¿Aprendió alguien algo de la catástrofe afgana?

por Manlio Dinucci

En su alocución del 16 de agosto sobre Afganistán, desde la Casa Blanca, el presidente Biden hizo una declaración lapidaria:
«Nuestra misión en Afganistán nunca tuvo como objetivo construir una nación. Nunca apuntó a crear una democracia unificada y centralizada.» [1]

Con esas concisas palabras, el presidente de Estados Unidos enterró inesperadamente la narración oficial que acompañó durante 20 años la «misión en Afganistán», misión a la que Italia [y otros países como España, Francia, Alemania, etc.] dedicó vida humanas y miles de millones de euros provenientes de sus fondos públicos.

«Nuestro único interés nacional en Afganistán sigue siendo hoy lo que siempre fue: impedir un ataque terrorista contra la patria estadounidense», agregó Biden.

El Washington Post, deseoso de limpiar su propio armario de esqueletos (las hoy llamadas fake news), lanza el oprobio sobre esas palabras de Joe Biden al señalar que:

«Los presidentes de Estados Unidos y los dirigentes militares engañaron deliberadamente al publico sobre la más larga guerra estadounidense, librada en Afganistán durante dos décadas.» [2]

El público fue «deliberadamente engañado» desde que –en octubre de 2001– Estados Unidos, junto a Gran Bretaña, atacaba e invadía Afganistán para dar caza a Osama ben Laden, designado como la persona que había ordenado el ataque terrorista del 11 de septiembre (cuya versión oficial hacía agua por todos lados [3]).

Pero el objetivo real de esa guerra era concretar la ocupación del territorio afgano, de primera importancia geoestratégica por tener fronteras con las tres repúblicas centroasiáticas ex soviéticas (Turkmenistán, Uzbekistán y Tayikistán), y con Irán, Pakistán y China (específicamente con la región autónoma de Xinjiang (o Sinkiang).

En aquella época, ya se veían señales claras de acercamiento entre China y Rusia. Los presidentes Jiang Zemin y Vladimir Putin habían firmado el Tratado de Buena Vecindad y Cooperación Amistosa, definido como «piedra angular» de las relaciones entre sus países. Washington veía la naciente alianza entre China y Rusia como una amenaza para los intereses estadounidenses en Asia, precisamente en momentos en que Estados Unidos trataba de ocupar el vacío que el derrumbe de la URSS había dejado en Asia central. «Existe la posibilidad de que surja en Asia un rival militar con una formidable base de recursos», advertía el Pentágono en un informe fechado el 30 de septiembre de 2001.

Lo que realmente estaba en juego quedaría demostrado por el hecho que, en agosto de 2003, la OTAN –bajo las órdenes de Estados Unidos– se apoderaba del «papel de líder de la ISAF», la fuerza internacional de asistencia para la seguridad que la ONU había creado en Afganistán, en diciembre de 2001. A partir de aquel momento, más de 50 países, entre miembros y socios de la OTAN, participaron bajo las órdenes de Estados Unidos en el conflicto desatado en Afganistán.

El balance político-militar de esa guerra, que hizo correr ríos de sangre y devoró enormes cantidades de recursos, es catastrófico: cientos de miles de muertos entre la población civil afgana, abatidos durante las operaciones bélicas, así como una cifra incalculable de «muertes indirectas» provocadas por la pobreza y las enfermedades favorecidas por la guerra.

Sólo Estados Unidos gastó, según el New York Times, más de 2 500 millardos de dólares [4]. Para entrenar y armar a los 300 000 soldados del ejército gubernamental, que se derrumbó en pocos días ante el avance de los talibanes, Estados Unidos desembolsó unos 90 000 millones de dólares. Por otro lado, unos 55 000 millones asignados a la “reconstrucción” en gran parte se dilapidaron debido a la ineficacia y la corrupción.

Y los más de 10 000 millones de dólares dedicados a operaciones antidrogas parecen haber arrojado un resultado totalmente contrario a lo esperado ya que la superficie total de tierras dedicadas al cultivo de la adormidera (Papaver somniferum) –planta a partir de la cual se obtiene el opio– se multiplicó por 4 y Afganistán produce actualmente el 80% de todo el opio que se fabrica ilegalmente en todo el mundo.

También vale la pena detenerse en la historia de Ashraf Ghani, el presidente afgano que huyó hacia un exilio dorado. Educado en la Universidad Americana de Beirut, Ashraf Ghani hizo carrera en las universidades estadounidenses de Columbia, Berkeley y John Hopkins… y en el ?Banco Mundial, con sede en Washington. En 2004, ya como ministro de Finanzas de Afganistán, Ashraf Ghani obtuvo de los países “donantes”, como Italia, un «paquete de asistencia» de 27 500 millones de dólares. En 2014, en un país en guerra y ocupado por las tropas de ?Estados Unidos y la OTAN, Ghani se convirtió en presidente, oficialmente con el 55% de los sufragios. En 2015, el presidente italiano Sergio Mattarella lo recibía en Roma con todos ?los honores y en compañía de la ministro de Defensa Roberta Pinotti, quien ya se había reunido con Ghani un año antes en Kabul.

Esta catastrófica experiencia de Afganistán se agrega a las que Italia ya vivió antes por haber participado –en violación de su propia Constitución– en las guerras de la OTAN en los Balcanes, en el Medio Oriente y en el norte de África. Pero las formaciones políticas representadas en el parlamento italiano no parecen haber sacado ninguna enseñanza de todo eso.

Mientras en Washington el propio presidente Biden hecha abajo el edificio de mentiras sobre los «elevados objetivos humanitarios» que supuestamente motivaron la participación de Italia en la guerra de Afganistán, en Roma, como en la novela de George Orwell 1984, se sigue dando la espalda a la historia.
Manlio Dinucci

Fuente
Il Manifesto (Italia)

[1] «Alocución de Joe ?Biden sobre Afganistán», por Joseph R. ?Biden Jr., Red Voltaire, 16 de agosto de 2021.

[2] “U.S. exit ?forces a reconsideration of global role”, John Hudson y Missy Ryan, The Washington Post, 18 ?de agosto de 2021.

[3] L’Effroyable imposture, ?Thierry Meyssan, Demi-Lune, 2002.

[4] 1 millardo = 1 000 millones

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PublicoGT es una publicación del Consejo de Investigaciones en Desarrollo, una entidad de investigación que desarrolla proyectos de comunicación social y análisis sociopolítico.

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