Todos quieren negociar con el Talibán

Patrick Cockburn The Independent
Mientras los combatientes del Talibán entran en Kabul, todos, desde el gobierno de Estados Unidos hasta los policías, buscan hacer un trato con los nuevos gobernantes de Afganistán. Como alternativa, buscan huir del país lo antes posible.

El régimen afgano accedió el fin de semana a un gobierno de transición, lo que evitará un asalto militar directo a la capital y permitirá una transferencia pacífica del poder. Por lo menos al principio de esta transición, puede ser de interés para el Talibán mostrar un rostro moderado y no exacerbar la oposición dentro y fuera del país con ejecuciones y castigos públicos.

Desde el punto de vista de los afganos, el ex presidente Trump realizó en 2020 una serie de acuerdos unilaterales que benefician al Talibán, enfoque confirmado por el presidente Biden en su discurso del 14 de abril pasado. Biden reiteró que la retirada final del ejército estadunidense culminará en el vigésimo aniversario del 911, pasara lo que pasara.

Resulta evidente que, al fijar una fecha tan terminante, Biden no previó que estaba echando a andar la bola hacia la completa desintegración de las fuerzas opositoras al Talibán cuatro meses después. Es probable que, al enfatizar la inmediatez y totalidad del retiro militar estadunidense, probablemente la Casa Blanca buscara ganar crédito entre los electores de su país, que se han vuelto cada vez más hostiles al involucramiento en guerras en el extranjero. El impacto desgarrador del anuncio de Biden en Afganistán recibió muy escasa atención.

Muchos afganos pensaron que, si los estadunidenses estaban llegando a un acuerdo con el Talibán, ellos no deberían quedarse atrás si querían maximizar sus probabilidades de garantizar su supervivencia personal. «Las personas comenzaron a preguntarse por qué deberían sacrificar su vida por una causa perdida y no llegar a un acuerdo con el Talibán, tal como los estadunidenses acababan de hacerlo», comenta una observadora afgana, quien destaca que los milicianos no encontraron oposición militar cuando cruzaron el norte del país, tradicionalmente hostil.

En provincias dominadas por comunidades tayikas, uzbecas y hazaras, los talibanes, procedentes en su mayoría de las comunidades pastunes del sur de Afganistán, no encontraron resistencia armada. Sin embargo, antes de 2020 esa región era el corazón de la Alianza del Norte, enemiga del Talibán. «Queda claro que los líderes locales y los señores de la guerra de la Alianza del Norte llegaron a sus propios acuerdos y rehusaron alinearse detrás del gobierno», señala la observadora.

Oficiales militares abandonaron los bastiones que habían sostenido durante dos décadas, en tanto ciudades y poblados se rindieron sin combatir, la última de los cuales fue Jalalabad, en el este. «Me he quitado el uniforme y lo he escondido», dice Najib, policía de 35 años en esa ciudad, la cual cayó este sábado sin un solo disparo. Por todos lados los talibanes ondeaban banderas blancas.

En un mensaje a un amigo en Europa que mostró a The Independent, Najib expresa la esperanza de que el Talibán mantenga su promesa de «no dañar a nadie que no se le haya resistido». Como muchos afganos en las fuerzas de seguridad, Najib llegó la semana pasada a la conclusión, mientras una ciudad tras otra caía sin combatir, que el Talibán ganó la guerra.

Por todo el país, individuos y familias llenos de temor intentan desesperados calcular cómo pueden sobrevivir o escapar al nuevo régimen. A muchos les gustaría huir, pero no saben cómo o adónde podrían dirigirse.

En la ciudad de Herai, en el extremo oeste de Afganistán, cerca de la frontera iraní, un acaudalado empresario llamado Farid relata, en otro mensaje a un amigo: «los últimos tres días hemos estado escondidos en el sótano. No sabemos qué quiera hacer el Talibán. Tenemos suficiente comida por ahora, pero pronto necesitaremos salir al mercado».

La familia había pensado salir de Herai en años recientes, pero la elección no era fácil. La ciudad estaba en relativa paz y ellos tenían propiedades allí, así como prósperos huertos de pistache y almendra. Farid consideró construir un hospital privado en el que sus hijas, médicas de profesión, pudieran trabajar, pero abandonó la idea al deteriorarse la seguridad en los dos años pasados.

En cambio, él y su familia se fueron seis meses a Estambul, pero las restricciones por el Covid-19 dificultaron las condiciones y tuvieron que regresar a la ciudad donde ahora están atrapados en el sótano.

Otros, que en el pasado habían rechazado la idea de salir del país, ahora quieren hacerlo. Mustafá, primo de un ciudadano canadiense, alguna vez se desempeñó como traductor, pero la falta de trabajo lo obligó a manejar un taxi en Kabul. Aún así, decía ser feliz en Afganistán… hasta los días recientes, cuando le envió un mensaje a su primo para preguntar «sobre las probabilidades de obtener una visa canadiense (Canadá ha ofrecido recibir 20 mil refugiados afganos)».

Las mujeres en Kabul no dudan que enfrentan un porvenir sombrío. Mursal, cineasta y periodista independiente, señala que bajo el Talibán «no habrá respeto para las mujeres, la cultura o el cine, y no habrá forma de salir a trabajar». Najmia, mujer mayor y maestra, que experimentó el gobierno talibán hace 20 años, expresa: «No esperaba tener que volver a dar clases, pero parece que así será». También ella pregunta si no será demasiado tarde para obtener una visa para residir fuera del país.

No todo el mundo está atorado en Afganistán. La señora Abadi, ciudadana británica nacida en Irán, que trabaja en una ONG, señala: «es triste que tantas personas quieran irse, en especial si tienen hijas. ¡Qué desastre han dejado los estadunidenses!» Ella planea residir en Irán por un tiempo, pero se propone volver cuando la situación se aclare. Tal vez será una larga espera.

© The Independent

Traducción: Jorge Anaya

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PublicoGT es una publicación del Consejo de Investigaciones en Desarrollo, una entidad de investigación que desarrolla proyectos de comunicación social y análisis sociopolítico.

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