Venezuela: medallas olímpicas, política y la disputa por los símbolos

FRANCO VIELMA, PERIODISTA VENEZOLANO

Justo ahora concurre para Venezuela uno de sus hitos políticos más importantes de tiempos recientes: las Olimpiadas de Tokyo 2020. ¿Qué, acaso unas olimpiadas que se realiza en otro país es un evento político para nosotros? Por supuesto que sí, más aún tratándose de Venezuela, pues la política es afortunadamente nuestro deporte nacional.

Partamos explicando que toda convención social es también un acto político. No hay lo uno sin lo otro. Por otro lado, el deporte no está despolitizado en lo absoluto, por los intereses (económicos, nacionales, identitarios y de diversa índole) que en él confluyen. El deporte es una convención social y la forma en que lo interpretamos también lo es.

El hito que concurre en Venezuela es la mezcla y la interacción de reacciones que han surgido por la que es, sin dudas, la más importante cosecha de medallas en toda la historia olímpica nacional, que data desde 1948.

Los atletas son, todos, resúmenes de historias personales, procedencias y sentidos comunes que han aflorado y han sido interpretados por el país.

Por supuesto, sus hitos deportivos han sido trasladados a la arena política frontal desde diversas direcciones y, por ello, conviene hacer esta lectura.

LA IDENTIDAD Y LA PROCEDENCIA

Cada medalla alcanzada por venezolanos en días recientes ha sido, en la mayoría de los casos, detonante de una gran alegría. Pero en simultáneo a estas reacciones ha ocurrido un debate, de muchas maneras desordenado, pero debate a fin de cuentas, sobre las procedencias y las identidades de los atletas, a quiénes representan y a quiénes no, quiénes nos identificamos con ellos y quiénes no.

Este desahogo ha quedado expuesto, haciendo relieve de una disputa por los códigos y los sentidos comunes.

Ocurrió con Julio Mayora (plata en halterofilia), la primera medalla en la zafra de este año. Fue el primero en hablar con Maduro y le dedicó su medalla a Chávez en el cumpleaños del Comandante. Ello vino con su piel de negritud, por su apellido tan común en La Guaira y por su procedencia de la clase popular. Su rostro es el de cualquier joven en cualquier rincón del país.

Sobre Keydomar Vallenilla (plata en halterofilia), se habló de sus orígenes, Las Brisas en la Cota 905, zona popular que hace poco fue punto de enfrentamiento entre las fuerzas del Estado frente al hampa paramilitarizada que ha emboscado la tranquilidad del país. La Cota 905 había sido declarada «perdida» por muchos que en alarde de un nazismo tropicalizado llamaron a «bombardearla» porque los que allí viven «no sirven».

Daniel Dhers (plata en BMX Free Style), de Chacao (Caracas), se fue hace mucho de Venezuela a Estados Unidos. Es desde hace dos años ciudadano estadounidense. Es ícono mundial de un deporte costoso y arraigado solo entre jóvenes de la clase media. Es, además, un próspero empresario de su especialidad, patrocinado por Red Bull, Verizont y otras marcas. No se le conocen profundos vínculos deportivos con el gobierno venezolano y durante estos días se afirmó que, por «no deberle nada al gobierno», se lo afiliaba a la oposición venezolana. Se esperaba que diera un batacazo antichavista, pero habló con el presidente Maduro en una conversa muy fluida y amigable.

Yulimar Rojas (oro en salto triple, imponiendo récord olímpico y récord mundial en una misma velada), caraqueña criada en el oriente del país, en el Anzoátegui más pobre. Aristóbulo Istúriz fue uno de los primeros en ver su talento y así el chavismo apoyó sus primeros largos saltos. Yulimar le puso una medalla a Maduro, su plata olímpica de hace cinco años. De origen pobre, negra y lesbiana, algo que todavía es causal de rechazo por muchos odiosos en Venezuela, Yulimar es hoy una gloria de 15,67 metros. Una gloria tan extensa y tan pesada como las ilusiones del país, al punto de que ella puede sostenerlas en sus largas y poderosas piernas. Es la atleta más completa de la historia nacional y de las mejores del mundo.

La semblanza de estos atletas ha sido el principal referente de una disputa por los relatos que pocas veces hemos conocido en estas denominaciones y magnitud. El caso de Mayora dio pie para que todo el país comenzara un forcejeo sobre la identidad política de los medallistas.

Seguidamente, la confrontación sobre la procedencia de ellos nos trasladó a la disputa de la mejor visión de país y cuál se veía representada en las hazañas de estos deportistas.

Esta confrontación también desató los códigos sobre la identidad de clase y hasta de raza. «Es negro, no tiene nada, viene de un barrio, seguro es chavista», leímos por ahí. O como Daniel Dhers «es medio gringo y tiene plata», «no va a atenderle llamadas a Maduro y tal vez llame a Guaidó».

Los casos más desaforados fueron aquellos en los que algunos antichavistas se mostraron decepcionados y frustrados, porque algunos atletas eran o podrían ser chavistas. Celebrar sus victorias sería celebrar al chavismo, dijeron algunos.

No hay condiciones sociales o intelectuales para el cretinismo. Reacciones como esas las vimos en gente random en las redes, pero incluso también en la «culta» y afamada pianista venezolana Gabriela Montero, quien dijo que una medalla era una «lavadora» de imagen del chavismo. El informercenario Nelson Bocaranda llegó al punto de burlarse de los pesistas refiriendo gente pobre cargando bombonas de gas.

Hay más. El «connotado» economista Ángel García Banchs pidió «respeto» a su «opinión» de que Yulimar era una «vergüenza nacional», además de llamarla «corrupta» y «sin principios». Y para colmo, varios «influencers» y llamados «comediantes» venezolanos en una gran escasez de creatividad refritaron entre sí el chiste de que Daniel Dhers es el santo patrono o el ídolo de los deliverys venezolanos, una «inocente» burla por extensión a muchos compatriotas que dentro y fuera de Venezuela trabajan de tal manera para ganarse la vida. Hay muchas expresiones más, y por nombrarlas se acabarían estas limitadas líneas.

Desde varios códigos, direcciones y ángulos, muchas veces solapadas en el «humor» o en los pliegues de la «discusión política», se apuntaló una discusión de sentidos comunes y de identidad de clase que se dio en varias denominaciones para despotricar, pero también para reafirmar posturas.

UN DEBATE «DEPORTIVO» Y POLÍTICO QUE NOS APUNTÓ A LOS VÍNCULOS

Hay patologías psicosociales que afloraron, tristemente, en medio de la madeja de mensajes y reacciones en redes sociales conforme ocurría cada medalla. Se manifestaron expresiones de descalificación automática al mérito a algunos atletas al afirmarse o suponerse su filiación política chavista.

Incluso, Daniel Dhers, el favorito de los opositores en Instagram, fue blanco de muy duras críticas por hablar con Maduro por teléfono, por llamarlo «hermano» y ponerse a disposición para fortalecer su deporte en el país, pues aquello distaba mucho de lo que algunos esperaban de él.

A Daniel Dhers lo desarraigaron, solo que en su caso apareció ese complejo inoculado en el tercer mundo de la falsa inferioridad propia. A Dhers algunos lo tomaron como su medallista favorito porque el hombre es una marca internacional y, bueno, ha tenido la «caridad», la «humildad» de participar con Venezuela pudiendo hacerlo con la bandera de Estados Unidos.

Lo cierto es que Dhers, pese a su apellido, se siente más venezolano que la arepa con diablitos, pero algunos siguen viéndolo más gringo que Willie Nelson. No habría toda esa construcción imaginaria si Dhers fuera residente en Perú.

Surgieron falsas creencias de superioridad frente al otro, frente al adversario, fundadas en la supuesta superioridad moral, racial y de clase. La vimos cuando algunos afirmaron que Mayora no era chavista, sino que necesitaba una casa para su madre quien vivía en «un basurero», o cuando afirmaron que Keydomar habló con Maduro por conveniencia, o peor aún, que lo hacía «bajo presión y chantaje». Algo así como si eres negro y creciste en un hogar pobre, tu palabra no cuenta sino que hay un interés detrás, o eres un esclavo que en pleno siglo XXI obedeces a latigazos.

Vimos las patologías originadas en el odio, como la falta de empatía y negación de la identidad y la procedencia del otro. Lo vimos toda vez que se afirmó que Yulimar ya era española, desarraigándola por entrenar allá, que la entrenaba el FC Barcelona y que era demasiado buena atleta y que por ello «seguro ella ya no es chavista, pues ya tiene dinero y no tiene que sacarle nada al gobierno».

Veamos que en resumen lo negativo que se ha dicho estos días sobre los atletas ha apuntado a nuestros vínculos, a nuestros relatos, a nuestros imaginarios como país. El afán de algunos de destruir a los atletas es precisamente para destruirlos a ellos como símbolos.

Esto concurre en un tiempo político en el que erróneamente algunos han dado al chavismo como extinto y simbólicamente aniquilado. Si así fuera, no habría asociaciones automáticas a cualquier atleta de piel morena con el chavismo. Estos días se ha corroborado que la identidad chavista sigue siendo un factor transversal, presente en los imaginarios, tanto para los que celebramos como para los odiadores de oficio.

Seguidamente, la imagen del país disminuido, sin prestigio nacional e internacional, sigue yéndose al traste con una recuperación progresiva de la presencia y prestigio de Venezuela. Esto no va solo a los deportes, aunque el país tenga su mejor zafra olímpica en sus peores tiempos económicos (digámoslo, a causa del bloqueo). En otros ámbitos de la política, hay posiciones apreciables de que no estamos en marzo de 2019 y que, por fracasar, han desescalado en buena medida la virulencia de las presiones y las referencias negativas contra el país.

En el terreno de los hechos, el chavismo, el cual patenta los principales códigos identitarios nacionales, ha prevalecido en pie, no así sus adversarios locales.De ahí que este debate que ha ido al choque de nuestros vínculos y nuestros imaginarios, que ha apuntado a los atletas, es rasgo de un país que sigue disputándose en las arenas que encuentra como oportunas, entre la celebración de unos y la crispación de otros. Entiéndase que las exasperantes reacciones de los antichavistas por estas cuestiones de deporte, refleja un profundo nivel de frustración que ha sido creado en la arena de la política frontal.

El deporte, el logro, el símbolo de país y sus referentes, aparecen ahora con medallas y por eso las disputamos, aunque las medallas sean para todos, como han dicho los atletas. Las disputamos porque las necesitamos y porque hubo otros referentes que quedaron atrás. Hagamos memoria a corto plazo.

Los guarimberos, el terrorista Óscar Pérez, la teatralidad de Lilian Tintori, el Koki y su banda, incluso el mismo Juan Guaidó, que han sido marcas circunstancialmente fabricadas por el relato antichavista desde diversos ángulos como referentes identitarios juveniles nacionales, han sido derruidos y avasallados uno por uno. Fueron símbolos efímeros, fracasaron.

Tomemos en cuenta, entonces, que precisamente los que alzaron esos fallidos símbolos se han unido a las críticas y al desahogo absurdo contra los atletas.Agreguemos a todo esto que la marca simbólica que Chávez puso a los atletas nacionales, «La Generación de Oro», terminó siendo un mantra vigente que ha servido de vehículo en este caldo de desahogos y de choque de imaginarios.

Aunque algunos llamen a esta disputa de manera trágica como «polarización», lo cierto es que no hay tal cosa pues el país no está proporcionalmente dividido en estas posturas. La verdad desde los hechos es que una inmensa mayoría nacional se ha unido en la alegría gracias a nuestros atletas.

Fue de lo lindo leer miles y miles de expresiones bonitas de la gente, defendiendo a los atletas, su color, su origen. Muchísimos reafirmándose como ellos, identificándose en ellos.

Un evento deportivo, como dijimos, es también un acto político, una convención social. Estas medallas que nos han ocurrido han sacado los varios rostros con los que convivimos, que quedan como virtudes y miserias a flor de piel. Hay que reconocernos en ellas para tomar posición política y para esto también sirven los deportes. Nos dicen quiénes ganan y quiénes pierden. Nos dicen hacia cuál lado inclinarnos, a definir nuestro estado anímico, si celebramos o nos asumimos derrotados.

En esta reyerta por los relatos y en el forcejeo por los mejores referentes de país, gana, como dijo Yulimar, la gente «guerrera y bonita». Pierden los despotricadores y odiadores seriales.

Observatorio de la Crisis

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PublicoGT es una publicación del Consejo de Investigaciones en Desarrollo, una entidad de investigación que desarrolla proyectos de comunicación social y análisis sociopolítico.

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