¿Hasta cuándo?

Autor: Jairo Alarcón Rodas

Decía el poeta libanés, Gibran Jalil Gibran, Compadeced a la nación que no eleva la voz más que cuando camina en un funeral, que no se enorgullece sino de sus ruinas, y que no se rebela sino cuando su cuello está colocado entre la espada y el zoquete de madera. Tales palabras se ajustan a los países en donde su población permanece indolente, al margen ante las criminales acciones de gobiernos corruptos, como es el caso de Guatemala. Aquí, la corrupción le ha servido a la derecha para enriquecerse, gozar de privilegios y para perpetuarse en el poder.

Las condiciones materiales de vida influyen no solo en la forma de pensar de las personas sino también imposibilitan el tomar conciencia de una realidad que les es adversa. Según el informe de la CEPAL, al final de 2020 el 21.8% de la población guatemalteca viviría en situación de pobreza extrema y el 59.9% estaría en pobreza. Así, las condiciones de pobreza y pobreza extrema determinan que el accionar en estas personas sea pragmático, es decir, que su interés se centre en la búsqueda de satisfactores esenciales y que, por consiguiente, sus vidas discurran sobre criterios de subsistencia al margen de la situación de los demás.

Tomar conciencia de la realidad social requiere tener satisfechas las necesidades básicas, de lo contrario, aspectos como la opresión, la corrupción, la impunidad resultan ser superfluos e incomprensibles. Es por lo que, para la mayor parte de guatemaltecos, el tema de la corrupción institucionalizada no constituye un tema que deba ser resuelto, no así el tema del empleo y la seguridad, aunque sean efecto de problemas estructurales de difícil comprensión.

De tal modo que la comprensión que la corrupción institucionalizada, que ha establecido el pacto de corruptos en Guatemala, es un mal que deba erradicarse para establecer un Estado de Derecho y con él, las oportunidades de desarrollo para todo habitante de este país, no es un tema esencial para los que viven el día a día y padecen hambre e inseguridad.

A eso hay que sumar el proceso de alienación que, por parte de los brazos ideológicos del sistema, han sido impulsados y fortalecidos a partir de proyectos educativos basados en la educación domesticadora y acrítica, sobre todo en los cascos urbanos ya que la educación no tiene cobertura en las áreas rurales del país. Por otra parte, a pesar de ser un Estado laico, la proliferación de iglesias evangélicas ha tenido un incremento desmesurado y su incidencia en las acciones del Estado son notorias, convirtiéndose en un verdadero opio para el pueblo como lo afirmó Karl Marx.

En Guatemala un aproximado 95% de la población se asume que es cristiano, de ellos un 45% son católicos y un 42% evangélicos. Durante el conflicto armado interno se ha notado un incremento de los grupos evangélicos, concretamente de orientación pentecostal, de modo que los grupos protestantes han crecido aceleradamente promoviendo una actitud de obediencia y lacerante servilismo antes las acciones inmorales de los gobiernos de turno.

Max Weber, en el texto La ética protestante y el espíritu del capitalismo, llega a la conclusión que la ideología protestante promueve la construcción del capitalismo. Ideales del protestantismo convergen con el emprendimiento que promueve el capitalismo y se hace entendible que ese tipo de alienación ideológica se fortalezca en Guatemala a pesar de que las oportunidades están dadas solo para un número reducido de personas, es decir que la mayoría de los creyentes vive en el engaño.

En tal sentido, que el determinismo religioso fije en el imaginario colectivo de sus seguidores que todo lo que ocurre en el país, en el aspecto socioeconómico, está estipulado de acuerdo con un plan divino y lo que es del César es del César y lo de Dios es de Dios. Superar tal interpretación, constituye liberarse de la ignorancia y eso les es ajeno a la mayor parte de la población que basa su existencia en carencias y esperanzas celestiales de una vida mejor en otro mundo.

Las capas medias altamente alienadas, al aspirar a satisfactores suntuosos que le han sido suministrados por un sistema que promete toda una gama de disfrutes a cambio de obedecer las reglas empresariales y con ello, mantenerse al margen de las condiciones de inequidad e injusticia social vigentes en el país en vez de luchar en contra de la corrupción, se convierten pasiva o activamente en parte de ella.

Cómo cambiar a un país en donde un reducido número de sus habitantes, apenas 2.6% de la población, tienen acceso a una educación universitaria y siendo privilegiados, ajenos a lo importante que es la política, muchos de ellos no distinguen entre lo que es identificarse con la derecha o la izquierda y por aparte, se niegan a comprender la importancia de la historia y con ello, la memoria, para la construcción de una sociedad digna al margen de los errores del pasado.

Confundiendo lo que es creencia por conocimiento, justicia con venganza, Estado de legalidad con Estado de Derecho, la población se ve desarmada para enfrentar los graves problemas que aquejan al país. ¿Cómo pretender, por lo tanto, un cambio sustancial?, si la mayor parte de la población considera que todo lo que sucede es gracias a Dios y lo que no ocurre también lo es. Tomar conciencia de la crítica situación social obliga a asumir una actitud reflexiva al margen de convicciones mágico-religiosas ya que los problemas de la tierra deben ser resueltos por mujeres y hombres terrestres con aspiraciones humanas.

Tras las persecuciones selectivas que el pacto de corruptos ha emprendido en contra de los que en una u otra forma los han afectado, con el control de los tres poderes del Estado, con la impunidad que ostentan y el robo descarado de los erarios del Estado, constituye razón suficiente para que se dé un levantamiento social, lo cual, lamentablemente no sucederá ya que la población está neutralizada, sigue adormecida entre problemas existenciales, ignorancia y distractores.

Un estallido social en Guatemala puede ocurrir, debido al avorazado apetito de la oligarquía criolla y sus testaferros en el gobierno, pero este no tendrá un efecto positivo si no hay una dirigencia que sepa orientar el movimiento con medidas inteligentes y congruentes al actual momento histórico. Decía Simón Bolívar, un pueblo ignorante es un instrumento ciego de su propia destrucción. De ahí que su liberación constituye lo más importante de resolver para aquellos que son conscientes de tal situación.

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