El FMI se vuelve fetichista y comunista

Yago Álvarez Barba
@EconoCabreado

Lo podemos llamar “tributo solidario”, aunque quienes lo pagan nunca lo harían si no se les obligara. Le podemos llamar “impuesto a los ricos”, como han hecho los partidos de izquierda. Le podemos llamar “tasa Covid” como ha hecho el que escribe estas líneas en este mismo medio en repetidas ocasiones o le podemos llamar “fetiche”, tal y como hizo Pedro Sánchez en julio del año pasado cuando Unidas Podemos lo planteó.

Pero lo llamemos como lo llamemos, el Fondo Monetario Internacional (que no son precisamente fans de Lenin) lo acaba de proponer para “ayudar a hacer frente a las necesidades de financiación relacionadas con la pandemia”, en palabras de Víctor Gaspar, director del Departamento de Asuntos Fiscales del FMI. Gaspar fue claro y habló de una contribución temporal aplicada sobre “las rentas altas y la riqueza”. Ahora falta ver qué dirán Pedro Sánchez y la ministra de Hacienda, Mª Jesús Montero. Con la deuda al 120% del PIB, los fondos europeos que no llegan y una economía que no acaba de arrancar y las recomendaciones del FMI encima de la mesa, ¿seguirá pensando el PSOE que el impuesto a la riqueza es un fetiche?

El titular es completamente irónico. No crean que he caído en la trampa de pensar que ahora el FMI se ha vuelto una herramienta al servicio de la justicia y el bien social. Ni de coña. El FMI siempre ha sido y será uno de los brazos fundamentales del libre comercio, el capital y, sobre todo, de aquellos que controlan el mercado y tienen el capital. Pero esta nueva crisis, que no ha hecho más que ahondar la anterior cerrada en falso con las medidas austericidas que el propio FMI recomendó aplicar (e incluso obligó, en el caos de Grecia), pone en riesgo todo el sistema.

Si no financiamos la salida de la crisis gravando a los que más tienen y los que más ganan, no saldremos de la crisis. El FMI lo sabe. Joe Biden, que ha propuesto subir el Impuesto de Sociedades a las multinacionales, lo sabe. La secretaria del Tesoro estadounidense, Janet Yellen, que ha propuesto un impuesto mínimo a empresas para todo el planeta para luchar contra la elusión fiscal, lo sabe también. Ahora solo falta que Sánchez se entere.

Las políticas monetarias expansivas (darle a la maquinita de los billetes, como dirían algunos) no están dando resultados. Los paquetes de gasto público no son lo suficientemente potentes como para reactivar la economía, los fondos europeos no llegan y la deuda pública no hace más que crecer y crecer. Y para tapar esa sangría y gastar más desde lo público, hacen falta impuestos. Si no se mantiene la economía desde lo público, el sistema se hundirá. Si ese gasto se financia friendo a impuestos a aquellos que tienen poco, tendrán menos para consumir y el sistema se hundirá también o se recuperará demasiado lento, mientras la deuda sigue creciendo. Por lo que la única solución es que paguen los que más tienen y los que más han ganado, que tributen esos capitales que están parados o que acaban reinvertidos en productos especulativos que no reactivan la economía real. Para entender esto no hace falta ser comunista, solo tener dos dedos de frente.

Lo que ahora puede ser tachado de comunista o fetiche ha sido aplicado en varias ocasiones a lo largo de la historia, y no precisamente por gobiernos y países comunistas. Tras las dos grandes guerras del siglo pasado, los países más afectados y que necesitaban financiar la reconstrucción de sus territorios y economías crearon un impuesto a los ricos.

En 1917, el impuesto a las rentas más altas en Estados Unidos subió del 7% al 77% de golpe para las rentas de más de un millón de dólares. En 1925, se volvieron a bajar. El crac del 29 obligó a que se volvieran a subir. El presidente Herbert Hoover lo llevó hasta el 63% y luego Franklin D. Roosevelt lo subió hasta el 94% durante su mandato, hasta el 1945. De 1951 a 1963, el tipo marginal máximo en norteamérica fue del 91%. Lo mismo pasó en Europa. Los países más afectados por las guerras, como Francia o Alemania, también incrementaron sus impuestos sobre las rentas altas para financiar la recuperación. Y repito, aunque parezca obvio, que esos gobiernos y países tenían muy poco de comunistas, solo sentido común y conocimiento de la situación económica en la que se encontraban y las graves consecuencias que tendrían si no actuaban con medidas fiscales como los impuestos a los ricos.

Pero, además, Gaspar apuntó a otro tipo de ricos y beneficios: “Las empresas y rentas que más han prosperado durante la pandemia”. Este otro fetiche comunista también se ha aplicado en otras ocasiones, se llama Impuesto a los Beneficios Excesivos o también fue llamado “impuesto de guerra” y también hemos hablado de él en este medio. Woodrow Wilson, presidente de los Estados Unidos de 1913 a 1921, impuso un gravamen específico para aquellas empresas que durante los periodos de guerra o crisis ganaban mucho más dinero que en épocas anteriores o veían cómo la venta de sus productos y los precios se disparaban por las altas demandas. Wilson gravó con un impuesto del 65% a todas las ganancias que superaban en un 30% un umbral establecido como una ganancia normal, calculado con las ganancias de esas empresas en años anteriores. Franklin Roosevelt lo impuso en 1936, fue tumbado durante la recesión de 1937, pero el presidente lo volvió a implantar en 1940. Durante la guerra de Corea, lo volvieron a poner en marcha. No os cuento mucho más y os dejo aquí abajo un artículo más extenso sobre ello.

Pedro Sánchez, tras las palabras de Yellen, se pronunció esta misma semana a favor del impuesto de sociedades mínimo global. El FMI también apoya la medida. La OCDE quiere que las grandes tecnológicas empiecen a pagar los impuestos que le tocan. Parlamentos como el de Nueva Zelanda tienen el impuesto a la riqueza encima de la mesa… y no, no hay ningún fantasma comunista recorriendo el mundo ni esos poderes e instituciones han sido poseídas por el Che Guevara o por Robin Hood. Gravar las rentas altas para salir de las crisis se lleva haciendo desde que los sistemas tributarios modernos se inventaron hace poco más de un siglo y es una de las pocas herramientas que les queda a nuestro sistema para poder salir de esta y sobrevivir.

Fuente El Salto

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PublicoGT es una publicación del Consejo de Investigaciones en Desarrollo, una entidad de investigación que desarrolla proyectos de comunicación social y análisis sociopolítico.

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