¿Tiene precio la dignidad?

Autor: Jairo Alarcón Rodas

En el sistema de transacciones utilitarias, en donde el capital prevalece, la dignidad pierde valor y se convierte en servilismo. Qué naturaleza tiene el ser humano, es acaso como lo señalaba Plauto, “lupus est homo homini”, el hombre es lobo para el hombre y, por lo mismo, hay que ponerle límites. A diferencia de los animales consolidados, el homo sapiens construye con el conocimiento y aprendizaje, para bien o para mal, lo que será, convirtiéndose en un ser inacabado.

Esa naturaleza humana, que al seguir la ruta de la inteligencia se hace indeterminada, construida sobre un andamiaje biológico, lo convierte en un ser con deseos, inquietudes, habilidades y excesos, de alcances insospechados, capaz de realizar las proezas más grandes y sublimes, así como las atrocidades, perjuicios y desmanes en contra, incluso, de su misma especie.

La mezcla de razón y sentimiento lo sitúa en condiciones de accionar solidariamente o lo contrario, dependiendo de la circunstancia en la que se encuentre y de lo que tome por valor dentro de su entorno para su vida. En el capitalismo, por ejemplo, al ser lo más importante la generación de riqueza, el eje central lo constituye el consumo, por lo que al sistema le interesa resaltar la individualidad y con ello, los valores egocéntricos.

El egoísmo es parte esencial de ese proceso, ya que todos persiguen sus propios intereses, lo cuales sumados al llamado emprendimiento, hacen de las personas ser competitivas, con ello se edifica una barrera entre el individuo y los otros, lo que impide el trabajo cooperativo, la lealtad y la solidaridad.

Comprar voluntades es muy común en un sistema donde lo que importa no es el ser humano, sino el capital que este produce. De ahí que en la bipolaridad de pobres y ricos, la percepción de lo que significa la dignidad queda suspendida por parte de unos, dada la urgente necesidad de satisfacer necesidades esenciales y por otros, a causa de la mezquindad que impele el poder de la riqueza, que interesadamente invisibiliza su valor a cambio de resaltar la mercancía.

Las capas medias que aspiran tener en vez de ser, incluso algunos que presumen de inquietudes sociales, de identificarse con consignas populares, de espíritu revolucionario, con aires de justicia, sucumben o, mejor dicho, muestran lo que verdaderamente pretenden a través de acciones indignas, que se traducen en simplemente elevar su estatus o en ser reconocidos a costa de los demás, poniendo al descubierto sus reales motivaciones. Pero si, como bien lo señala Herbert Marcuse, los seres humanos aprenden a ver y saber lo que realmente son, actuarán de acuerdo con la verdad, la dignidad cobra brillo. Así, sabrán reconocerse como humanos con los más altos ideales que su naturaleza merece.

Sin embargo, muchas veces los intereses personales prevalecen sobre los comunes, reiterando la idea de Thomas Hobbes, que el hombre es malo por naturaleza o, mejor dicho, egoísta. El Sistema imperante, construido sobre una determinada base económica, traen consigo una serie de valores que permiten seguir teniendo vigencia. Valores constructivos o destructivos según sea el modelo económico que impere y se imponga a la sociedad.

¿Qué valores se encuentran dentro del capitalismo, cuáles son los que fomenta? En ese sistema, el egoísmo, el individualismo, la competitividad y el pragmatismo en su sentido más burdo es lo que impera. Se puede esperar, por tanto, que, dentro de este sistema, la difusión sea de valores disociadores, en donde la traición y la desconfianza hacen de la convivencia en sociedad, un virtual estado de guerra. Un sistema que, en palabras de Huxley, “sería básicamente una prisión sin muros en la que los presos ni siquiera soñarían con escapar. Sería esencialmente un sistema de esclavitud en el que, gracias al consumo y el entretenimiento, los esclavos amarían su servidumbre”. Un estado donde impere el capitalismo salvaje.

Así, la cosificación de lo humano abre las puertas a que su dignidad se marchite, sea enterrada bajo la lapidaria frase de que el fin justifica los medios. La autenticidad del humano, su integridad como un ser racional, de conducta ineludiblemente social, es el valor esencial que hace de sus aspiraciones dentro de su trayecto existencial, un valor digno de ser respetado y de ninguna forma concesionado.

Facebook Comments Box
Comparte, si te gusto