Democratizar las sociedades

Autor: Jairo Alarcón Rodas
El lenguaje reafirmó la condición de homo sapiens en el homínido que irrumpió dentro de los mamíferos primates, que cualitativamente se mostró diferente. Su condición social, el trabajo cooperativo, los nexos filiales y la necesidad de legar a sus congéneres una interpretación sobre las cosas los obligó a buscar una forma de compartirlos.

La construcción del lenguaje articulado ha sido uno de los logros más grandes de la especie humana, la necesidad de establecer vínculos sociales determinó no solo la elaboración de un idioma hablado, sino también, la de uno escrito que impulsara su desarrollo. La naturaleza social y medio acabada de esta especie lo obligó a estrechar vínculos entre sus pares; como consecuencia, les fue obligatoria una forma de comunicarse.

Con el distintivo potencial racional, le fue posible a la humanidad la construcción de un universo abstracto y, a partir de ahí, sus ideas requerían de una envoltura exterior que hiciera patente el pensamiento y le diera funcionalidad efectiva a la comunicación por medio de la palabra. Fue así como el lenguaje, que posibilita la comunicación, también hizo posible la construcción del otro nivel de la naturaleza humana: el que surge de la relación directa con su circunstancia y se convierte en el aprendizaje y la asimilación que socializa como cultura.

El idioma tiene la función de hacer factible la comunicación, sin embargo, en la construcción del lenguaje, que se nutre de ideas, sentimientos y valoraciones personales, se originan distintos tipos de funciones, considerándose básicamente tres. La primera, según el emisor, es la expresiva; la segunda, considerando el mensaje, es la representativa, y la tercera, tomando en cuenta la labor del receptor, es la apelativa. La primera exterioriza los sentimientos, deseos, intereses y opiniones. La segunda, describe, informa lo que es la realidad y la última tiene como objetivo condicionar o alterar la conducta del receptor y se refleja en las oraciones imperativas, exhortativas e interrogativas.

Sin embargo, para al lingüista ruso Roman Jackobson existen seis funciones del lenguaje, siendo estas: la función referencial o informativa, la función emotiva o expresiva, la función apelativa o conativa, la función metalingüística, la función estética o poética, la función fáctica o relacional. La función informativa es la que describe lo que es la realidad y, consecuentemente, constituye la función esencial para el conocimiento y su transmisión por medio de la comunicación.
En tal sentido, fue la capacidad de construir un universo abstracto, conformado por símbolos y, con ello, la elaboración de un lenguaje articulado lo que convirtió al ser humano en un ser de innumerables potencialidades. De ahí que estos requieren de la socialización, de lo que aprenden para patentizar lo que son, pero la unidad lingüística que origina lo que transmiten verbalmente no debe ser problemática sino funcional.

Los idiomas surgen por la necesidad de la especie humana de comunicarse, constituyendo el mecanismo exterior del pensamiento traducido en palabras, necesario para la comunicación entre los distintos grupos de habitantes del planeta. Es un ordenamiento de signos que tienen una lógica determinada, que constituye un sistema de comunicación lingüístico que puede ser tanto oral como escrito, y se caracteriza por regirse según una serie de convenciones y normas gramaticales que garantizan la comunicación entre las personas.

Lo que no se nombra no existe dice en el Tractatus, Ludwig Wittgenstein, lo cual no significa que el nombrar determine la existencia de las cosas, que las palabras, como por arte de magia, determinan la presencia de las cosas, sino que el planteamiento lo realiza para resaltar la importancia de hablar sobre los hechos. Las palabras no les otorgan la existencia a las cosas, lo hacen simplemente en tanto que son palabras. Así, no porque alguien nombre una entidad, producto de su imaginación, esta va a existir. Las palabras no materializan los hechos, no cambian las actitudes humanas, son estas las que les dan vida a las palabras.

No surge un idioma, una lengua para entorpecer la comunicación sino, por el contrario, para hacerla más fluida. En el caso del lenguaje inclusivo, la crítica sobre su práctica deriva, por una parte, porque entorpece la comunicación y, por otra, que en nada cambia el accionar de las personas. El lenguaje disfraza el pensamiento. Las palabras muchas veces no reflejan en hechos lo que expresan.

Santiago Muñoz Machado, director de la RAE, dijo, en entrevista concedida al periódico el País el 26 de agosto del presente año, que el desdoblamiento gramatical del lenguaje inclusivo altera la economía del idioma. Este tipo de variantes la estropean. Y en efecto, si uno de los problemas capitales de la humanidad es la falta de comprensión en la comunicación, se debe tener más cuidado en su estructuración a modo de hacerlo más claro, fluido y conciso. No es necesario destrozar el idioma para democratizar la sociedad.

Más que pretender democratizar el lenguaje, más que establecer un lenguaje inclusivo se debe democratizar las sociedades, cambiar la conducta humana a modo de hacerla más incluyente y eso conlleva una transformación de valores que se asientan en condiciones materiales de vida. En una sociedad democrática, en donde se establece un orden democrático, cada individuo ve al otro como humano y tiene una importante labor en pro del bienestar de todos.

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PublicoGT es una publicación del Consejo de Investigaciones en Desarrollo, una entidad de investigación que desarrolla proyectos de comunicación social y análisis sociopolítico.

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