Tomar conciencia sobre la realidad social

Autor: Jairo Alarcón Rodas

El país sigue deteriorándose, precipitándose en un profundo abismo y tal situación vislumbra, en un futuro cercano, que la crisis sea aún peor para los guatemaltecos. Tras una serie de designaciones vergonzosas y una elección de igual talente, el pacto de corruptos ostenta ahora el control total del país. Por fin, a través de una serie de artimañas, dignas del crimen organizado, de sociedades de hampones, tienen bajo su dominio a la Corte de Constitucionalidad, y lo han logrado con la complicidad de siniestros personajes y con la indiferencia de los habitantes del país.

Se le podría exigir a la población mayor participación e incidencia en las cuestiones políticas del país, pero ¿cómo hacerlo? si los niveles de educación y condiciones materiales de vida en la que se encuentran los tienen atrapados dentro de un círculo vicioso de miseria, donde pesan más los requerimientos esenciales para su subsistencia. Pedir a la población que se organice, una sociedad carente de perspectivas políticas y temerosa de viejos estigmas, es exigir mucho.
La ambición ilimitada de los que detentan el control del Estado ha vedado la posibilidad a una gran parte de la población de oportunidades para su desarrollo, lo cual se traduce en deficientes servicios de salud y educación, desempleo y migración. Por otra parte, las capas medias, a pesar de que sufren las consecuencias de la crisis social y política, se acomodan, subsistiendo dentro de un sistema donde la corrupción es permisible.

Los nefastos personajes agazapados en los tres poderes del Estado, en el Tribunal Supremo Electoral y en el Ministerio Público, siguiendo consignas del crimen organizado, pretenden acallar cualquier movimiento social que intente manifestar su descontento. Sin embargo, con cinismo, algunos piensan que la crisis social de Guatemala es producto de la lucha ideológica entre las extremas izquierda y derecha. A qué lucha ideológica se refieren, si el tema es claro: por un parte, los que quieren a toda costa que continúen los privilegios para un reducido número de personas y por otro, los que buscan la edificación de una sociedad justa a partir del Estado de Derecho.

Lo curioso de todo es que, en Guatemala, se ha establecido desde la época independiente un monopolio del poder, exceptuando, en alguna medida, durante los gobiernos de Juan José Arévalo y Jacobo Árbenz, la misma oligarquía criolla mantiene el control de los gobernantes de turno. Con ello, símbolos, leyes e ideología se han impuesto, limitando la posibilidad de un cambio sustancial en el país. Y si a eso le agrega la escalada de terror sembrada en los años de conflicto armado por parte del ejército, se hace comprensible la no participación de la sociedad civil en la problemática social.

De ahí que los grupos de derecha han impuesto un sistema, donde prevalecen los privilegios para unos y mantienen en la miseria a un sector mayoritario, concentrando la riqueza en un reducido número de familias. Según Oxfam, un 1 % de las personas más ricas de este país tienen los mismos ingresos que la mitad de la población. Con ello, las asimetrías sociales convierten a Guatemala en uno de los países más atrasados de América Latina. Ideológicamente, los grupos de derecha, al servicio del sistema, han utilizado la imagen distorsionada que han formado en el imaginario colectivo del comunismo para descalificar a los grupos de izquierda y con ello invalidar cualquier reivindicación social.

Cuando Karl Marx planteó que los filósofos no han hecho más que interpretar de diversos modos el mundo, pero de lo que se trata es de transformarlo, no señaló con ello que la transformación social, necesaria en el planeta, se pudiera efectuar sin tener una idea clara de lo que constituye una sociedad justa y democrática, un país realmente humano. Por el contrario, tal aseveración lleva implícita la teorización certera que dé paso a una acción transformadora o praxis social revolucionaria.

La derrota de las ideologías constituye el triunfo del pensamiento crítico y no del imperio de la ley como lo pretenden hacer creer los defensores del sistema. Entendiendo que las ideologías surgen en esferas alejadas de la realidad, a través de la racionalidad instrumental, en la cual se persiguen beneficios egoístas, constituye el inicio de la liberación y participación popular.

Se debe tener presente que los Estados son estructuras políticas que persiguen la cohesión de los habitantes de un territorio para consolidar su bienestar y que, para ello, se requiere de un ordenamiento jurídico y no al revés, por lo que la Constitución, que pretende establecer un Estado de Derecho, se llama Constitución Política de Guatemala. Entendiendo eso, el buen ejercicio de la política debe constituirse y consolidarse por medio de leyes justas, para mantener un ordenamiento social de cara al bienestar común del país. En la medida en que la justicia es un postulado de la moral, la relación entre la justicia y la ley se incluye en la relación entre la moral y la ley, señalaba Hans Kelsen.

Ahora, la esperanza para algunos es que el nuevo gobierno de los Estados Unidos, presionado por las continuas caravanas de migrantes provenientes de países centroamericanos, ejerza presión sobre el pacto de corruptos y con ello la posibilidad de un leve cambio en Guatemala, pero se debe tener presente que el país del norte no tiene amigos sino intereses. Tomar conciencia de la realidad en la que se vive y despojarse de una visión unidimensional que solo ve intereses personales, conducirá sin duda, a una lucha frontal en contra de la corrupción a través de la organización popular.

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