Bienvenido a la era post-COVID: capitulo uno, la guerra civil en Israel

SLAVOJ ŽIŽEK , FILÓSOFO ESLOVENO

De vez en cuando, el gobierno esloveno hace algo que me avergüenza profundamente de ser ciudadano de Eslovenia. Ahora es uno de esos momentos: como acto de solidaridad con Israel, el gobierno esloveno (junto con los de Austria y la República Checa) decidió añadir a las banderas eslovenas y europeas, que ondean frente a los edificios oficiales, también la bandera israelí. La explicación oficial fue que Israel está siendo atacado con cohetes desde Gaza y tiene que defenderse, sin los habituales llamamientos a la moderación mutua, sino una clara atribución de culpa.

Pero la crisis actual no empezó con los cohetes de Gaza, sino en Jerusalén Este, donde Israel está intentando de nuevo desalojar a las familias palestinas. La frustración de los palestinos es fácilmente comprensible: desde hace más de 50 años (desde la guerra de 1967) están atrapados en Cisjordania en una especie de limbo, sin identidad, refugiados en su propia tierra.

Esta prolongación responde a los intereses de Israel: quieren Cisjordania, pero no quieren anexionársela directamente porque en ese caso tendrían que convertir a los palestinos de Cisjordania en ciudadanos israelíes. Así que la situación se alarga y de vez en cuando se interrumpe con negociaciones que fueron perfectamente descritas por un participante palestino: ambas partes se sientan en los lados opuestos de una mesa con una pizza en el centro, y mientras negocian cómo dividir la pizza una de las partes se come constantemente sus partes…

La situación palestina encontró su expresión más desesperada en una serie de ataques suicidas individuales contra judíos en Jerusalén hace un par de años; no había ningún movimiento o mente colectiva detrás de ellos, sólo el horror de no tener ninguna perspectiva de salida.

Cuando, en señal de solidaridad con los palestinos que protestan en Cisjordania, Hamás comenzó a lanzar cohetes contra Israel, este acto (que debería ser condenado) sirvió perfectamente a Netanyahu: una auténtica protesta desesperada en Cisjordania contra la limpieza étnica israelí se convirtió en otro conflicto entre Hamás e Israel, en el que Israel se limitó a responder a los ataques con cohetes, aunque ahora el propio Netanyahu tuvo que admitir que los disturbios civiles en Israel son una amenaza mayor que los cohetes de Gaza. Uno de los focos de las protestas es la ciudad israelí de Lod, con una fuerte presencia palestina: el alcalde de Lod ha descrito los acontecimientos como una “guerra civil”. Bandas de ambos bandos están aterrorizando a individuos, familias y tiendas, hasta llegar a los linchamientos directos:

Israelíes de extrema derecha, a menudo armados con pistolas y operando a la vista de la policía, se han desplazado a zonas mixtas esta semana. En mensajes compartidos por un grupo supremacista judío en línea, se llamaba a los judíos a inundar Lod. “No vengas sin ningún instrumento de protección personal”, decía un mensaje. Amir Ohana, el ministro de Seguridad Pública, ha alentado el vigilantismo, anunciando el miércoles que “los ciudadanos respetuosos de la ley que llevan armas” eran una ayuda para las autoridades. Hizo estos comentarios después de que un presunto pistolero judío fuera acusado de matar a un hombre árabe en Lod. El ministro, sin presentar pruebas, dijo que fue en defensa propia.

El aspecto más peligroso de la situación es que la policía israelí está dejando de lado incluso la pretensión de actuar como agente neutral de la ley y la seguridad pública; a veces incluso aplaude a la turba judía que aterroriza a los palestinos. En resumen, el Estado de Derecho se está desintegrando en Israel, al menos para sus ciudadanos palestinos: están abandonados a su suerte, solos, no pueden apelar a ningún organismo superior que intervenga cuando son atacados.

Esta escandalosa situación no es más que una consecuencia de algo que está ocurriendo en Israel en los últimos años: la extrema derecha abiertamente racista (que quiere afirmar lo que ellos llaman obscenamente la “plena soberanía” de Israel sobre Cisjordania y trata a los palestinos que viven allí como intrusos no deseados) es cada vez más reconocida como legítima y se convierte en parte del discurso político público.

Esta postura racista fue, por supuesto, todo el tiempo el fundamento tácito de facto de la política israelí, pero nunca se reconoció públicamente, era sólo la motivación secreta (aunque conocida por todos) de la política israelí, cuya posición oficial pública fue siempre (hasta hace poco) la postura del doble Estado y el respeto de las leyes y obligaciones internacionales.

Ahora que esta apariencia de respeto a la ley se está disolviendo, no basta con decir que obtenemos la realidad que fue todo el tiempo la verdad detrás de la apariencia: las apariencias son esenciales, nos obligan a actuar de una determinada manera, de modo que sin la apariencia la forma de actuar también cambia.

La distancia entre la apariencia y la oscura realidad que hay detrás permitió a Israel presentarse como un moderno Estado de derecho en contraste con el fundamentalismo religioso árabe, pero con esta aceptación pública del racismo fundamentalista religioso, los palestinos son ahora una fuerza de neutralidad secular mientras los israelíes actúan como fundamentalistas religiosos. El gran objetivo de los fundamentalistas judíos es reocupar el Monte, destruir la mezquita de al-Aksa y sustituirla por un nuevo Templo que estuviera allí antes de que los romanos (no los árabes) lo destruyeran.

¿No nos recuerda esto a la India, dónde los nacionalistas hindúes quieren destruir las mezquitas y construir allí un templo hindú? No es de extrañar que la India esté ahora en buenas relaciones con Israel: Narendra Modi persigue una homogeneización étnica similar de la India contra la minoría musulmana.

El contexto más amplio de esta escalada de acontecimientos en Israel hace que todo el panorama sea aún más oscuro: primero en Francia, y luego en Estados Unidos, un grupo considerable de oficiales militares y generales publicaron una carta en la que advierten de la amenaza a la identidad nacional y al modo de vida de su país. En Francia, la carta ataca la tolerancia del Estado frente a la islamización, y en EE. UU., advierten sobre la política “socialista” y “marxista” de la administración Biden.

El mito del carácter despolitizado de las Fuerzas Armadas se desvanece: una parte considerable del ejército apoya la agenda nacionalista. En resumen, lo que ocurre ahora en Israel forma parte de una tendencia global.

Pero, ¿qué significa esto para la identidad judía? Como dijo uno de los supervivientes del Holocausto: en el pasado, un antisemita era una persona a la que le disgustaban los judíos; ahora, un antisemita es una persona a la que los judíos no quieren… ¿qué judíos?

El título de un reciente artículo sobre antisemitismo en el Der Spiegel era: “Quién es antisemita lo determina el judío y no el potencial antisemita”. Vale, suena lógico, la víctima debe decidir su condición de víctima, así que en el mismo sentido que esto vale para una mujer que afirma haber sido violada, también debería valer para los judíos, pero aquí hay dos problemas: ¿No debería ocurrir lo mismo con los palestinos de Cisjordania, que deberían determinar quién les roba sus tierras y les priva de sus derechos elementales?

¿Quién es “el judío” que determina quién es antisemita? ¿Qué pasa con los numerosos judíos que tienen dudas sobre la política del Estado de Israel en Cisjordania? ¿No es la implicación de la postura citada que, aunque empíricamente son judíos, en algún sentido “más profundo” no son judíos? ¿han traicionado su identidad judía?

Carlo Ginzburg propuso la noción de que la vergüenza por el propio país, y no el amor por él, puede ser la verdadera marca de pertenencia al mismo. Un ejemplo supremo de esa vergüenza ocurrió allá por 2014, cuando cientos de supervivientes del Holocausto y descendientes de los supervivientes colocaron un anuncio en el New York Times en el que condenaban lo que denominaban “la masacre de palestinos en Gaza y la actual ocupación y colonización de la Palestina histórica”: “Estamos alarmados por la deshumanización extrema y racista de los palestinos en la sociedad israelí, que ha alcanzado un punto álgido”, decía el comunicado.

Tal vez, hoy, algunos israelíes reúnan el valor para sentir vergüenza a propósito de lo que los israelíes están haciendo en Cisjordania y en el propio Israel, no, por supuesto, en el sentido de vergüenza de ser judío, sino, por el contrario, de sentir vergüenza por lo que la política israelí en Cisjordania está haciendo al legado más preciado del propio judaísmo.

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PublicoGT es una publicación del Consejo de Investigaciones en Desarrollo, una entidad de investigación que desarrolla proyectos de comunicación social y análisis sociopolítico.

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