Construir una cultura democrática

Autor: Jairo Alarcón Rodas
Es sumamente difícil transformar a una sociedad en la que la corrupción ha corroído sus bases y se ha convertido en parte del ideario de su gente. En un país en el que, desde el Estado, se disemina miseria e ignorancia e impunidad, que da por resultado la profunda crisis en la que por largo años padece Guatemala, un país como este, controlado por un “Pacto de Corruptos”, requiere de su refundación, de una nueva constitución.

Algunos maliciosamente consideran que no se le debe echar la culpa de lo que sucede actualmente al pasado, es decir, a la explotación y miseria que, por más de quinientos años, han vivido la mayor parte de guatemaltecos y dicen que es el momento de olvidar lo sucedido y vivir el presente borrando de la memoria lo ocurrido, pues con emprendimiento y fortaleza, por parte de cada uno de los habitantes de este país, el futuro será mejor para todos. Se olvidan estos personajes que el ser humanos es un ser histórico, que se constituye como tal a través de la serie de experiencias buenas o malas que acumula y, desde luego, que son estas las que definen su personalidad.

El ser humano aprende lo que lo hace ser, es por lo que, en palabras de Nietzsche, es un animal no consolidado, no está hecho para una determinada función, sus facultades intelectivas le posibilitan realizar un sinfín de funciones. Como consecuencia, aprender lo que será es producto de enseñanzas y vivencias, de un compendio de saberes establecidos que la sociedad pone a disponibilidad a través de la cultura y que este aprende a través de la endoculturación. De ahí que, según sea lo aprendido así serán las herramientas con las que podrá enfrentar su circunstancia.

Ex nihilo nihil fit, de la nada, nada adviene, dice un viejo proverbio y en tal sentido, pensar que los seres humanos no arrastran vivencias, experiencia del pasado, es como suponer ingenuamente que los seres vivos son producto de la creación. Marx decía, los seres humanos hacen su propia historia, aunque bajo circunstancias influidas por el pasado. Y en un sistema en donde históricamente se ha despojado de oportunidades a muchas personas, recordarlo para no cometer los mismos errores, se convierte en necesidad imperiosa.

El borrón y cuenta nueva solo es posible en la mente de aquellos que, engañados ideológicamente, piensan que las personas son seres del presente y, sobre todo, en las intenciones de los que, aprovechándose de las circunstancias ventajosas que obtuvieron ilegítimamente en el pasado, fortalecen un sistema que niega las oportunidades de desarrollo digno para todos los guatemaltecos. Así, son esos mismos los que niegan cualquier influencia del pasado en las condiciones del presente, para servirse de tales ventajas y continuar con su estatus de privilegios y acrecentar su riqueza.

Si embargo, es necesario construir una cultura democrática que socave los cimientos del sistema, delinear lo que significa una sociedad justa, para dignificar a los guatemaltecos. Es claro que solo un cambio de estructuras transformará a este país y posibilitará salir de un Estado de perversión en el que actualmente está.

Una cultura democrática se construye a través del fortalecimiento del pensamiento crítico, es decir, que cada individuo pueda juzgar con criterio la importancia de vivir en sociedad y, desde luego, la responsabilidad que ello conlleva. La necesidad de vivir dentro de una colectividad amerita el respeto al otro y el reconocimiento de que, aún existan diferencias accidentales, lo esencial prevalece entre los seres humanos y es lo que permite la armonía.

Y como bien lo ha dicho Charles Taylor, la política de la dignidad igualitaria se basa en la idea de que todos los seres humanos son dignos de respeto por igual. Dignidad a la que todos tienen derecho, pero algunos no son conscientes de ello o se olvidan de su valor dentro del contexto social. Dignidad entendida como el respeto a uno mismo, a sus semejantes y a todo ser vivo en el planeta. Ser digno conlleva la necesidad de que todos los seres humanos sean tratados de igual forma ante la ley, con justicia y equidad, pudiendo gozar de los derechos fundamentales que su condición derive. Por lo que ninguno deberá mancillar esos derechos, los cuales son irrenunciables.

Es precisamente la dignidad, que la mayoría de los guatemaltecos la tienen extraviada a causa del sistema perverso que los sitúa frente al dilema de rescatarla a cambio de arriesgar la vida, la que se pretende restaurar con la refundación de un nuevo Estado nación. Cuando está de por medio la existencia, los valores, la dignidad quedan en segundo plano.

La transformación de las estructuras del Estado, que dé por resultado el abandono de la explotación del hombre por el hombre, los índices de corrupción, miseria y los privilegios que goza determinado sector de la sociedad en detrimento de esta, cobra relevancia en el establecimiento de un sistema democrático, humano y justo. De ahí que, no puede existir una cultura democrática sin la responsabilidad y el respeto a la vida y, desde luego, con el pleno reconocimiento de la dignidad del otro.
Construir una cultura democrática implica cambios sustanciales, demandas genuinas y la participación crítica en la búsqueda y consolidación de una mejor sociedad para todos.

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PublicoGT es una publicación del Consejo de Investigaciones en Desarrollo, una entidad de investigación que desarrolla proyectos de comunicación social y análisis sociopolítico.

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