sectarismo y conspiración que, aunque se expresó en muchísimas letras e incontables comentarios, así como una brillante tesis doctoral, también lo dejaron simplemente vacío y deshabilitado para comprender las nuevas dinámicas culturales, intelectuales y políticas de los movimientos contrahegemónicos, rupturistas y refundacionales que se empezaron a forjar en Guatemala desde hace más de una década y que adquirieron más impulso y relevancia a partir de la explosión de La Plaza en 2015.

• Agradezco a Virgilio Álvarez Aragón por clarificar el trasfondo e identidad del militante «Efraín» del MRP-Ixim. Ver también su trabajo Conventos, aulas y trincheras: Universidad y movimiento estudiantil en Guatemala. El sueño de transformar. Vol. 2. Guatemala: FLACSO, 2002, pp. 230-231.

Fotografía tomada de Twitter

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Marco Fonseca

Doctor en Filosofía Política y Estudios Latinoamericanos por parte de la York University. Actualmente es instructor en el Departamento de Estudios Internacionales de Glendon College, York University. Su libro más reciente se titula Gramsci’s Critique of Civil Society. Towards a New Concept of Hegemony.


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