Oprotunidad de la Paz perdida

Miguel Ángel Sandoval

El título de este articulo tiene que ver con el fin de la guerra iniciada el 13 de noviembre, y la firma de la paz interna el 29 diciembre de 1996. Como se sabe, la guerra dio inicio formalmente el 13 de noviembre de 1960 con el alzamiento de los militares, que querían terminar con uno de los tantos regímenes heredados de la intervención de 1954, que había dado fin a la revolución democrática iniciada en octubre de 1944 y finalizada en julio de 1954. Y sitúa la fecha de la firma de la paz, que abrió expectativas importantes en el país, pero que aún sigue pendiente de realizarse en Guatemala, pues las causas que le dieron origen al conflicto armado continúan y acaso son más profundas en la actualidad.

En el recorrido histórico de este balance, no se pueden dejar pasar hechos relevantes como el entrenamiento de mercenarios en la finca la Helvetia para invadir a la naciente Revolución cubana. Tampoco se puede dejar sin mención, las jornadas populares de marzo y abril de 1962. Antes de ello el levantamiento de los cadetes del 2 de agosto. O sea, años de brega por construir en nuestro país una democracia de verdad, un sistema político digno de ese nombre. Todo ello forma parte de este análisis, en verdad muy resumido. No se entra a analizar el conflicto armado, sobre lo cual existe amplia información. Nada de lo que se quede en el tintero carece de relevancia. En todo caso, forman parte de esos olvidos involuntarios.

El titulo como digo, plantea una pregunta que es directa y en verdad un tanto simple. Pero no por ello menos pertinente. En este cuarto de siglo posterior a la firma del fin de la guerra, hemos visto la emergencia de todo tipo de opiniones sobre el tema de la paz, sobre la urgencia de la agenda de la paz, sobre los cambios que ocurrieron, sobre los errores reales o supuestos de la insurgencia y sobre los grandes temas pendientes. Son 25 años que no nos pueden llamar a la indiferencia. En otras palabras, nos hace falta saber las razones pues perdimos un cuarto de siglo en la construcción de la paz y en el fortalecimiento de la democracia, que hoy a todas luces se encuentra muy lejos.

En esos años vimos crecer expectativas, de la misma manera que vimos multiplicarse a los detractores de la paz, y quizás antes que, de construir la paz, de la idea de construir una real democracia en nuestro país. Han sido años en los cuales vimos a los enemigos de la paz deambular por las calles con su verdadera identidad, que es ser de enemigos de la democracia. No lo digo al tanteo. Vimos a manera de ejemplo, y anticipando un poco el análisis, a los señoritos de las elites, rechazar unas 90 consultas comunitarias que concluyeron oponiéndose a la minería y a otros megaproyectos. En su momento escribí que las élites le tenían miedo a la democracia y antes bien, eran sus enemigas de corazón.

Pero ojo: esas 90 consultas no hubieran tenido lugar sin la firma de la paz, y con la guerra como un recuerdo del pasado.

Pero el tema de la paz no ha ocurrido en una sociedad pacífica. Tiene lugar en una sociedad en movimiento, convulsa. En el tema de la paz, lo primero que apareció en titulares de medios de comunicación es la idea sobada que la guerrilla había perdido la guerra. Sin detenerse a pensar que no hay dialogo entre derrotado y victorioso; que no se conforma un grupo de países amigos de la paz integrado en su momento por México, Colombia, Venezuela, España, Noruega, EEUU y que no hay mediación de las Naciones Unidas entre dos partes de una guerra que no existe. Ello porque la ONU se encuentra muy lejos el primitivismo de la política nacional. Solo la desinformación y la falta de memoria puede dar curso a una idea semejante. Es un tema a reflexionar, pero en serio.

En los meses posteriores a la firma de la paz, uno de los generales con mayor liderazgo, decía en una reunión que lo que pasaba en Guatemala era que las partes en guerra no se habían quitado las ganas y por ello la tensión que se vivía. Me refiero al teórico de cabecera de unos cuantos políticos de utilería. Es el momento que se traslada todo el arsenal de tonterías, creadas al calor de la guerra fría y la lucha contra el comunismo, a una supuesta guerra política, a eso que con pasmosa facilidad se denomina polarización, que en verdad es un discurso para que nadie se mueva, nadie proteste, nadie diga que no le parece el modelo político y económico que vivimos en el país. En suma, es el recurso encontrado para impedir cambios y en su momento, evitar los compromisos de la firma de la paz.

Luego hubo la especie que las dos partes eran iguales, que las dos fuerzas enfrentadas hacían lo mismo. A la vuelta de un cuarto de siglo vemos la naturaleza diferente de dos prácticas, dos concepciones. Dos resultados. De una parte, la comisión de la verdad dijo con claridad que el Estado era responsable del 95% de las violaciones los derechos humanos, incluyendo en esto el genocidio. Un porcentaje realmente menor, de un 3 o 4 % atribuido a las fuerzas guerrilleras y un porcentaje restante sin autoría identificada. Como es fácil concluir, no hay simetría posible. Salvo que se haga con aviesas intenciones. Las fuerzas guerrilleras siempre apostaron por el cambio social, por la democracia; mientras que el ejército y los sectores dominantes, por el mantenimiento del status quo, a sangre y fuego si era necesario. Desde su punto de vista si fue necesario, incluyendo el genocidio.

Otra de las ideas equivocadas sobre la firma de la paz, es que se habría negociado las condiciones para el impulso del neoliberalismo. Esto es algo que no se sostiene en términos políticos, académicos, científicos. La agenda trilateral, el consenso de Washington o las expresiones como los Chicago Boys, son absolutamente previos a los eventos de la paz en la región. A la firma de la paz ya el neoliberalismo estaba desbocado en todo el mundo. Solo un ejemplo: la minería o el petróleo ya estaban instalados en n nuestro país en la década de los 60-70. El asesinato de Julio Camey Herrera o Adolfo Mijangos por oponerse a la Exmibal dan cuenta de ello. De la misma manera, la ocupación del campamento de las Tortugas en los años 70 y la cantidad de sabotajes a las instalaciones petroleras en años posteriores dicen mucho más que discursos confusos.

De la misma manera que el desmembramiento del campo socialista creo las condiciones para la emergencia de teorías sobre el fin de la historia o el pensamiento único que campearon durante muchos años, en Guatemala hemos asistido en estos años a la incesante búsqueda del enemigo interno. Estos son apenas pequeños datos sobre los temas que deben formar parte del análisis sobre los 25 años despues de la firma de la paz. En esa dirección hago un llamado a la reflexión seria, documentada, y con la idea de demandarse las razones por las cuales la sociedad guatemalteca, no hizo suya una agenda que, a la fecha, es indispensable si queremos salir de la crisis en que nos encontramos.

Si se es medianamente objetivo, hay que convenir que la guerra de los 36 años se produce como resultado de la intervención del año 1954, por el cierre de espacios políticos, que incluyo cancelación de partidos políticos, sindicatos y asociaciones, y la represión desatada que ocurre desde entonces y que todo ello se encuentra inmerso entre los diferentes temas que se buscaba resolver por la vía de la firma de la paz. No de manera absoluta o total, sino de manera gradual, abordándolo de forma que ello no causara estremecimientos sociales y políticos. Pero vemos que el esfuerzo no pudo concluir de forma positiva.

Se puede decir que perdimos en el intento unos 25 años como sociedad. Por falta de comprensión de la agenda de la paz es que la misma fue objeto de críticas sin sustento, en ocasiones, de la misma izquierda en sus diferentes expresiones, por esquemas de naturaleza ideológica, Mientras que, en los sectores de poder tradicionales, la oligarquía vale decir, porque no tenían el menor interés en impulsar una agenda que en su globalidad, buscaba la democratización económica, social y política del país. No es menor la responsabilidad de la dirigencia guerrillera que hizo del sectarismo de los luchadores en las montañas, la tabla de medida para otros revolucionarios que siempre lucharon desde otras condiciones. Y ello permitió muchos desencuentros que a la fecha vemos su profundidad.

Y supuesto, la doble agenda del partido de gobierno en esos años, que, dirigido por Álvaro Arzú, borro con el codo lo que había firmado con la mano. La firma de la paz dio rienda suelta a una agenda diferente a la firmada en la mesa con el aval de la ONU, que simplemente vio cómo su autoridad era de tajo violada por el gobierno empresarial guatemalteco. Son hechos que no deben faltar en el análisis de este cuarto de siglo. El colofón de esa doble agenda es la consulta popular para validad unas pocas reformas constitucionales. Aquí se vio de cuerpo entero la adulteración por el partido de gobierno de la agenda pactada en la mesa con la ONU de intermediaria. Pero igualmente vio a la dirigencia guerrillera prisionera de malos acuerdos. Son los hechos que se ponen a la reflexión un cuarto de siglo después.

Se puede afirmar que, entre los temas de la paz pendientes, se encuentran aquellos que durante años se han planteado como básicos para intentar construir un país distinto. Cito de forma general: abordar la estructura de la tierra, lo fiscal, lo judicial, la reforma política, los derechos de los pueblos indígenas, la salud y educación como sistemas nacionales, las políticas de empleo, de salarios, y de forma importante de inversiones del estado en estos temas. Habría algunos más. Todos estos temas son los grandes pendientes que tenemos como país.

Se entienda o no, se esté de acuerdo o no. Pero no se puede pensar en vivir como en la actualidad. Aún más. Desde la firma de la paz a la fecha conocemos como sociedad un enorme retroceso. Lo que se ilustra con el desmantelamiento de la institucionalidad de la paz que vio la luz con la firma de los compromisos en diciembre de 1996. Y en la actualidad una tendencia inocultable a gobernar con medidas represivas, que no entienden, entre muchas cosas, que las demandas de la población tienen relación directa con el incumplimiento de los compromisos de la paz, que no está de más recordar, son compromisos de Estado.

Es en el terreno de las inversiones trasnacionales por ejemplo la presencia de la economía extractiva en gran escala, con todas las ilegalidades que comporta. Es el grave deterioro del medio ambiente que en los años de la firma no se veía de la manera que en la actualidad. Y es el gran problema nacional de los migrantes. No se puede pensar en la viabilidad de un país que expulsa a sus mejores trabajadores por falta de oportunidades en él. Es el resultado de un modelo agroexportador al que ahora se le agrega la minería, que como está demostrado no genera fuentes de empleo y otros satisfactores sociales. Y por supuesto, una visión finquera en las elites del país y en los grupos gobernantes.

Y ese retroceso tiene que ver con al incumplimiento de esa agenda. Se puede hablar de responsabilidades en ello, se puede incluso decir que todo es culpa de la ex guerrilla por haber firmado la paz, o porque se acomodaron al sistema, o porque se cansaron o cualquier idea de ese tipo. Pero lo que no se puede dejar de observar es que se trata de temas pendientes, que, si en un momento se incorporaron en los Acuerdos de Paz, es porque no podían por más tiempo ser ignorados y porque en las causas de la guerra estos temas estaban todos incluidos. Se buscaba resolver las causas que le habían dado origen a la guerra. Por eso se firmó la paz.

Incluso algunas tareas como la democratización política del país que no era ni siquiera abordable de fondo con la guerra en curso, tiene en la firma de la paz una enorme oportunidad perdida por la manera que los partidos políticos existentes han desaprovechado la posibilidad de modernizar el sistema de partidos, el sistema electoral, el desarrollo democrático del país. Por ello se puede pensar en un cuarto de siglo perdido. Los pequeños intereses se han interpuesto en los intereses del país, en el fortalecimiento de una democracia que realmente nos permita vivir en paz sin los demonios que nos llaman cada cierto tiempo a formas de enfrenamiento, que en su mayoría son verbales, pero ….

Ahora, a 25 años de la firma de la paz se puede decir que se fracasó en el intento de construir una sociedad democrática en condiciones de paz, con un renovado discurso de construcción democrática y con aliados en el terreno internacional, o que tenemos ante nosotros una enorme oportunidad si tomamos en serio esa agenda que se encuentra sepultada por la ignorancia de la misma, por la oposición a la misma, o por la incomprensión de su necesidad y urgencia, pero que forma parte de todos los proyectos que puedan existir para intentar mejorar las condiciones generales del país.

La agenda de la paz, engavetada como está, sigue siendo a pesar de sus enemigos jurados, que se encuentran en la oligarquía tradicional o en sus pequeñas falencias, una opción para nuestro país. Hacer de ello un compromiso nacional bien podría ser la alternativa que tenemos, pues es una agenda a pesar de todo, fue motivo de amplios consensos en nuestro país. Y a la fecha no hay nada que diga que perdió vigencia o que es parte de algo que no se puede echar adelante. Como vemos, aun podemos darle una oportunidad a la agenda de la paz. Aunque es necesario subrayar, que su construcción será en medio de fuertes tensiones políticas, con movilizaciones masivas, con propuestas políticas que no agraden a los defensores de la caricatura de democracia que tenemos.

Guatemala no podría alcanzar la gobernabilidad democrática mientras no se cumpla al menos, con los compromisos consensuados en la agenda de la paz. A ellos se deberá agregar nuevos debido a las realidades emergentes en este cuarto de siglo. Pero sin reformas es impensable la gobernabilidad y la democracia en nuestro país. Hoy vivimos no solo la falta de gobernabilidad, lo más grave es que asistimos a una demolición de la institucionalidad democrática del estado guatemalteco. No es solo el mal gobierno desde el ejecutivo, es la bancarrota del organismo legislativo y la destrucción de la justicia. Es una demolición en forma. Gradual, medida, dirigida por eso que se ha dado en llamar pacto de corruptos, que en verdad es el sinónimo de la oligarquía tradicional que gobierna el país desde la fundación de la república.

Como impulsor de la paz desde el primer momento de las negociaciones, me niego de forma rotunda a conmemorar un acontecimiento alrededor de un par de discursos vacíos, de unas cuantas rosas marchitas, en medio de la más alta hipocresía gubernamental, cuando en el país se construyen a ojos vista, nuevos escenarios de conflicto, se despliegan fuerzas militares o policiales sin ton ni son, se reprime manifestaciones, se persigue a los periodistas que investigan, se criminaliza las demandas obreras o campesinas, las demandas democráticas y hay un claro deterioro de toda la institucionalidad de justicia.

Guatemala a un cuarto de siglo de la firma de la paz, no goza de los beneficios de ésta. Vivimos en una ficción de democracia, en una ficción de la paz. Pero a pesar de todo, no hay vuelta al pasado de guerra. Esa es mi profunda convicción.

Guatemala noviembre-diciembre del 2021.

Comparte, si te gusto

PublicoGT es una publicación del Consejo de Investigaciones en Desarrollo, una entidad de investigación que desarrolla proyectos de comunicación social y análisis sociopolítico.

publico