La estrategia de seguridad nacional del presidente Joe Biden

por Thierry Meyssan

La administración Biden se presenta como llena de buena voluntad pero también parece ignorar las realidades del mundo. Encabezada por un presidente senil, se propone restaurar la democracia en todo el mundo, sin tener conciencia de que las clases sociales que dieron lugar al actual régimen político están en vías de desaparición. ?Espera restablecer el Imperio estadounidense, supuestamente para ayudar a los pueblos… que en su mayor parte temen a su orden imperial. La administración Biden pretende además reactivar la «guerra sin fin», pero sin sacrificar vidas de soldados estadounidenses. ¿Cómo lo hará? Hasta ahora no ha sabido explicarlo.

Cada administración estadounidense define la política de seguridad nacional de Estados Unidos después de haber consultado a los responsables de sus fuerzas armadas y a sus propios especialistas. Es un proceso obligatoriamente largo –puede demorar uno o 2 años. Pero la administración Biden, ansiosa por poner fin a los “desvaríos” antimperialistas de Donald Trump, hizo públicos de inmediato los nuevos principios de la seguridad nacional que pretende aplicar, aun exponiéndose a tener que precisarlos posteriormente [1].

La idea central es revitalizar la democracia como sistema de gobierno, para poder movilizar a ?sus aliados y mantener la organización actual de las relaciones internacionales. Esa estrategia corresponde a lo que Joe Biden había anunciado en Foreign Affairs hace un año, durante su campaña electoral [2].

Las orientaciones que Biden acaba de publicar ahora son extremadamente claras, pero no responden a las interrogantes que tendrá que enfrentar. El presidente presenta ciertamente una lista con varios temas de trabajo (pandemia, crisis climática, proliferación nuclear, cuarta revolución industrial) pero no enuncia los nuevos problemas (caída de la producción estadounidense, financierización de la economía, descenso del nivel técnico de Estados Unidos, agravación vertiginosa de la desigualdad en la repartición de la riqueza).

1- La democracia

La democracia es la participación de la mayor parte de la población en la adopción de las decisiones políticas. El presidente Biden parece realista en cuanto a las ambiciones de sus conciudadanos y habla más bien del (informed consent) –o «consentimiento informado»– de los estadounidenses. Biden retoma así la terminología de Walter Lippman, el célebre periodista demócrata formado bajo la propaganda del coronel Edward House [3].

Cuando Biden describe la democracia parece estar redactando una disertación clásica, dando gran realce a la separación de los poderes y la moral de los ciudadanos [4]. Sin embargo, al contrario de lo que Biden parece creer, el actual desapego de las poblaciones occidentales por ese tipo de régimen político no es fruto de una desinformación imputable a los «enemigos de América» –o sea a Rusia y China– sino a la transformación sociológica de las mismas sociedades occidentales.

El hecho es que las sociedades occidentales se constituyeron fundamentalmente alrededor de las clases medias, que hoy están en vías de desaparición mientras que los hipermillonarios se van por encima de los gobiernos. Estamos ante un acaparamiento extremo de las riquezas que ya alcanza proporciones nunca vistas desde la época medieval. Por consiguiente, el problema no es tanto restablecer el funcionamiento de las democracias como de saber si aún podrían seguir funcionando y cómo lo harían.

Por ejemplo, los gigantes de internet no tienen ninguna legitimidad para arrogarse poderes de censura. En el compromiso de 1791, Estados Unidos se fundó sobre la base de una total libertad de expresión, estipulada en la Primera Enmienda de la Constitución estadounidense. Pero, al principio de este año 2021, Google, Facebook y Twitter censuraron al presidente de Estados Unidos –Donald Trump– mientras este se hallaba en pleno ejercicio de sus funciones, con lo cual violaron no la letra sino el espíritu mismo de la Constitución estadounidense. En ese contexto, ¿se puede hablar todavía de democracia?

2- El imperialismo puritano

El presidente Biden se ha nutrido de la cultura imperialista puritana. No sólo cree firmemente que la democracia es el mejor régimen político para su país sino que además cree que también lo es para los demás países. Consciente del valor del ejemplo, Biden pretende imponer ese sistema a todas las naciones redinamizándolo en Estados Unidos. Como parte de ese razonamiento, Biden se fija como misión luchar contra el racismo sistémico en todo el mundo para que triunfen «la democracia, la igualdad y la diversidad».

A Joe Biden no le importa que algunos pueblos no estén interesados en participar en las decisiones políticas ni que crean que la humanidad se compone de una sola raza, y eso no le importa porque él, el presidente Biden, es quien sabe lo que es bueno para esos pueblos… lo sabe mejor que ellos.

En ese aspecto, la administración Biden piensa como los neoconservadores. Al igual que ellos, la administración Biden está dispuesta a imponer la democracia al resto del mundo, creyendo así que lo libera. A menudo hemos subrayado que los neoconservadores no son demócratas ni republicanos… siempre están del lado del poder.

3- La «guerra sin fin»

La principal interrogante que se plantea sobre la administración Biden es saber si va reactivar y continuar la «guerra sin fin» de los presidentes Bush hijo y Obama. Nuevamente tenemos que recordar aquí que esa estrategia, enunciada por el secretario de Defensa Donald Rumsfeld y por su consejero el almirante Arthur Cebrowski plantea la destrucción de las estructuras mismas de ?los Estados en una parte sustancial del mundo para que los capitalistas puedan explotar los países sin encontrar resistencia política [5]. Esa es la estrategia aplicada en el «Medio Oriente ampliado» o «Gran Medio Oriente», donde los Estados ya han sido destruidos o al menos considerablemente debilitados por las guerras estadounidenses en Afganistán, Irak, Libia, Siria, Yemen y Líbano.

Fue George Bush hijo quien declaró oficialmente la «guerra sin fin», no contra individuos o Estados sino contra «el terror», que sin embargo ha existido en casi todas las épocas y sigue existiendo en casi todas las regiones del mundo.

La respuesta del presidente Biden a esa interrogante es ambigua. Biden parece haber entendido que los estadounidenses no quieren seguir viendo morir sus soldados en conflictos que ellos no entienden. Hoy dice estar dispuesto a retirar las tropas estadounidenses de Afganistán, el único país donde Estados Unidos aún mantiene un despliegue militar realmente masivo.

Pero la expresión «guerra sin fin», a pesar de haber sido enunciada por el presidente George ?Bush hijo y su secretario de Defensa Donald Rumsfeld inmediatamente después de los atentados del 11 de septiembre de 2001, sólo se convirtió en realidad con la invasión de Irak, algo de lo cual el presidente Biden no parece tener conciencia hoy en día.

Ya sabemos, y ha quedado comprobado en numerosas ocasiones, que Biden está afectado por una senilidad precoz. Pero fue él, siendo senador, quien propuso dividir Irak en tres partes separadas entre sí, conforme a la estrategia Rusmfeld/Cebrowski.

Dicho de otra manera, el presidente Biden no está consciente de la evolución reciente del mundo. Tampoco está dispuesto a ?abandonar la estrategia de la «guerra sin fin» sino sólo a adaptarla en ciertos teatros de operaciones para que no cueste vidas estadounidenses. Y cree poder reactivarla o continuarla, sin tropas estadounidenses en el terreno, pero aportando siempre armas, financiamiento y los “consejos” del Pentágono.

Thierry Meyssan
Fuente Red Voltaire

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PublicoGT es una publicación del Consejo de Investigaciones en Desarrollo, una entidad de investigación que desarrolla proyectos de comunicación social y análisis sociopolítico.

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