Ser reconocido

Autor: Jairo Alarcón Rodas

Las conquistas traen consigo el sometimiento de los pueblos conquistados. Es decir que, por medio de la guerra, se obtienen territorios, poblaciones, riquezas y el poder sobre aquellos que se les ha vencido. El expansionismo de las llamadas naciones civilizadas en la búsqueda de riqueza trajo consigo la Conquista de América, suceso que se inicia con la llegada de Cristóbal Colón en 1,492, hasta aproximadamente el año 1,550. En ese encuentro de civilizaciones distintas, la extrañez constituye el denominador común.

Cuando las civilizaciones emergen por primera vez, dice Samuel Huntington, su gente suele ser vigorosa, dinámica, brutal, móvil y expansionista. Son relativamente incivilizados. De ahí que en el choque de civilizaciones la brutalidad se impone. Paradójicamente la civilización trae consigo actos incivilizados. El crecimiento de una cultura, su desarrollo trae consigo su expansionismo y, con ello, el atropello a los otros.

Así, la invasión española a otro continente, llamado posteriormente América, que se inicia con el quebrantamiento de la resistencia por vía militar, prosigue con el despojo de los recursos naturales y continúa con la imposición ideológica, determinó como medio de convivencia y relaciones de poder entre estos dos grupos, el servilismo y la obediencia impuestos por medio de la fuerza.

Se pretendió borrar todo vestigio cultural de los vencidos y su sometimiento. En ese proceso de dominación, se ve al conquistado como alguien extraño, diferente, como un ser inferior al que se le puede despersonalizar, borrar su memoria, su identidad, incluso su condición de humano. De ahí que este es el bárbaro, el incivilizado, el todavía no humano y, en el mejor de los casos, el que hay que reconvertir.

Ginés de Sepúlveda, siguiendo el concepto teológico-político desarrollado por los teólogos del catolicismo sobre la “Guerra justa”, intenta legitimar los mecanismos de brutal represión empleados durante la Conquista española en América. Sus argumentos versaron en torno a la desigualdad de los llamados indios en tanto seres humanos. Es más, señala Sepúlveda, la superioridad cultural resulta ser causa justa de guerra en contra de aquellos que por su inferioridad deben obedecer y renunciar a su condición.
Esclavizar al conquistado constituye una de las acciones que imponen aquellos que ven en la diferencia cultural, en los rasgos accidentales, la razón suficiente para agenciarse de mano de obra gratuita, para explotar y ejercer el poder sobre aquellos a los que ven y consideran diferentes. La esclavitud es a la vez, la forma de enriquecerse y de ser reconocidos como superiores.

La Conquista española dejó profundas huellas en el territorio guatemalteco, que se reflejan en las grandes diferencias sociales, discriminación y miseria que actualmente padecen la mayor parte de sus habitantes. La brutal agresión de los conquistadores en la que se internalizó la inferioridad de los indígenas para su dominación, al grado de invisibilizarlos. En el libro El laberinto de la soledad, Octavio Paz ilustra con agudez un pasaje de tal situación. Recuerdo, dice el autor, que una tarde, como oyera un leve ruido en el cuarto vecino al mío, pregunté en voz alta: «¿Quién anda por ahí?» Y la voz de una criada recién llegada de su pueblo contestó: «No es nadie, señor, soy yo.

Hay una inquietud latente por parte de los seres humanos en ser reconocidos, Hegel se refiere a ello como el deseo humano que es fundamentalmente deseo de reconocimiento. Tal deseo resurge con más fuerza al sentirse invisibilizados. Las diferencias que se construyen en lo humano, como consecuencia de adoptar rasgos, inquietudes, preferencias diferentes al común de los cánones establecidos, se convierte para los otros en una rareza, tabú, en repulsión.

Por otra parte, entre tanta diversidad de comportamientos, costumbres, preferencias, rasgos culturales, las personas se sienten mejor entre aquellas con las que encuentran algo común, puntos de convergencia, afinidades, son a esas las que valoran más ya que se ajustan a su ideal de vida. Sin embargo, esa distinción no debe socavar los deseos, preferencias e inquietudes de otros.

Invisibilizar a aquellos que no se les considera parte de lo reconocido, lo aceptado, lo propio, despreciarlos, históricamente ha sido la postura de los que, por ignorancia o conveniencia, anteponen prejuicios accidentales sobre aspectos esenciales de la naturaleza humana. Qué es lo que hace a esta especie ser lo que es, sin duda no es lo que los diferencia sino, por el contrario, lo que comparten en común.

Reconocer al otro en su individualidad significa admitir que lo humano, pese a la estructura común que caracteriza a la especie, adquiere diversidad de formas, criterios, apetencias, detalles que no deben alienar la condición esencial desvirtuando la dignidad o poniéndola en peligro, dado que constituye un derecho inalienable de las personas. Buscar comprender al otro a partir de su particular historia personal comienza con la apertura al diálogo.

Hoy en día, muchos grupos luchan por ser reconocidos, por ser visibilizados, aceptados; sin embargo, la comprensión de los aspectos que determinan la coexistencia pacífica entre distintas culturas permanece ausente, basta con aceptar, como lo plantea Charles Taylor, que la identidad es un acto de negociación que rompe las barreras del aislamiento a partir de un diálogo franco.

Así como las culturas cerradas, revestidas de etnocentrismos, están condenadas a enfrentarse violentamente, los grupos sociales, las personas que rehúyen el diálogo tienen por futuro el agredirse continuamente, poniendo en entredicho la condición humana. El ser reconocido constituye un derecho inalienable de todo ser humano y por lo tanto debe ser respetado.

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PublicoGT es una publicación del Consejo de Investigaciones en Desarrollo, una entidad de investigación que desarrolla proyectos de comunicación social y análisis sociopolítico.

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