¿El sexo será genial en el futuro? Mujeres y deseo en la era del consentimiento

Josefina L. Martínez

El título de este artículo trae consigo un diagnóstico y una promesa. Está basado en el libro Tomorrow Sex Will Be Good Again: Women and Desire in the Age of Consent, de Katherine Angel, publicado por Verso Books en 2021. La obra invita a la reflexión sobre las complejas relaciones entre feminismo, sexualidad, deseo y consentimiento. En el marco de los debates sobre la futura ley de libertad sexual, o ley del “solo sí el sí”, compartimos aquí algunos apuntes sobre su lectura.

La autora recorre en varios capítulos lo que define como una nueva cultura del consentimiento, un sentido común en amplios sectores del movimiento de mujeres desde el #MeToo en adelante. Hablar de los abusos de forma pública implica quitar ese velo privado a la violencia machista: lo personal es político. Pero, al mismo tiempo, supone que hablar sobre lo ocurrido en el pasado nos libera y nos previene de futuros problemas. Se instala cierto poder de la palabra, y, en relación con esta nueva fuerza, dos requerimientos para las mujeres: la expresión entusiasta del consentimiento y el autoconocimiento previo del deseo.

La cultura del consentimiento –en la cual la afirmación “solo sí es sí” aparece como la llave maestra para una sexualidad libre– arrastra varios problemas. En primer lugar, señala Angel, una idealización del discurso de las mujeres sobre su propio deseo, como si este fuera transparente y ellas supieran siempre lo que quieren. Como si lo que quieren y lo que dicen que quieren fuera también idéntico. Por último, como si el deseo no estuviera condicionado por relaciones sociales más allá de lo individual, como la opresión patriarcal –y podríamos agregar: el racismo, la heteronorma y múltiples mecanismos de la dominación capitalista–. Estos deseos están muchas veces más constreñidos de lo que parece por la necesidad económica, la precariedad de la vida o por la falta de tiempo libre.

La autora problematiza la idea misma del consentimiento. Ya que, si bien este es un terreno elemental para relaciones sexuales igualitarias, las condiciones para que se produzca nunca son tan cristalinas como parece a primera vista. Además, bajo la nueva cultura del consentimiento, la palabra de las mujeres lleva ahora implícita una carga: “Todo depende de si hablas claro, chica”. Una especie de moral mágica que transformaría la sexualidad a partir del verbo, una responsabilidad que recae en las mujeres empoderadas de la nueva era.

Por otra parte, si la cultura del “no es no” ponía el foco en el rechazo, en mujeres que tienen que poner límites a una sexualidad siempre amenazante de los varones (un esencialismo obtuso sobre la sexualidad femenina y masculina), ahora el polo está en la positividad. Solo sí es sí. Pero detrás de esa aserción se encuentra una suposición similar. La sexualidad como un terreno de amenazas, donde las mujeres deben autorizar positivamente los actos sexuales que se (les) proponen. Como cuando apruebas los términos de un contrato y le das clic a la casilla de “acepto los términos”. Por eso, la autora también encuentra paralelismos entre estos discursos del consentimiento y la idea del empoderamiento individual tan afín al feminismo liberal. Como si la posibilidad de superar todas las trabas para una sexualidad más libre estuviese al alcance de la mano, por la sola expresión de la voluntad individual.

Con algunas referencias a Freud y a Foucault, Angel señala que el psicoanálisis y la ciencia siempre tuvieron una tensión por encontrar la “verdad” acerca de la sexualidad. Siguiendo con esa línea, menciona algunos de los últimos experimentos de la ciencia aplicados al estudio de la sexualidad femenina. Para atrapar esa verdad que siempre se escapa, múltiples investigaciones se han centrado en la medición de los niveles de excitación de los órganos sexuales ante diferentes estímulos. Si para los discursos del consentimiento la “verdad” está en la palabra, para estos estudios se encontraría en las reacciones de los nervios y los flujos sanguíneos. Aun cuando esas respuestas físicas no se correspondan con la percepción que tienen las mujeres acerca de sus propios deseos. Dos extrapolaciones, la primera idealista discursiva y la otra biologicista, que intentan reducir un fenómeno complejo a variables unilaterales.

La cultura del consentimiento surge ante el tratamiento penal de la violencia sexual y las violaciones. Es sabido que, en muchos casos, los jueces asumen la idea de que la ausencia de un “no” explícito significa una forma de consentimiento y por esta vía se absuelve a los agresores sexuales. La idea de que “solo si es sí” intenta responder a ese tipo de interpretaciones machistas, señalando que la ausencia de un no, no significa necesariamente un sí. Angel recorre los debates en sectores del feminismo sobre estos temas, en especial a partir de la implementación de protocolos contra las agresiones sexuales en los campus universitarios norteamericanos. Pero, como ya señalamos, cuestiona también la idea de que un “sí” pueda ser considerado siempre como la expresión de una libre voluntad sin restricciones.

Sin embargo, lo que no aborda en su libro es que este modelo, basado en los mecanismos punitivos del Estado frente a las agresiones sexuales, ha marcado en gran parte los límites de los debates sobre la sexualidad. En especial la intervención de algunos feminismos conservadores. Como se ha señalado en otras ocasiones, extrapolar el modelo de las violaciones como baremo para todas las cuestiones de la sexualidad convierte a las mujeres en eternas víctimas que necesitarían la protección policial del Estado. También puede dar lugar a una desproporción en las respuestas exigidas ante diferentes actitudes machistas, que no pueden equipararse en todos los casos con los abusos sexuales o con las agresiones.

Quizás lo más interesante está en otra parte, cuando Angel señala que la idea de que es posible un autoconocimiento del deseo, previo al consentimiento, también debería ser cuestionada. Porque eso implicaría que el deseo puede conocerse por completo antes de la relación con otres. Es decir, como si no fuera esa misma interacción sexual, con sus sorpresas, sus incertidumbres, sus conflictos y también sus múltiples opciones, la que abre el campo del deseo a nuevos horizontes. Como toda otra interacción social, el sexo es dinámico. Puede ser extraordinario o decepcionante, placentero o aburrido, puede resultar agresivo o un encuentro magnífico. Querer prevenir todos los riesgos en base a establecer previamente los límites de lo consentido tiene doble trampa. Por un lado, porque el punitivismo no resuelve los peligros de una violencia sexual que es estructural y se reproduce sin cesar en un sistema capitalista patriarcal. Por otro lado, porque esa fijación en la idea del consentimiento puede poner límites al propio deseo y a la exploración mutua de la sexualidad con otres. La fantasía de un total autoconocimiento del deseo, previo a toda relación, no es una fantasía, es una pesadilla, sostiene Angel.

Y concluye la autora: “El sexo se construye con innumerables actos de indagación, expresión y exploración. ¿Por qué deberíamos saber lo que queremos? ¿Por qué no podemos esperar que ellos exploren con nosotras? La fijación en el sí y el no, no nos ayuda a navegar por estas aguas; es precisamente el espacio incierto y poco claro entre el sí y el no, lo que tenemos que aprender a navegar. Y es en este espacio donde puede desarrollarse un proceso de descubrimiento, que puede proporcionarnos un intenso placer”.

Fuente https://ctxt.es/es/20210601/Firmas/36267/sexo-futuro-libro-consentimiento-katherine-angel-josefina-l-martinez.htm

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PublicoGT es una publicación del Consejo de Investigaciones en Desarrollo, una entidad de investigación que desarrolla proyectos de comunicación social y análisis sociopolítico.

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