Aulas para reír llorando

Por: Mario Roberto Morales

Sócrates, Esopo y otras insensateces.

Hace una semana, una niña que cursa el quinto grado de primaria en un colegio de la zona uno, me contó que, después de oír de pasada un nombre extraño en YouTube, le preguntó a su maestra: “Miss, ¿qué o quién es Sócrates?” A lo que la maestra respondió oronda: “Sócrates es un escritor y pensador muy famoso. No sé si ya murió o si todavía vive. Me parece que escribió las Fábulas de Esopo”.

De inmediato recordé otras conocidas afirmaciones y respuestas similares ante preguntas tales como: “¿Qué opina del pensamiento de Ortega y Gasset?” “Bueno, a Ortega lo estoy empezando, y a Gasset lo voy a leer después”. Y: “¿Qué opinión le merece ‘El dinosaurio’ de Augusto Monterroso?” “La verdad es que no podría darle una opinión todavía porque lo llevo a la mitad”. O afirmaciones como: “Mi escritora favorita es doña Sara Mago”. Y, finalmente: “Me gusta el ‘Verde, que te quiero verde’ de Miguel Ángel Asturias”.

Si Sócrates escribió las Fábulas de Esopo entonces Shakespeare pudo escribir las obras de Cervantes, y Picasso pintar los cuadros de Dalí. En afirmaciones como estas, toma cuerpo una confusión histórica mortal para la inteligencia de los estudiantes y para la posibilidad de desarrollar su pensamiento crítico. Y lo mismo ocurre cuando algunos profesores hacen aseveraciones “profundas” mediante el “hablar difícil” para parecer más cultos. Por ejemplo, el profe de filosofía que con solemnidad espetaba de pronto, como iluminado por una revelación divina y ante el asombro de sus alumnos: “He llegado a comprender que el proceso triádico de la dialéctica hegeliana es diametralmente opuesto a la concepción ontológica parmenídica”.

El denominador común de estos tragicómicos casos es la ignorancia. La cual resulta menos dolorosa cuando quienes hacen afirmaciones parecidas no se dedican a la educación formal. Por ejemplo, los presidentes de países tropicales, los ministros de economía, finanzas, educación o cultura y los pastores de megaiglesias. Pero cuando las hacen maestros de primaria o de universidad, la negra comedia del histórico crimen oligárquico-militar contra la inteligencia de nuestros países cobra tétrica forma en la inducida estupidez de nuestros estudiantados y sus mentores.

¿Cuántos profesores de literatura explican, después de afirmar que la literatura es muy importante, en qué consiste esa importancia? ¿O la de la filosofía? Digo, solo para que los estudiantes comprendan por qué y para qué estudian estas disciplinas. Porque si no lo comprenden, pueden llegar a viejos pensando que Sócrates escribió las Fábulas de Esopo, que Asturias hizo los poemas de Lorca y que el caballo blanco de Napoleón era azabache. No en balde la sentencia socrática “solo sé que no sé nada” se suele interpretar en esta era de la posverdad y del total relativismo posmoderno como una invitación a la ignorancia, la estulticia y la molicie. Y si lo dijo Sócrates, ¿quién soy yo para pretender saber algo? Ante esto, el que Sócrates haya escrito las Fábulas de Esopo no es solo posible, sino un hecho histórico. Después de todo, hoy se suele interpretar la afirmación nietzscheana de que no hay hechos sino solo versiones de los hechos, como una licencia para afirmar cualquier idiotez que se nos ocurra.

Llegados este punto, resulta obligado culminar este triste divertimento recordando a otro profesor de filosofía. Aquel que empezaba su curso mirando al techo y exclamando con solemne gravedad: “Sócrates, quien, como su nombre lo indica, era un filósofo…”

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