Poulantzas y el papel del Estado

Traducción: Asociación Cultural Jaime Lago
La Mayoría

Mayo de 1968 dio lugar al nacimiento de una nueva generación de activistas que pasarán a engrosar la izquierda del espectro político y, en algunos países, los partidos comunistas. La evolución del Partido Comunista Italiano (PCI) es particularmente interesante desde este punto de vista.1 Después de las enormes movilizaciones sociales, como las de los estudiantes y trabajadores de la siderurgia de los años 1968-69, las agrupaciones locales del PCI pasan a ser reforzadas por jóvenes, independientes, mujeres e intelectuales. Los escritos de Antonio Gramsci encuentran, sobre todo entre 1970 y 1975, una nueva popularidad,2 mientras, la Unión Soviética pierde gran parte del prestigio que le había otorgado su papel durante la Segunda Guerra Mundial .

En ese contexto tiene lugar en Europa Occidental un debate sobre la estrategia de los partidos comunistas y las organizaciones de la izquierda radical hacia el Estado. Una amplia gama de teóricos tratará de extender o renovar el análisis marxista y, en particular, el realizado por Lenin en su obra El Estado y la revolución.

El debate entre Nikos Poulantzas y Ralph Miliband, profesor marxista de la Escuela de Economía de Londres, en la revista británica New Left Review, inició el debate sobre el papel del Estado desde una perspectiva marxista en los medios intelectuales y en la izquierda. Poulantzas parte entre otros de Marx, Lenin, Gramsci y Althusser, y pretende innovar. Se considera marxista, pero cree que la teoría marxista del Estado es insuficiente. Desde los años 60, analiza el papel del Estado capitalista y las posibles posibles conclusiones que se podrían extraer para la transición al socialismo.

En Grecia, el contexto es específico: un golpe de estado lleva a la dictadura de los coroneles. En aquel momento Poulantzas pertenecía al KKE (Interior), una escisión del Partido Comunista griego fundada después de la intervención soviética en Praga en 1968. El KKE (interior) mantuvo una influencia mucho menor que el KKE y se disolverá a finales de los años 80 y principios de los años 90, tras ello algunos de sus miembros se unirán a las filas de Synaspismos, el precursor de Syriza. Otro grupo seguirá existiendo durante algún tiempo de manera independiente bajo el nombre de AKOA, antes de unirse a su vez a Syriza en 2013.
Una visión sobre el Estado

La idea de Poulantzas no es fácil de sintetizar. Como marxista, Poulantzas combate consecuentemente la visión del Estado como «sujeto» que impone su voluntad independientemente de las clases sociales. La idea de que el estado puede ser separado de las clases sociales le parece absurda. Pero critica lo que considera el otro extremo, «la visión instrumentalista» del Estado.

Basándose en el Manifiesto Comunista, resume esta visión «instrumental», como la idea de que el estado es un objeto puro, que sólo es un instrumento, una especie de «comité ejecutivo» de la burguesía, quien lo utiliza a su libre antojo. Se opone, en particular, a las teorías del llamado capitalismo monopolista de Estado que, en aquel momento, eran muy populares en algunos partidos comunistas europeos. Según Poulantzas, estas teorías consideran al Estado como un mero instrumento del capital monopolista, es decir, de los grandes monopolios, y no ven que el Estado representa los intereses a largo plazo del conjunto de la burguesía.3 Contradice, por ejemplo, la afirmación de Santiago Carrillo, en aquel entonces secretario general del Partido Comunista de España, sobre que el Estado ya no defiende los intereses de toda la clase burguesa. Según Poulantzas, tampoco existe una «fusión» entre el Estado y los monopolios, como afirman los teóricos del capitalismo monopolista de Estado.

Poulantzas insiste en el peligro subyacente de reformismo que representa esta posición. Sería suficiente con arrebatar al Estado de las manos del capital monopolista para que se convierta en un instrumento al servicio de una verdadera democracia o incluso al servicio de la clase obrera. Con el Estado concebido como neutral, se allana el camino, afirma, a las alianzas entre las secciones de la clase trabajadora y las fracciones no monopolistas de la burguesía. Esto es precisamente lo que propone Carrillo.

Las teorías del capitalismo monopolista de Estado eran en realidad un poco más matizadas que la visión que da de ellas Poulantzas. Eugen Varga, que es uno de sus teóricos, escribe que se trata de una convergencia, de una especie de alianza, entre dos fuerzas independientes: el capital monopolista, por una parte, y el Estado en la otra. Esto requiere un cierto nivel de autonomía del Estado. Es algo distinto, según Varga, a la mera sumisión unilateral del Estado al capital monopolista.4 El estado tiene, entre otras funciones, llevar a cabo ciertas tareas económicas necesarias para la protección del medio socio-económico, que no son lo suficientemente rentables para el capital privado. Ralph Miliband señala – desde un punto de vista diferente – que este mismo proceso tenía lugar en Gran Bretaña: las nacionalizaciones del gobierno del socialista Attlee, justo después de la Segunda Guerra Mundial, sirvieron en primer lugar, para insuflar una nueva vida en el capitalismo británico.5 Esta función requiere una cierta autonomía de la parte del Estado.

Por otra parte, Varga distingue las contradicciones entre los monopolios y el resto de la burguesía, pero también aquellas existentes dentro de la propia burguesía monopolista y entre el Estado y las capas de la burguesía monopolista. Un ejemplo contemporáneo de esta tesis puede observarse en el desacuerdo entre algunas compañías petroleras monopolistas y los Estados Unidos o la Unión Europea en relación con las sanciones impuestas a algunos países productores de petróleo. Incluso dentro de un mismo sector, por ejemplo el de las licitaciones públicas, existen rivalidades. Sobre esta base teórica, Varga defiende la posibilidad de una alianza anti-monopolista de la clase obrera con la burguesía no monopolista, alianza cuyo objetivo es eliminar los grandes monopolios, antes incluso de la desaparición del capitalismo.6 Una visión similar la encontraremos en las bases teóricas del famoso compromiso histórico en Italia, donde, en los años 70, el Partido Comunista propondrá gobernar junto al partido de derechas de la democracia cristiana.
Una plasmación de correlaciones de fuerzas

Poulantzas cree que es un error percibir al Estado como un todo monolítico. Inspirado por el análisis que Marx hace del bonapartismo en Francia, que define al Estado como «la plasmación material de una correlación de fuerzas entre clases y fracciones de clase, tal y como se expresa de manera específica en el seno mismo del estado.»7 Es una definición bastante compleja, pero uno de sus aspectos principales es resaltar que el estado tiene una gran «autonomía relativa» frente a la clase dominante. Es a la vez consecuencia de la lucha de clases8 y una necesidad, dado que el estado sólo puede servir a la clase dominante si es relativamente autónomo de las diversas fracciones de esta clase, lo que le permite organizar la hegemonía y los intereses a largo plazo de toda la clase.9 Las instituciones del Estado están plagadas de contradicciones entre los diversos órganos y sistemas, contradicciones ligadas a las que existen entre las diferentes fracciones de las clases. Son estas correlaciones, las que no sólo crean el estado, sino que también garantizan, como resultado de un proceso complejo, que los intereses políticos generales del bloque de poder están garantizados. El Estado, según Poulantzas, no es un instrumento que se pueda tomar, ni una fortaleza a vencer u ocupar, sino «el corazón del ejercicio del poder político».10 Por lo tanto, actúa como un mediador o un «organizador» de la burguesía, mientras que al mismo tiempo que desorganiza a las clases dominadas. Es, en cierto sentido, el partido político de las clases dominantes.11

Pero Poulantzas cree que estas contradicciones también dan una esperanza a las clases sometidas o dominadas. De hecho, pueden tratar de forzar las instituciones hasta el fin y escindir verticalmente el Estado, usando estas contradicciones contra la burguesía. Para lograrlo, naturalmente se debe luchar en el terreno mismo del Estado. Esta posición no implica que no haya diferencias entre las conclusiones de Poulantzas y las de las teorías del capitalismo monopolista de Estado. El análisis detallado de las clases de Poulantzas le conduce a pensar que las contradicciones dentro del estado, que se dan casi hasta el más alto nivel de la estructura, pueden tener un carácter de clase positivo, una tesis no defendida por Varga.

Esta visión tiene un impacto en el tipo de transición al socialismo propugnada por Poulantzas. En cuanto a la distinción fundamental entre su posición y la de la socialdemocracia, el autor la sitúa en el papel que otorga a los movimientos sociales autónomos que deben apoyar esta acción dentro del Estado.12
Hacia un socialismo democrático

La reflexión de Poulantzas sobre el camino hacia el socialismo, que resume en su última obra importante, El Estado, el poder, el socialismo,13 está determinada por su visión del socialismo. Según él, la democracia esencialmente directa, que remplazaría totalmente a la democracia representativa, llevaría de todos modos a la dictadura. Para proteger la democracia, Poulantzas quiere combinar la democracia representativa con instituciones de democracia directa.

Preocupado por el peligro del autoritarismo, Poulantzas se distancia en primer lugar de la estrategia de «doble poder» de Lenin, que es resumida por Poulantzas como la idea de que todo el Estado debe ser destruido por un ataque frontal y, bajo la dirección de un partido comunista, sustituido por otro Estado, caracterizado por los consejos obreros y la democracia directa.

Como en la polémica con anteriores autores, Poulantzas vuelve a dar una visión esquemática del razonamiento de Lenin. Este último escribe textualmente en El Estado y la Revolución: «Sin instituciones representativas no puede concebirse la democracia, ni aun la democracia proletaria; sin parlamentarismo, sí puede y debe concebirse.»14 Pensando en el ejemplo de la Comuna de París, Lenin comenta: «La salida del parlamentarismo no está, naturalmente, en la abolición de las instituciones representativas y de la elegibilidad, sino en transformar las instituciones representativas de lugares de charlatanería en corporaciones «de trabajo».» En este asunto, la contradicción entre Poulantzas y Lenin parece residir principalmente en la defensa de Poulantzas del mantenimiento de las instituciones representativas existentes en sus funciones habituales.

No es casualidad que El Estado, el poder, el socialismo termine con un capítulo titulado «Hacia un socialismo democrático».15 El título puede parecer sorprendente: da a entender que el socialismo es antidemocrático, algo que no deja de ser extraño a la hora de hablar de un sistema cuya finalidad es servir a la gran mayoría de la población. Pero más que un distanciamiento formal frente a las prácticas no democráticas de los países del antiguo bloque del Este, esta posición expresa una estrategia alternativa.
¿Qué estrategia para el cambio?

El pensamiento estratégico de Poulantzas está influenciado tanto por su análisis de clase y su visión del Estado como por su visión del socialismo. Pero la Revolución de los Claveles de Portugal en 1974, que puso fin a la dictadura de Salazar, también creará un punto de inflexión en su pensamiento. Esta revolución es percibida ante todo como nacional y democrática por numerosas fuerzas, incluida la izquierda. Poulantzas lamenta que no vaya más allá, hacia una sociedad socialista. Atribuye esta falta a la estrategia de la izquierda. De hecho, dijo, no era posible crear una situación de poder dual o «doble poder» para tomar el gobierno desde el exterior.

A partir de este análisis, llega a la conclusión de que ya no es deseable una estrategia de ese tipo. En el futuro, escribe, no deben deshacerse, desmontarse ni anularse las instituciones existentes. Por el contrario, la democratización de las instituciones existentes requiere que el Estado actual continúe operando como una «unidad operativa».16 Esto es lo más factible, escribe más tarde, ya que el estado no es ni un monolito, ni una herramienta ni una fortaleza.

Entonces… ¿Cómo llevar a cabo este cambio? Poulantzas propone aumentar las contradicciones dentro del estado. Los movimientos sociales y los partidos de la izquierda radical no deben considerar que la contradicción principal se da entre el Estado y una estructura de poder paralela e ilusoria desde fuera, sino llevarlo al seno mismo de las instituciones existentes: «el largo proceso de la toma del poder consiste esencialmente en la difusión, el desarrollo, el refuerzo, la coordinación y la dirección de los centros difusos de resistencia de que disponen las masas en el seno de las redes del Estado, con el fin de convertirlas en los verdaderos centros de poder en el campo estratégico del Estado.»17 Para decirlo más claramente: «Si quieren cambiar las correlaciones de fuerza, las luchas y los movimientos no pueden tender hacia una centralización con el objetivo de crear un doble poder; más bien deben preocuparse de la correlación de fuerzas en el terreno mismo del Estado.» Se trata, en definitiva, de democratizar profundamente las instituciones del Estado, algo imaginable bajo un gobierno de izquierdas.

Poulantzas critica tanto a Lenin como a Gramsci que pretendan atacar al Estado sólo desde el exterior. Según él, Lenin, por ejemplo, solo contempla trabajar en las instituciones del Estado con «la presencia de los revolucionarios en el Estado, pero más bien en el sentido de una presencia que debe contribuir, llegado el momento, a reemplazar ese Estado por un contra-Estado.»18 Nuevamente según el punto de vista de Poulantzas, esta estrategia sólo cambia para Lenin cuando, a nivel nacional, el poder paralelo está centralizado y se desmantela el antiguo Estado; y Gramsci también se adhiere a este punto de vista. La (larga) guerra de posiciones que Gramsci propone a la guerra (rápida) de movimientos estaría confinada al marco del «cerco» de las instituciones estatales existentes. Del mismo modo que simplifica en exceso la teoría del capitalismo monopolista de Estado, Poulantzas no expone una interpretación correcta de los ricos pensamiento de Gramsci. Lenin también mantuvo posturas bastante más matizadas que las que le atribuye Poulantzas, porque la idea de ganar a partes del aparato del Estado para la revolución le era bien conocida. La diferencia entre los dos, a este nivel, parece estribar en la elección de dónde colocar el centro de gravedad de la lucha. En Lenin, dice Poulantzas, la contradicción principal es entre el Estado, por un lado, y el doble poder constituido por las masas y el partido del otro. Sin embargo, Poulantzas desplaza las contradicciones principales y las contradicciones de clase hacia el interior del estado.
Eurocomunismo izquierda

¿Cómo puede llevar a un cambio real ésta acción política? Tarde o temprano habrá un «punto de ruptura» a partir del cual, espera Poulantzas, algunas instituciones estatales se separarán verticalmente: una fracción de la burguesía en contra de otra, por ejemplo, o una fracción del ejército contra otra, o eventualmente muchos contra la burguesía monopolista. Esto es posible porque la lucha de clases no tiene lugar solamente fuera sino también dentro del Estado.19 Los movimientos sociales deben apoyar este proceso desde el exterior. En caso contrario, la socialdemocratización de dicha experiencia es inevitable.

Aunque se distancia de Lenin y Gramsci, Poulantzas se considera como un «eurocomunista» de izquierdas. Es una manera de diferenciarse de lo que llama «eurocomunismo de derechas» de Santiago Carrillo, uno de los teóricos del eurocomunismo. Carrillo escribió que la diferencia fundamental entre la socialdemocracia y el eurocomunismo radicaba en que la socialdemocracia quiere gestionar el capitalismo, mientras que el eurocomunismo intenta transformarlo.20 Los eurocomunistas de derechas, influenciados por la idea de que las instituciones del Estado pueden ser neutrales, no entienden, según Poulantzas, que tarde o temprano tendrá lugar un punto de ruptura cuando se quiera reformar y democratizar en profundidad estas instituciones estatales. Los eurocomunistas de izquierda, defiende Poulantzas, no creen en «una transformación gradual y progresiva» del Estado. Creen que pueden aumentar, a través de reformas, las contradicciones dentro del estado hasta que se produzca una ruptura, que no sería una guerra civil, sino una profunda crisis de Estado en el que se enfrentarían la burguesía y masas populares.

Poulantzas también critica a Luciano Gruppi, por aquel entonces miembro del Comité Central del PCI y el director del Instituto de Estudios Comunista Palmiro Togliatti, que ya ve una situación de «doble poder» dentro del aparato del Estado: entre el poder de la burguesía, por una parte, y el poder del pueblo por otra, especialmente a nivel municipal o regional21. Por lo tanto Gruppi da una respuesta positiva a la pregunta de si es posible que la clase trabajadora logre «posiciones de poder» dentro del estado burgués. Una pregunta que también se hacía Palmiro Togliatti, líder histórico del PCI.22 Un error, dice Poulantzas, porque si bien es cierto que las clases dominadas están presentes en las instituciones, sigue siendo en tanto que clases oprimidas. No tienen ningún poder real por el momento porque, por muy fuertes que puedan ser las instituciones en el Estado, este último, sin embargo, tiene una cierta unidad. Esto no quiere decir que estas clases no deban luchar en el seno del Estado, pero el objetivo debe ser el de dividirlo desde dentro.
¿Quién moviliza?

La atención de Poulantzas hacia la movilización y sus críticas a Gruppi nos llevarían a pensar que Poulantzas da prioridad a la construcción de una base de poder independiente. En realidad, en estos movimientos sociales y en su lucha, Poulantzas no da ningún papel real a un partido dirigente de la izquierda radical, sobre todo porque dicho partido podría contener las semillas de una centralización de un doble poder, o podría dirigir ese poder.

Por lo tanto, Poulantzas también se desmarca de Gramsci sobre el papel del partido. Gramsci piensa en un partido revolucionario, un «príncipe moderno», en alusión a Maquiavelo, con un elemento de masas, un elemento dirigente y un elemento intermedio que une a ambos, con el objetivo de «crear un nuevo tipo Estado».23 Poulantzas rechaza de plano la idea del papel de un partido de ese tipo, ya que podría contribuir a establecer una dictadura. Y pretende construir su «nuevo tipo de Estado» con las instituciones políticas del antiguo Estado.24

Aunque Poulantzas subraya que el Estado está al servicio de los intereses de la burguesía, probablemente se hace demasiadas ilusiones sobre el contenido democrático de las instituciones del Estado capitalista. Por otra parte, si se asume que el capital monopolista tiene una organización enormemente centralizada en una o varias instituciones estatales que trabajan en su interés, la negativa a desarrollar una organización del estilo «príncipe moderno» probablemente sea una desventaja estratégica. Este punto de vista sin duda le parece demasiado instrumentista a Poulantzas. Además, su odio a los choques frontales con las instituciones del Estado facilita de hecho la función de desorganización que el estado – como defiende Poulantzas – elabora contra la clase obrera y las masas.

Poulantzas admite que sin grandes movimientos sociales, y sin movilización, este tipo de experiencia de gobierno está abocada a convertirse, a fin de cuentas, en una copia de la socialdemocracia. Pero, al mismo tiempo, su estrategia hace que sea extremadamente difícil que un partido pueda llegar a desarrollar dicha fuerza de movilización antes de ser elegido. Decir que se debe apoyar la acción dentro del aparato estatal mediante movilizaciones pueden parecer correcto, pero si no se construye por sí mismos dicha capacidad, se escoge conscientemente estar en una posición de dependencia respecto con la situación coyuntural. Este asunto va tan lejos que, en una entrevista, Poulantzas duda que un partido que aspira a derrocar el poder establecido deba elaborar teoría sobre las cuestiones de género y ecológicas.25 En este contexto, el tipo de estrategia defendida por Poulantzas reduce al mínimo el papel de un partido comunista o de un partido de izquierda radical.
¿De Gramsci y Althusser a Vandervelde?26

Si Gramsci tuvo una gran influencia en la obra de Poulantzas, al igual que el marxismo estructuralista de Althusser, la evolución teórica de Poulantzas acabará distanciándose de sus influencias iniciales. Hacia el final de su vida – se suicidó en 1979 – rompe tanto con sus escritos iniciales como con Lenin y Gramsci. A finales de los años 60, en El poder político y clases sociales, todavía colocaba el énfasis en un cambio fundamentalmente extraparlamentario.27 En El Estado, el poder, el socialismo, se distancia de este primer trabajo.

Al otorgar un papel central a la movilización popular y la lucha de clases, Poulantzas pretende distanciarse de la socialdemocracia. Sin embargo, el socialista belga Emile Vandervelde habla, también, de la lucha de clases y de la movilización de masas, y concluye en 1918, en su libro El Socialismo contra el Estado, que el cambio de la superestructura jurídica y política puede lograrse de manera abrupta o lenta, pero probablemente se logrará mediante diversas luchas parciales.28 La conquista del poder, de acuerdo con Vandervelde, “deja de confundirse, ya sea con la conquista de la mayoría parlamentaria y el gobierno mediante las elecciones, o con la repentina toma del Estado mediante un golpe de fuerza.» Es una visión no del todo ajena a la obra de Poulantzas. La transformación del Estado capitalista en un Estado proletario, afirma Vandervelde, conlleva muchos pasos intermedios. Considera que la función política de las masas es intimidar a los gobiernos mediante la presión exterior. Insiste en la organización de la clase obrera en cooperativas y sindicatos. Denunciando la «conquista» del aparato estatal por los capitalistas, Vandervelde da una especial importancia a la conquista de cargos dentro del aparato estatal por los trabajadores. Distingue al Estado en su sentido más amplio, un Estado coercitivo, e insiste en la necesidad de separar el Estado-gobierno del Estado-industrial, el Estado como autoridad del Estado como gerente. En este sentido y en el asunto de la estrategia política, sería interesante explorar cómo Poulantzas en última instancia acaba acercándose a las teorías de Vandervelde.

El sociólogo británico Bob Jessop afirma que se podría decir que Poulantzas intercambia a Gramsci por el filósofo francés Michel Foucault.29 Jessop observa el cambio en el pensamiento de Poulantzas hacia una visión más política como consecuencia del hecho de que, poco a poco, Poulantzas comienza a analizar el campo de la política casi independiente del área económica. El hecho de que Poulantzas haga hincapié en la autonomía relativa del campo político, dice Jessop, «le lleva a tratar la intervención del Estado como una interferencia política en la economía, y percibirla como el resultado de factores políticos más que económicos. […] De este modo, se olvida tanto las limitaciones económicas que afectan el ejercicio del poder político como del papel de los mecanismos de control financiero (al contrario de los mecanismos legales) para asegurar la unidad institucional del Estado.»30
Notas

Guido Liguori, ¿Quién mató al Partido Comunista Italiano? Delga, París, 2011 (La morte del PCI 2009).
G. Liguori, Gramsci conteso: Interpretazioni, dibattiti e polemiche, Editori Riuniti, Roma, 2012
S. Carrillo, «Eurocomunismo» y Estado, Flammarion, París, 1977, p. 35.
E. Varga, Ensayos sobre la economía política del capitalismo, Editorial Progreso, Moscú, 1967, págs. 52-56.
R. Miliband, El Estado en la sociedad capitalista, Merlin Press, Londres, 2009 (1969), pp. 78-79.
E. Varga, op. cit., p. 48.
N. Poulantzas, Estado, Poder, Socialismo, Verso, Londres, 2014 ((1978), pp. 129 y 142. (El Estado, el poder, socialismo, Les prairies ordinaires, París, 2013.
N. Poulantzas, «el Estado capitalista: una respuesta a Miliband y Laclau,» New Left Review I / 95, enero-febrero 1976, p. 73.
N. Poulantzas, «El problema del Estado capitalista,» New Left Review I / 58, noviembre-diciembre 1969, p. 74.
N. Poulantzas, Estado, Poder, Socialismo, op. cit., p. 258.
B. Jessop, «Althusser, Poulantzas, Buci-Glucksmann: Weiterentwicklung Gramscis Konzept von Staats de integralen» en S. Buckel y A. Fischer-Lescano, dir, Hegemonie gepanzert mit Zivilgesellschaft Zwang y política im Staats-Verständnis Antonio Gramscis, Baden .. -Baden, Nomos, 2007, pp. 43-65.
H. Weber & N. Poulantzas, «El Estado y la transición al socialismo«, Crítica Comunista, No. 16, Junio de 1977 y L. Gruppi «, en «Sobre la relación democracia/socialismo», Dialectiques, n° 17, Febrero de 1977.
N. Poulantzas, Estado, Poder, Socialismo, op. cit.
V. I. Lenin. El Estado y la Revolución.
N. Poulantzas, Estado, Poder, Socialismo, op. cit.
N. Poulantzas, La crisis de las dictaduras, NLB, Londres, 1976 (1975), pp. 152-153 (La crisis de las dictaduras: Portugal, Grecia, España, Maspero, 1975).
N. Poulantzas, Estado, Poder, Socialismo, op. cit. p. 258.
Ibid., P.260.
H. Weber & N. Poulantzas, op. cit.
D. E. Greene, «Nicos Poulantzas: Estado, la clase y la transición al socialismo» Enlaces Revista Internacional de Renovación Socialista, 5 de Agosto, 2015,
S. Carrillo, op. cit. pp.154-155.
H. Weber & N. Poulantzas, op cit., Y L. Gruppi, op. cit.
P. Togliatti, Il Memoriale di Yalta, agosto de 1964
A. Gramsci, textos (libros 13 y 14, «Notas sobre Maquiavelo»), Messidor / Ediciones Sociales, 1983, pp. 291-297 y De Belder, «Gramsci y las políticas prefigurativas», Études marxistes, nº 111
S. Hall & A. Hunt, «Entrevista con Nicos Poulantzas» Marxism Today, julio de 1979, p. 200
Dirigente socialdemócrata Belga –NdT-
N. Poulantzas, Poder político y clases sociales, Maspero, 1968.
E. Vandervelde, El socialismo contra el Estado, París, Berger-Levrault, 1918.
B. Jessop, loc. cit.
B. Jessop, N. Poulantzas: la teoría marxista y estrategia política, MacMillan, 1985, p.

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